El Año del Tigre.

Por Fernando Castillo

 El Año del tigre fue finalmente estrenada el pasado Jueves 31 de Mayo. El último film de Sebastián Lelio (autor de “La Sagrada Familia” y “Navidad”) nos trae una revisión al terremoto del 27-F de 2010, esta vez atravesada por la particular mirada de Lelio que, en esta cinta como en ninguna de las anteriores, se vuelve de una desolación sobrecogedora.

La historia trata sobre Manuel (Luis Dubó), un interno de una cárcel en el sur del país –todo parece indicar que se trata de Concepción y sus alrededores- quién escapa durante la catástrofe. Manuel intenta reincorporarse a la vida en la ciudad, sin embargo el panorama con el que se encuentra es desolador: la fuerza de la naturaleza ha derribado gran parte de la ciudad, los hombres y mujeres deambulan erráticos por las calles de un desierto de escombros, los niños lloran, ya nada es lo que recordaba. Sin casa, sin rumbo, sin familia y sin nombre, Manuel entierra su pasado y emprende el camino hacia una paradójica libertad por el infierno que le aguarda en el lugar donde alguna vez vertió sus esperanzas. Durante éste camino el prófugo se encontrará con la contradictoria naturaleza del hombre al que se le ha arrebatado de un zarpazo la civilización.

 

No hablamos de una historia sobre el fin del mundo o de catástrofe, sino que es un film íntimo, de personaje, exploratorio, contemplativo y reflexivo. El Año del Tigre es el fruto de un director que alcanza la madurez, reflexionando sobre las implicancias de hacer cine, de la forma y el fondo, del significado de la catástrofe y cómo ésta es capaz de transformar al hombre. En mi opinión se trata de una de las grandes películas –y directores- de Chile de los últimos años, cruda a ratos, pero tratada con tal sutileza que hace que no sea la poca sangre de la pantalla las que nos estremezca, sino la profundidad del drama de un hombre que se encuentra con la cara más salvaje de la humanidad.

Existen algunos elementos que se transforman en el origen de la potencia visual que posee El Año del tigre, por ejemplo la impecable actuación de Luis Dubó – secundado por un tremendo Sergio Hernández-, que nunca decepciona en el rol que se le asigna, un tremendo artista que sabe hacer lo que todo buen actor debe saber hacer: desnudar al personaje que necesita retratar en todo su espectro, sin idealizaciones, ni prejuicios a los que, malamente, nos acostumbran algunas piezas chilenas.

 

Por su parte el guión es de una limpieza inexpresable, escrito en notables imágenes más que en palabras, de una pureza que sólo logra alguien que no busca resaltar, sino contar una historia sólida de principio a fin, donde jamás notamos que existe un guión, se produce esa magia que solo tiene el cine al hacernos pensar que lo que estamos viendo sucede aquí y ahora y jamás se pensó antes siquiera; nada es forzado y todo es orgánico. Tal vez el elemento más notable sea la mano del director, que sabe narrar sin prisas ni dilataciones, dejar a sus personajes respirar, vivir las emociones, masticarlas y entregarlas; en el caso de Lelio, sus personajes siempre se guardan más de lo que dicen, y está en la mano del director lograr esas expresivas imágenes que nos  exteriorizan la desolación interna de los que pueblan sus cintas. Tal y como lo dijo el cineasta nacional Miguel Littín: (sobre El Año del Tigre) “Tiene imágenes de una fuerza formidable, Lelio es un gran talento del cine chileno contemporáneo”. El Año del Tigre logra incorporar imágenes que, aisladas, parecerían de un surrealismo exuberante, a una trama perfectamente lógica, lo que hizo que me llevara esa impresión de un sueño medio vivido o de una vida medio soñada, y eso es para mí lo que se logra a raíz de una concienzuda reflexión sobre el cine mismo.

 

Presentada en Chile durante 2011 en el Festival de Cine B, premiada en diferentes festivales internacionales de renombre como el Festival de Toronto, El Año del Tigre se mantiene en las salas comerciales nacionales, como prueba de que se hace cine de calidad en el suelo nacional. Imperdible.

Videamos: Bonsái (2011)

Bonsái (2011) es el segundo largometraje del cineasta chileno Cristián Jiménez, quien se hiciera conocido en un inicio por la notoriedad alcanzada con su cortometraje “El Tesoro de los Caracoles”. Dispar suerte corrió con su ópera prima “Ilusiones Ópticas” (2009), que contó con una tibia acogida por parte del público y la crítica. Por su parte, Bonsái, de la cual hablaremos en éste artículo, ha corrido mejor suerte, ya que formó parte en 2011 de la selección oficial del festival de Cannes, Francia.

La trama está basada en la novela homónima de Alejandro Zambra, centrada Julio, un muchacho que busca abrirse oportunidad en el mundo de las letras. Luego de una breve entrevista con un connotado escritor, que busca a alguien que transcriba el manuscrito de su novela, se entera que un candidato, menos costoso que él, le ha ganado el puesto de trabajo. Entonces el joven decide escribir un manuscrito tal como el que le habían ofrecido, para hacer pensar a su vecina-amante, que ha conseguido el puesto. Así Julio se encuentra casi de casualidad con que ha comenzado su primera novela, probablemente posibilitado por escribir bajo el nombre de otro, desprendido de pretensiones, mucho más sincero. Mientras busca una trama recurrirá a sus recuerdos y se encontrará sin querer con la búsqueda del lugar ideal, el pasado.

Bonsái no es una película ni tibia, ni complaciente. Muy por el contrario, se arriesga, y eso siempre es de valorar. Desde el minuto uno sabemos ya como va a terminar, nos lo dicen textual: Julio vivirá y Emilia morirá. Gusta que un cineasta se plantee de esa manera -casi retando al espectador promedio, a ese que le molesta que le cuenten el final de las películas y no ha descubierto que en el intermedio es donde todo pasa-, se sustenta en una dramaturgia de lo más orgánica, que no se centra en los manejos de información administrados por el guionista, artificios que muchas veces se usan para mantener historias a flote y en los que no hay, la mayoría de las veces, gran mérito. Otro aspecto que parece interesante, es que en el arte no se vuelve la típica película santiaguina de bajo costo, sino que muestra un Chile remotamente explorado en el quehacer cinematográfico nacional, muy joven y muy provinciano, muy típico chileno y sin embargo muy ausente en nuestros filmes, tiene ese “qué se yo” que usted puede identificar si ha vivido en el sur alguna vez o pasado un invierno ahí.

Por donde si se cae Bonsái, parte importante, en los diálogos y por lo mismo en las actuaciones. En boca de los personajes se puede encontrar casi todos los errores de diálogos, que resultan forzados, expositivos, pretenciosos y opulentos; es eso lo que te hace estar casi toda la película a medio enganchar. Otro elemento que no encaja del todo bien, es la aproximación temática a “En busca del tiempo perdido I: Por el Camino de Swann” de Marcel Proust, que si bien podrían ambas obras guardar relación –en abordar el tema del tiempo y la memoria-, Bonsái se queda bastante corta, pues no es bajo ningún término una película con una problemática en torno al tiempo y su reconstrucción, aun cuando a ratos el mismo film pretenda hacernos pensar que sí; sino que se plantea desde los afectos y las relaciones interpersonales, lo demás es todo muy, muy secundario y de cierta manera, casi, sobra.

Bonsái no pasará a la historia ni como un film particularmente grande, ni exitoso, sino más bien como una propuesta sencilla, interesante, atrevida, innovadora -hablando sobre lo que al cine chileno respecta- y autoral. De cualquier manera, no haría mal en darle una mirada.

 

Joven y Alocada

Hace ya algunas semanas que se ha estrenado Joven y Alocada (2012), la ópera prima de Marialy Rivas, quien se hizo conocida dentro del circuito de festivales nacionales e internacionales con su corto “Blokes”, inspirado en un texto del afamado Pedro Lemebel. Ciertamente Joven y Alocada ha causado gran revuelo, sobretodo luego de recibir el premio a Mejor Guión en el festival de Sundance y una menos comentada selección en el Festival de Berlín (específicamente en la sección Berlinale Generation).

¿De qué se trata? Pues la cinta se basa en un Blog –real, de la periodista Camila Gutierrez- en donde la joven protagonista, Daniela (Alicia Rodríguez), una adolescente de unos dieciséis años, publica su prohibida vida sexual por la Internet, a la sombra de su evangélica, conservadora y cuicota familia. La muchacha, tras ser expulsada de su colegio por haber fornicado con un alumno menor –un colegio conservador también-, es enviada en castigo a trabajar en un canal cristiano. Es en este lugar en donde Daniela dará, a veces intencionadamente y otras no tanto, rienda suelta a su choriflai en llamas, metiéndose en un enredo amoroso con uno de sus compañeros de trabajo y lo que viene a complejizar aún más la situación: el surgimiento de su primer amor homosexual.

 

Siempre resulta un poco triste –y vaya que el cine nacional nos ha acostumbrado a ello- cuando una película intenta ser algo que no es, cuando se disfraza de profunda y reflexiva siendo, en realidad, pura banalidad. Joven y Alocada es precisamente el caso opuesto: un film fresco, sin pretensiones de ser una obra maestra y que termina siendo, casi intencionalmente, una película memorable y que no solo marca toda una época en el cine chileno –pues toma en serio la temática de la identidad sexual, contrastando casi por naturaleza con otros ejercicios poco afortunados como “Lokas” de Justiniano- sino que se transforma en una película capaz de identificar, muy probablemente, a toda una generación.

Y es que lo magnifico, a mi parecer, de la ópera prima de Marialy Rivas, es la sencillez de la escritura, esto sin desmedro de la eficacia del relato. El dramaturgo chileno Juan Radrigán dijo alguna vez que la única clave para escribir bien era ser honesto, y es precisamente ese el ingrediente que hace que Joven y Alocada resulte un film tremendamente frontal y profundamente auténtico, aun cuando muchas de las actuaciones –la mayoría- no den en la talla.

 

La mala noticia –y que no es nueva- es que no hay mucho qué decir a favor ni de la fotografía, ni del sonido –sobre todo en este último. En el aspecto visual la película se plantea desde el inicio una propuesta desprolija, sin embargo se quedaría quedar uno con la sensación de que pasa el delicado límite entre el efecto y el defecto, cito por ejemplo la escena donde madre e hija vuelven a casa después del primer día de trabajo en el canal de Daniela, dentro del vehículo el manejo de la cámara, para mi gusto es excesivamente temblorosa, tanto así que distrae y juega en un límite bastante peligroso. En el plano sonoro el problema se pone más serio, pues es difícil entender muchas veces lo que se dice, y otras pareciera estar desincronizado con la imagen, incluso no quedando claro en algunos pasajes si nos están pasando una voz en off o es efectivamente un audio diegético. A pesar de todo, estos problemas técnicos, que a ratos son bastante severos, no logran empañar el desarrollo del film, pero insisto que es una lástima que sean de esta naturaleza los problemas de una producción que podría alcanzar estándares bastante más altos, pues su guión y a ratos la dirección están a la altura. En fin, es esa la realidad en Chile, muchas veces los recursos no acompañan a los talentos, y no es de extrañarse, si cuando sucede que la industria cinematográfica va en alza, es precisamente cuando menor apoyo financiero reciben estas realizaciones y, ciertamente, se terminan en una suerte de cine casi de trinchera.

Pese a estos defectos técnicos, que resultan difíciles de obviar, Joven y Alocada tiene de fresco y de trasgresor por partes iguales, todo puesto en una propuesta “livianita”, diferente y sin embargo, más que familiar. Vale la pena verla, sin duda.

 

Cine Chileno: Bombal (2012)

El pasado 5 de enero hizo su estreno comercial el esperado film de Marcelo Ferrari “Bombal”, la película que recoge algunos de los momentos más críticos del oscuro romance que viviera la escritora chilena con Eulogio Sánchez, aproximadamente entre los años 1934, fecha en que publica su célebre “La Última Niebla” y 1941, cuando la autora hacía noticia por disparar a quemarropa contra su amado, despechada por no sentirse correspondida.

El relato se presenta como una tragedia, el final es anticipado e inevitable: la Bombal (Blanca Lewin) va a disparar a Eulogio Sánchez (Marcelo Alonso) al verlo caminar a las afueras del hotel Crillón de la mano con su nueva amada. Así partimos y nos damos toda una vuelta para intentar dilucidar cómo se dieron las cosas. Es sin duda un trabajo interesante el que amerita una tragedia, pues se despoja del paradigma de “el final hace la película” –entre otras cosas- y se construye desde un cierto orden causal que vendría siendo lo que sostiene el relato del film; sin embargo en la misma medida que es interesante, representa todo un desafío para la creación cinematográfica. No sé si Bombal se mantuvo a la altura de tal desafío. El argumento del film parece estar lleno de lagunas que son rellenadas con escenas que se sostienen en la reiteración de información en lugar de solventarse sobre el conflicto dramático. Tampoco se sostiene sobre un personaje entrañable y profundo que supondría María Luisa Bombal, sino que a ratos los personajes se vuelven clónicos, carentes de motivaciones profundas y a raíz de lo mismo causan una muy pobre empatía sobre el espectador, parecen un montón de adolescentes demasiado viejos. Con todo ello la película es aún soportable, hasta que aparecen tristes momentos en los que el escritor tras la pantalla intenta hacerse célebre con frases de lo más desencajadas, inverosímiles, gritos descarnados del tipo “¡la vida es tragedia!”, entre otras líneas de lo más siúticas; ningún personaje escrito guarda mayor profundidad, todo es puesto en la pantalla como una carnicería emocional, no hay pudor, y así se nos entrega un poco menos de dos horas de un agotante “¡Dios mío, cuanto sufro!”.

Aún con todo lo anterior, las actuaciones –al menos la  mayoría- funcionan bastante bien dentro de los estrechos márgenes que les propone el guión, en donde la tríada principal – Lewin, Goic y Alonso- es la que más brilla, en contraste con algún papel de reparto que resulta medio forzado.


La fotografía del film guarda algunos aspectos muy interesantes en términos lumínicos que ayudan bastante al film, emulando la época dorada de Hollywood, siendo lo más encomiable el trabajo sobre los rostros en algunos pasajes, que suman intensidad y expresividad, por lo que probablemente se vuelven los momentos visualmente más bellos de la cinta.

Donde Bombal si se mueve con soltura es a través de la construcción de espacios, sobre todo en la secuencia del disparo, en donde la colaboración entre director, director de fotografía y montajista hace ganar intensidad al crítico momento, se distiende el tiempo y entrega un clímax harto más sazonado que el desarrollo del film. La dirección de arte, vestuario y decorados funciona bastante bien, pero –y esta es quizás una percepción más subjetiva- exceptuando algunos cuadros excesivamente plásticos, pretenciosos –como el baño de la Bombal en el río lleno de flores de colores- que ensucian lo que podría haber sido una mirada interesante al Chile de la primera mitad del siglo pasado.

Sin pena ni gloria pasará entonces Bombal, esperada, comentada, pero a fin de cuentas, una película irregular, con algunos altos bien rescatables y bajos que ensucian de frentón el film entero.

Gatos Viejos

El pasado 15 de diciembre se estrenó la última cinta de Sebastián Silva (director de “La Vida Me Mata” y “La Nana”), en co-dirección con Pedro Peirano (creador de “31 minutos” y guionista de “La Nana”), tras un bastante provechoso circuito de festivales, eventos que en muchas ocasiones, lamentablemente, se vuelven la única ventana para que se reconozca el trabajo de destacados artistas nacionales. A decir verdad Silva, tras su nominación al Globo de Oro y el enorme éxito de “La Nana”, viene un poco de vuelta. Gatos Viejos reafirma la idea de que un buen director, así como un buen guionista, se prueba cuando hace una gran obra con austeridad y economía del lenguaje.

Isadora (Bélgica Castro) comienza a debatirse entre la realidad y las sombras del Alzheimer. Vive en su departamento frente al Santa Lucía junto a su pareja, Enrique (Alejandro Sieveking).  Una mañana con sabor a domingo, tal como todas las mañanas en la vida de Isadora, recibe el llamado de su hija, Rosario (Claudia Celedón) que volverá de un viaje a Perú y los visitará pues les tiene una sorpresa, noticia ante la que la pareja parece estremecerse, y no es para menos: Rosario es una cocainómana, irreverente, rebelde, a fin de cuentas, una adolescente demasiado vieja, que visita a su madre más que nada para obtener algo de provecho de ella. Ésta vez se trata de la firma para convertirse en propietaria del departamento que habitan los ancianos. Enrique intenta por todos los medios mantener la atención de Rosario lejos de las múltiples lagunas mentales y lapsus de su madre. La situación se complejiza aún más para los ancianos cuando la pareja lésbica de Rosario, Beatriz (Catalina Saavedra), llega para cooperar con la persuasión que la “Charo” intenta llevar a cabo.

El 90% de la película transcurre al interior del departamento de Isadora –economía del lenguaje- y no por ello se pierde la fascinación visual, por el contrario, allí nace el primer concepto interesante, la visualidad, las paredes pintadas oscuras que tan de moda estuvo décadas atrás, los múltiples adornos de loza sobre las mesitas de centro que hasta parecen oler a viejo, y el aspecto más significativo, el manejo de la luz.


En gran parte de los planos en que la ventana juega como elemento, parece que el exterior está mucho mejor iluminado que el interior, aun cuando es en este último lugar en donde transcurre la acción, se vuelve un lugar oscuro –aquí lo interesante- lleno de sombras en las que a veces se distinguen poco los objetos que formaron parte de la vida de Isadora, sumado al verdor acuoso de los muros, hay algo cenagoso allí: el pantano donde la vida ya no prolifera, sino que decae, donde está a punto de desaparecer, la inevitable curva en descenso de la vida, la vejez. Aquí cabe además hacer mención de las impecables actuaciones, de cuatro actores de un peso envidiable, que en conjunto con el trabajo de guión, logran personajes únicos, irrepetibles, entrañables, tanto así que será difícil olvidarse de “Hugo”, uno de los grandes personajes de la cinematografía nacional –acuérdese cuando de esto descubra a Hugo en el film.

Gatos Viejos es la belleza de la simpleza de la forma, súmele a eso un gran elenco, un concepto potente que atraviesa desde los diálogos hasta la visualidad del film, el resultado, una gran película. Muy recomendable.

El Año del Tigre de Sebastián Lelio

El Año del tigre es una película chilena de 2011, dirigida por Sebastián Lelio. Basta con conocer el repertorio de Lelio para identificar su mano inconfundible, la misma que nos entregó películas memorables como “La Sagrada Familia” y “Navidad”.La historia toma lugar en Chile durante el terremoto del 27 de febrero de 2010, y trata sobre Manuel (Luis Dubó), un interno de una cárcel en el sur del país –todo parece indicar que se trata de Concepción y sus alrededores- quién escapa durante la catástrofe. Manuel intenta reincorporarse a la vida en la ciudad, sin embargo el panorama con el que se encuentra es desolador: la fuerza de la naturaleza ha derribado gran parte de la ciudad, los hombres y mujeres deambulan errantes por las calles de un desierto de escombros, los niños lloran, ya nada es lo que recordaba. Sin casa, sin rumbo, sin familia y sin nombre, Manuel entierra su pasado y emprende el camino hacia una paradójica libertad por el infierno que le aguarda en el lugar donde alguna vez vertió sus esperanzas. Durante éste camino el prófugo se encontrará con la contradictoria naturaleza del hombre al que se le ha arrebatado de un zarpazo la civilización.

Primero que nada es necesario aclarar que no hablamos de una película de género, no es una historia sobre el fin del mundo o de catástrofe, sino que es un film íntimo, de personaje, exploratorio, contemplativo y reflexivo, atributos que la transforman en una obra que hace sonrojarse a 2012 o Armagedón. El Año del Tigre es el fruto de un director que alcanza su madurez por completo, que no habla en un código soporífero como esas películas experimentales/autorales con las que se regocija algún shúper. Por el contrario, es una película que arranca con gran audacia, con un primer acto de un metraje perfecto, activo, repleto de detalles, de conflicto, de humanidad. Humanidad que se extiende durante el resto de sus 82 minutos de duración. En mi opinión se trata de una de las grandes películas chilenas de los últimos años, cruda a ratos, pero tratada con tal sutileza que no nos estremece la poca sangre de la pantalla, sino la profundidad del drama de un hombre que se encuentra con la cara más salvaje de la humanidad: sí, el hombre es el lobo del hombre.

  Existen tres elementos que se transforman, en el origen de la potencia fílmica que posee El Año del tigre: Primero, la impecable actuación de Luis Dubó – Así como la de Sergio Hernández-, que nunca decepciona en el rol que se le asigna, un tremendo artista que sabe hacer lo que todo buen actor debe saber hacer: desnudar al personaje que necesita retratar en todo su espectro, sin idealizaciones, sin afecciones impropias o preconcebidas a las que malamente nos acostumbran algunas piezas chilenas. Segundo, a un guión de una limpieza inexpresable, de una pureza que sólo logra alguien que no busca lucirse, sino contar una historia sólida de principio a fin, es allí donde se reconoce la mano del buen escritor, en donde jamás notamos que existe un guión, en esa magia que produce el cine al hacernos pensar que lo que estamos viendo sucede aquí y ahora y jamás se pensó antes siquiera. El tercer elemento es claramente la mano del director, que sabe narrar sin prisas ni dilataciones, dejar a sus personajes respirar, vivir las emociones, masticarlas y entregarlas. De la misma mano viene lo que, para mí, constituye un mérito artístico loable: El Año del Tigre logra incorporar imágenes que, aisladas, parecerían de un surrealismo exuberante, a una trama perfectamente lógica, lo que hizo que me llevara esa impresión de un sueño medio vivido o de una vida medio soñada, y eso es para mí lo que logra un cineasta que conoce su arte.

Presentada recientemente en el Festival de Cine B y premiada en diferentes festivales internacionales de renombre como el Festival de Toronto, El Año del Tigre espera su llegada a las salas comerciales nacionales. Sin embargo creo que esta película (como muchas otras) no se volverá un éxito en la taquilla –lamentablemente- pero sí puedo asegurar que todo aquel que aprecie los elementos que la constituyen, disfrutará sin peros y saldrá agradeciendo a Lelio entregar filmes como éste al arte cinematográfico nacional.

http://vimeo.com/30854071?iframe=true&width=80%&height=80%

Anónimo

Anónimo es un film chileno del 2011. La película hizo su estreno nada más ni nada menos que en el Festival de San Sebastián, en la sección Horizontes Latinos, durante el pasado mes de septiembre. Más tarde aterrizó en las salas nacionales en el Festival de Cine de Valdivia, para finalmente abrir su exhibición al público el pasado martes 25 en una premiere y desde el jueves 27 de octubre se para todos en el cine Huérfanos.

La cinta nos presenta la historia de Javier (Mario Ossandón), un hombre de unos cuarenta años que ha salido recientemente de la cárcel, presuntamente por abusos sexuales a menores. Tras este periodo de catorce años privado de libertad, busca reintegrarse visitando primero a personas que conoció y podrían ayudarle, pero no es tan fácil. El estigma que pesa sobre sus hombros le complica la interacción con el resto de la sociedad. Así Javier decide borrar su pasado, rentando una habitación en una casa, alejado de todas las personas que le conocen. Lo que Javier no sabe es que en esa casa vive también Amanda, una muchacha de unos catorce años. Aquí se dispara el drama de la película, pues Javier se siente involuntariamente atraído por Amanda e intenta evitarla, pero todo parece confabular para juntarlos. Amanda además ayuda inconcientemente a Javier a contactar a su hija, a quien dejó de ver a los tres años de edad.

Anónimo se trata de una película muy poco convencional, muy interna en el drama psicológico de éste pedófilo que no quiere serlo, y ante lo mismo de un ritmo muy pausado, tanto así que no faltan quienes la acusan de excesiva lentitud, poca acción o salen de las salas diciendo que en todo el film no pasó nada. Esa es una posibilidad, la otra vertiente tiene que ver con la comprensión del drama interno del personaje y la suerte de doble condena que carga tras reintegrarse a al sociedad: es un ex presidiario, eso no podrá nunca borrarlo, así como sentirse su oscura naturaleza que se inclina sexualmente por menores de edad. Bajo ningún punto de vista se nos presenta el depredador sexual macabro que nos mostraría un relato más burdo, sino que logramos vislumbrar el encierro que sufre Javier dentro de su propia condición.

Anónimo toca un tema sensible, crudo y actual, logra lo que hacen las grandes películas, retratar con delicadeza el drama interno de sus personajes. Resulta interesante además la utilización del intersticio en la narración, aquellos vacíos de información al interior del relato que el espectador está forzado a llenar utilizando la escasa y ambigua información que entregan los personajes, es precisamente allí, en esos huecos, en donde operan las subjetividades y según la decisión de juzgar a bien o a mal, de creer o dudar que se tome, Anónimo contendría múltiples películas dentro de sí misma. Recomendable siempre y cuando tenga usted tolerancia a una película algo más contemplativa.

http://www.youtube.com/watch?v=M1JOfvWTDMU

Para terminar quisiera hacer una nota aparte y que no tiene que ver con el film mismo, sino con aplaudir este proyecto de titulación de los alumnos de cine de la UDD, que han hecho un film que se agradece desde diversos puntos de vista, un film que ha volado alto y llega a nosotros de la mano de ésta generación de cineastas que esperamos, refresque la pantalla grande nacional.

Trailer oficial de ANÓNIMO from Renato Pérez Arancibia on Vimeo.

Documental: La Mudanza

Tras cinco años de espera llega La Mudanza, documental estrenado el pasado jueves 6 de octubre en la sala Huérfanos de Santiago, dirigido por la periodista, documentalista y docente chilena Tatiana Lorca.

La historia es sobre una casa, una casa impregnada por los recuerdos de quienes la han habitado por décadas. Florida, la protagonista y dueña del lugar, abre las puertas del lugar y de su vida al espectador. Recorremos la cocina que parece oler aún a pan tostado, el patio en que juegan los nietos, los rincones pintorescos y acogedores de una casa digna de ser llamada hogar. El asunto es que Florida debe dejar su casa pronto, y se dispone a mudarse, pero la tarea no es fácil: no se trata de sacar muebles y libros, ni su basta colección de botellas de colores y guardarlas en cajas de cartón, se trata también de dejar en esa casa los años más importantes de su vida, los recuerdos de una época dorada, de los hijos creciendo, corriendo por los pasillos y los recuerdos de su difunto esposo al que no logra olvidar ni dejar de amar.

El documental tiene un alto componente emocional, aborda una familia no muy diferente a la tuya o a la mía, con una memoria que se niega a ser borrada. A través de imágenes de archivo, Tatiana Lorca construye el pasado de la familia de Florida, ese que se quedará impregnado en los muros una vez que deje la casa. La historia corre a un ritmo bastante amigable para el espectador, lo que se agradece sobre todo en el género, pues como lo hemos convenido en otras ocasiones, el público documental no es el mismo público de ficción made in Hollywood. Podría decirse que La Mudanza es una pieza con la que no habrá tiempo de aburrirse, pasa hábilmente de las risas a al emoción más lacrimógena. Pero no se trata de una historia “nice” y punto, muy por el contrario, hace una dura crítica al “progreso” y el costo que éste significa no solo para el patrimonio de un país, sino lo que es más grave, para el de las personas que vivimos en él.

La Mudanza, de Tatiana Lorca, historias mínimas con un gran tras fondo, lucha contra la tendencia HD en las producciones independientes nacionales y es una prueba fehaciente que lejos del formato en que se grabe, lo que perdura en nuestras mentes y corazones son las buenas historias.

NOTA: Actualmente “La Mudanza”, tras su pre-estreno, se encuentra en circuito de festivales, esperando para llegar a salas.

[Crítica] Post-Mortem

Como un suceso tan grande puede coartar mil acciones pequeñas. Una granada estalla, en un día cualquiera y logra alterar la sinergia inmersa en la que nos encontramos. Desde un día feliz, tomando once o simplemente realizando lo cotidiano, un efecto como lo fue “El Golpe Militar del 73”, desgarró a nuestro país. El director, Pablo Larraín desde su prisma, pone énfasis en  ese evento, en como una cicatriz  que a ratos molesta y físicamente aún tiene su huella; tal cual operación de apéndice. El eje intencionador recae en el personaje de Mario,  la visión particular que nos permite movernos.

Alfredo Castro protagoniza esta cinta al igual que en la película anterior del mismo director, Tony Manero, pero esta vez recae en el papel de Mario, un funcionario que se encarga de anotar los exámenes de autopsia del doctor (Jaime Vadel), quien paralelamente en su vida cotidiana se enamora de su vecina Nancy, una bailarina de Bim Bam Bum. Entre cortejos y deseos, descubre que en su casa existe un comando de hermanos comunistas, lo cual gatillará imperantemente el día D; cuando vea en la casa de al frente un atentado contra su familia. Proveniente de la tragedia, la vida de Mario se dificulta, las muertes se desencadenan en pandemia y su vida definitivamente no será la misma.

Mérito para la dirección de arte, que calca y da la impresión de estar en esa época. El manejo de la cámara, representa la actitud silenciosa, introvertida y a ratos agónica del protagonista; su aspecto visual complementa esta situación, dotándolo como si fuera un zombie sigiloso (como otros personajes anteriores de Larraín). El contexto merma en cómo se mueve el personaje. La historia no pretende contarnos como fue el régimen militar, sino da a entender ciertos aires de revuelta, antes del ocaso. Se respiraba la tragedia. Comparándola con Tony manero, bebe el karma de ella, eso sí, su diferencia radica en lo apaciguado del personaje y en cómo dos personas con características distintas enfrentan el foco; Manero era un esquizoide y Mario es un apaciguable hombre.

Lo ralentizado de sus escenas, la visualización a escenas muertas y la sensación que se respira a muerte, puede sacarte de concentración. No obstante esta película no quiere gustar a todo el mundo, porqué más allá de su narrativa, esos detalles minúsculos, lo que se quiere acá es contar una historia, da lo mismo cómo, el punto es que este bien contada. Su entorno, sus personajes y el ambiente respiran de vació, del cual se transmite a uno, al salir de la sala.

8.2 de 10

Post Mortem: “lo último” de Pablo Larraín

No es de extrañarse que a fin de año tengamos buenos estrenos en nuestra cartelera, como lo fue The Social Network, Inception y porqué no, la chilena Post Mortem. Esta última estrenada en el último Festival de Venecia, en el Ciclo de Cine B, debido a su buena fama, ahora la tenemos en la cartelera de todo el país.

La historia de esta intriga, nos somete al periodo de dictadura militar, en donde se encuentra Mario, un funcionario que trabaja en una autopsía, llenando formularios de distintos doctores. De un día para otro se enamora de su vecina Nancy, una apática bailarina del Bim Bam Bum. Entre invitaciones de cortejo, flirteos y esas cosas, se les mezcla e interrumpe la situación que vive el país.

Una buena alternativa, por si no quiere ver Megamind, Harry Potter o lo tiene chato Que Pena tu vida. La cartelera está en los Cine Hoyts del país. Las impresiones del staff de laud, mañana.