Se viene película biográfica de Michael Hutchence, el lider emblema de INXS

Luego de que la banda anunciara su disolución definitiva,  han anunciado que se hará una película sobre los primeros años de INXS, más precisamente en la imagen de su líder emblemático “Michael Hutchence”.

El canal ABC de Sydney, vía Rolling Stone, anunció que el escritor Bobby Galinsky está trabajando en una película llamada Two Worlds Colliding, un título que hace referencia a una de las líneas del hit de 1987 Never Tear Us Apart. La cinta estará basada en el libro ust a man – The Real Michael Hutchence,

La película buscara indagar en quien realmente era él, sus conflictos internos y lo que supuestamente lo motivo a llevar al suicidio. Mientras tanto, a esperar.

Golem con chasquilla: Ruby Sparks (2012)

Una película que demuestra la facilidad con que una comedia romántica muta en una historia de terror.

 Por Jorge González San Martín

Si algo aprendimos del nazismo es que las personas perfectas no existen más que obligándolas a acomodarse en una arbitraria idea de perfección. Ruby Sparks (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2012) es una comedia sobre esa enfermiza búsqueda de control y sus calamitosas consecuencias.

Ruby es la polola perfecta para Calvin (Paul Dano), un escritor en medio de una crisis literaria —el único tipo de escritor que interesa en un film. Pero Ruby no es real. Calvin tiene unos sueños recurrentes en que una linda joven le habla y actúa con todas las cualidades que le gustan en una mujer. Hasta que, de pronto, esta fantasía aparece en su mundo concreto y listo, tiene una novia instantánea.

The Exploding Girl (Bradley Rust Gray, 2009) es una película independiente donde una joven, interpretada por Zoe Kazan, se pasaba las tardes y la vida sin un plan concreto, involucrada en una platónica e indefinida relación con un amigo, esperando que este se avispara. En Ruby Sparks la actriz hace de la novia imaginaria (y, detalle importante, también es la autora del guión). Los dos personajes son el ideal de un cierto tipo de cine que vuelve y vuelve sobre el mismo tema: la chiquilla rarita especial. Una es la melancólica y contemplativa jovencita media somnolienta y en Ruby Sparks, la polola extrovertida e impulsiva. Ambas son a estas alturas tópicos repetidísimos pero que recociéndolos pueden dar incluso más pistas sobre la rara obsesión audiovisual por este lugar común. Pero mientras que en la calmadísima The Exploding Girl la complacencia de la protagonista hacia su objetivo amoroso tenía que ver más con una mirada inocentona, en la última película de Zoe Kazan la falta de voluntad y su rebelión consecuente son los pilares que hace posible el romance.

Ruby tiene el ropero y el peinado de Zooey Deschanel, le gustan las películas de zombies y cocina rico. Habla francés y es pintora. Todas ideas de Calvin. Al igual que la leyenda judía, Ruby es una golem sometida a la voluntad de su creador. Él redacta en su máquina de escribir todas las cualidades que él quiere que su replicante ejecute.

Una imagen azucarada y limpia es la que se ocupa para narrar la historia, que resulta bien engañosa: Calvin es un egocéntrico y dictatorial controlador de las personas, que disfrazado en su traje de escritor con penita esconde un monstruo. Ruby no es una mujer, ni un personaje: es su propia idea de lo que tiene que ser el referente femenino. Tal como le señala su hermano, su relación no es más que un “mindcest”, un enamoramiento de su propia vanidad.

Zoe Kazan entiende muy bien como manejar a su Ruby en este entuerto romántico. Es lo suficientemente adorable para que la idea de una polola ideal sea verosímil. Y Paul Dano se agarra de los fantasmas de un Woody Allen menos neurótico y más parco para pasar por escritor, que sutilmente esconde un lado siniestro.

Lo retorcido de la historia es contado como si fuera una fantasía romántica, lo que hace aún más pervertido su mensaje. ¿Ruby es una especie de prostituta a la medida? ¿Un Frankestein que cubre una necesidad amorosa, como en Rocky Horror Picture Show? ¿Sueñan las Rubys con vestidos eléctricos?

Más cercana en argumento a un relato gótico que a la comedia que pretende ser, quizás Ruby Sparks se queda corta en el desarrollo de la idea, dándole más espacio al sentimentalismo que a la turbiedad. O quizás ese es su principal punto: cómo ese sentimentalismo siempre está a un paso del horror.

Las partes de todo: Moonrise Kingdom de Wes Anderson (2012)

Si Volver al Futuro fuese la filmografía de Wes Anderson, el condensador de flujos tendría que ser Moonrise Kingdom. Como lo saben los grandes directores, el guión es solo un pretexto para montar y desmontar decorados.

Por Jorge González San Martín

Después de ver Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) el escritor Bret Easton Ellis comentó que era una de las películas más blancas que había visto. No entendí si se refería a la inocencia de la historia o al factor caucásico imperante en el elenco y dirección de arte. Quizás tenga razón en ambas, pero a lo importante, Bret: esos factores enmarcan ideas más expansivas. Después de todo, es el proyecto mas arriesgado de Anderson hasta ahora.

En los créditos se nos hace una especie de avance explicativo de la película: en las primeras escenas vemos a unos hermanos chicos escuchando un tocadiscos portátil donde una voz infantil describe, parte por parte, las diferentes secciones musicales de una obra (Op. 34 temas A-F, Leonard Bernstein). Indicando cada instrumento se nota algo que se da por sentado siempre, por costumbre: las partes arman el todo. Una película no es una historia contada con imágenes, como debiera saber cualquier interesado en la materia de los últimos 106 años del cine: es la unión de diferentes departamentos creativos para producir una experiencia audiovisual, ojala potente y evocadora.

El campechano Hank Williams (quizás el primer rockstar blanco norteamericano) es el músico popular que tiene más presencia en la banda sonora, y que activa el punto esencial de la película, el decorado. En el gusto por una puesta en escena teatral, con muchas panorámicas y grandes planos generales fijos, Moonrise Kingdom sí luce como una película “caucásica”, aunque “country” sería más preciso. No únicamente por la presencia de las canciones de Williams —ni para nada en el sentido más obvio de vaqueros y pistolas — sino por tomar el espacio del campo, el bosque, el paisaje, moldeado y devuelto al público desde el manierismo tan singular del director. La película está ambientada en los 60, y por primera vez W. Anderson deja de lado sus singulares anacronismos para verter en una época específica todas sus manías escenográficas hasta las últimas consecuencias. El mundo de los boy scouts, con sus reglamentos al límite de la ridiculez, se va volviendo más y más delirante al contraponerse con el tono melancólico de Moonrise Kingdom, que va evolucionando hasta parecer más bien una cajita de artefactos, casi al punto de Fantastic Mr. Fox, probablemente el mejor trabajo del director, o por lo menos el más wesandersoniano. Como un libro ilustrado en movimiento.

El casting, en esta ocasión, resulta más importante incluso que los personajes. Bill Murray, el factor constante de Wes Anderson, le da tonalidades a su cansina caracterización con solo un par de gestos. La escena donde se levanta en plena noche a guata pelá para derribar un árbol a punta de hachazos y así calmar su insomnio explica todo lo que tiene que explicar con respecto a su abogado Walt Bishop. Frances McDormand, transplantada del cine de los hermanos Coen, también viene con una carga anterior importante que no tendría el mismo efecto si se tratara de otra actriz. Jason Schwartzman encarna una chistosa parodia del soldado incluido en la obra de Max Fischer, su personaje en Rushmore. Los secundarios de Tilda Swinton y Harvey Keitel, apenas dibujados, aportan esa gravedad entre humorística y solemne que aquí prevalece.  Además, Moonrise Kingdom le da otra opción a la teoría Bruce Willis: se supone que las películas donde el actor se muestra calvo son mejores que en las que se pone un peluquín. Es discutible, pero aquí aparece en una dimensión capilar inédita, el emparronado, así que a actualizar la teoría, nerds.  Incluso los actores no reconocibles encuentran la forma de rememorar otras ficciones: entre la fuga de Margot Tenembaum para conocer a sus padres biológicos y el escape de Suzy (Kara Hayward, el descubrimiento emmawatsoniano del film) del control familiar hay poco más que un dedo amputado de diferencia. Además, el parecido de su vestuario con el de la señora Zorro de Fantastic Mr. Fox es obvio. Incluso su maquillaje, en una recreación del Arca de Noé (aunque interpretara un ave), rememora al personaje de stop motion. Tampoco es azaroso que su disco favorito sea uno de Françoise Hardy, presente también en la banda sonora.

Lo que menos importa es la historia, dos niños enamorados que se escapan. Con su habitual amabilidad, Peter Greenaway —otro fan del estilo por sobre el argumento — señaló alguna vez que “a los guionistas hay que ahogarlos al nacer”. Quizás sea una medida que incomode al sindicato de escritores, pero la supervivencia de milagros audiovisuales como Moonrise Kingdom depende de ese tipo de eugenesias.

El Año del Tigre.

Por Fernando Castillo

 El Año del tigre fue finalmente estrenada el pasado Jueves 31 de Mayo. El último film de Sebastián Lelio (autor de “La Sagrada Familia” y “Navidad”) nos trae una revisión al terremoto del 27-F de 2010, esta vez atravesada por la particular mirada de Lelio que, en esta cinta como en ninguna de las anteriores, se vuelve de una desolación sobrecogedora.

La historia trata sobre Manuel (Luis Dubó), un interno de una cárcel en el sur del país –todo parece indicar que se trata de Concepción y sus alrededores- quién escapa durante la catástrofe. Manuel intenta reincorporarse a la vida en la ciudad, sin embargo el panorama con el que se encuentra es desolador: la fuerza de la naturaleza ha derribado gran parte de la ciudad, los hombres y mujeres deambulan erráticos por las calles de un desierto de escombros, los niños lloran, ya nada es lo que recordaba. Sin casa, sin rumbo, sin familia y sin nombre, Manuel entierra su pasado y emprende el camino hacia una paradójica libertad por el infierno que le aguarda en el lugar donde alguna vez vertió sus esperanzas. Durante éste camino el prófugo se encontrará con la contradictoria naturaleza del hombre al que se le ha arrebatado de un zarpazo la civilización.

 

No hablamos de una historia sobre el fin del mundo o de catástrofe, sino que es un film íntimo, de personaje, exploratorio, contemplativo y reflexivo. El Año del Tigre es el fruto de un director que alcanza la madurez, reflexionando sobre las implicancias de hacer cine, de la forma y el fondo, del significado de la catástrofe y cómo ésta es capaz de transformar al hombre. En mi opinión se trata de una de las grandes películas –y directores- de Chile de los últimos años, cruda a ratos, pero tratada con tal sutileza que hace que no sea la poca sangre de la pantalla las que nos estremezca, sino la profundidad del drama de un hombre que se encuentra con la cara más salvaje de la humanidad.

Existen algunos elementos que se transforman en el origen de la potencia visual que posee El Año del tigre, por ejemplo la impecable actuación de Luis Dubó – secundado por un tremendo Sergio Hernández-, que nunca decepciona en el rol que se le asigna, un tremendo artista que sabe hacer lo que todo buen actor debe saber hacer: desnudar al personaje que necesita retratar en todo su espectro, sin idealizaciones, ni prejuicios a los que, malamente, nos acostumbran algunas piezas chilenas.

 

Por su parte el guión es de una limpieza inexpresable, escrito en notables imágenes más que en palabras, de una pureza que sólo logra alguien que no busca resaltar, sino contar una historia sólida de principio a fin, donde jamás notamos que existe un guión, se produce esa magia que solo tiene el cine al hacernos pensar que lo que estamos viendo sucede aquí y ahora y jamás se pensó antes siquiera; nada es forzado y todo es orgánico. Tal vez el elemento más notable sea la mano del director, que sabe narrar sin prisas ni dilataciones, dejar a sus personajes respirar, vivir las emociones, masticarlas y entregarlas; en el caso de Lelio, sus personajes siempre se guardan más de lo que dicen, y está en la mano del director lograr esas expresivas imágenes que nos  exteriorizan la desolación interna de los que pueblan sus cintas. Tal y como lo dijo el cineasta nacional Miguel Littín: (sobre El Año del Tigre) “Tiene imágenes de una fuerza formidable, Lelio es un gran talento del cine chileno contemporáneo”. El Año del Tigre logra incorporar imágenes que, aisladas, parecerían de un surrealismo exuberante, a una trama perfectamente lógica, lo que hizo que me llevara esa impresión de un sueño medio vivido o de una vida medio soñada, y eso es para mí lo que se logra a raíz de una concienzuda reflexión sobre el cine mismo.

 

Presentada en Chile durante 2011 en el Festival de Cine B, premiada en diferentes festivales internacionales de renombre como el Festival de Toronto, El Año del Tigre se mantiene en las salas comerciales nacionales, como prueba de que se hace cine de calidad en el suelo nacional. Imperdible.

Videamos: Shame (2011)

Shame (2011), es la polémica película del director británico Steve McQueen (responsable también de Hunger), que ha causado gran revuelo porque, a pesar de la recepción favorable de los críticos y medios especializados más reconocidos de cine a nivel mundial, y de haber estado nominada a los Globos de Oro, al BAFTA, al Independent Spirit Awards y ganar varias categorías en el Festival de Cine de Venecia, la cadena Cinemark se ha negado a incluirla en su cartelera debido a “su alto contenido erótico”. Aún así la película se encuentra desde el pasado Jueves 3 de Mayo en varias otras salas nacionales, como Hoyts, por ejemplo.

Cabe preguntarse entonces ¿quién supervisa tales cuestiones acerca del contenido sexual de estas cintas? ¿un eunuco? Porque Shame es precisamente lo contrario a una película erótica; lejos de magnificar el sexo, McQueen juega con su lado más oscuro, el que lo une con la pulsión mortuoria, habitada por personajes que toman despojos de cuerpos para saciar un hambre animal, y bajo esta mirada transforma al sexo en un objeto de consumo, en un mundo donde el porno, las relaciones desechables y el “sexo para llevar” son la tónica y problemática.

La trama nos cuenta la historia de Brandon (Michael Fassbender), un neoyorquino atractivo y exitoso, pero con serios problemas para relacionarse. A pesar de tener bastante éxito con las mujeres, no logra conectarse emocionalmente con nadie. Así entonces el sexo ocasional, las revistas porno o las webcam sexuales, son parte del festín que no logra satisfacerlo. Un día debe recibir en su casa, contra su voluntad, a su hermana, una cantante semi-fracasada y emocionalmente dependiente, la que, lejos de ser un salvavidas, viene a compartir la misma miseria. En éste escenario Brandon seguirá la curva descendiente guiado por su pulsión, como una polilla que busca la luz, buscando conexión en un mundo superconectado para poder capear su soledad, sin embargo el sexo se volverá una experiencia de dolor, que vacía las almas de la ciudad que nunca duerme.

Característica de McQueen es que no se va por la tangente, de una u otra forma, más o menos solapado, siempre encara los temas desde su perspectiva más dolorosa. Encarnado por un impecable Fassbender, Brandon será arquetipo del hombre moderno que habita las metrópolis más luminosas, contraste de la oscura e insignificante situación que ocupa en el mundo que se creó, en donde lo propiamente humano es menos importante.

Shame está lleno de aspectos interesantes, desde una factura técnica impecable (que francamente es lo de menos), pasando por una musicalización tremenda y que trabaja siempre desde el cotrapunto para realzar; una dirección de fotografía muy acorde, que alcanza su punto más álgido en la secuencia de sexo, donde el rostro de Fassbender se tiñe de dolor y deforma en un grito enmudecido, filmada con particular maestría, tomando retazos de cuerpos, arrancados por la animales hambrientos que no se contentan ya con carne alguna; Las actuaciones son que solo los ingleses y gringos logran, pues si bien no soy muy partidario del cine anglo, hay que reconocerles que desde hace décadas que se traen la mayoría de los grandes actores. Sumado a todo ello, una dirección que potencia todo el tiempo la lograda sensación que se pretende.

Del particular matrimonio que se conjuga para dar a luz una película, nace un elemento que tal vez se vuelve el más valioso del film y a la vez, la crítica más descarnada a la sociedad en que vivimos; sin lograr atribuir a una sola mano el efecto, la película logra un extrañamiento/distanciamiento (tipo Brecht) del ojo del espectador, que hace que veamos un mundo que es total y completamente real, verosímil y, por lo demás, cotidiano, y se transforme en una especie de increíble ciencia ficción en donde los humanos ya no se comunican y viven aislados en circuitos que ellos mismos han diseñado para que todo se mantenga en un estricto orden: la metrópolis contemporánea. Desde ahí nace sin duda el aspecto más controversial, alejado el sexo por el sexo, el film nos enrostra una verdad que duele profundamente: estamos solos.

Shame es la película del momento, la que no se puede perder por ningún motivo. Revolucionaria, cruda, visceral. Dudo que del país del norte nos manden una cinta a este nivel durante lo que queda de 2012. No se la pierda.

¿Es David Lynch un director sobrevalorado?

Desde la pintura, el cine, la televisión hasta la música, David Lynch es uno de los artistas más prolijos y versátiles de la Norteamérica de finales del siglo XX. Odiado y amado por partes iguales, Lynch se ha caracterizado por impregnar de un espíritu bizarro y surrealista cada una de las obras que ha generado, creando un estilo fácil de reconocer y diferenciar. Nos guste o no, Lynch es un referente en muchos sentidos, sobretodo a la hora de llevar obras a la pantalla grande que traten del suspenso, del barroco bizarro y de la irrealidad. Si bien el éxito de su carrera es innegable, no estamos aquí hoy para tirarle flores si no para desmembrar su carrera y resolver la obvia interrogante ¿Está sobrevalorado Lynch? Un desglose de los motivos para amarlo y odiarlo en las palabras a continuación.

Porqué admirar a Lynch

La carrera cinematográfica de Lynch es el máximo referente que tenemos a la hora de hablar de su obra. Tiene películas excelentes como El Hombre Elefante y, mi favorita, Terciopelo Azul. Particularmente esta última es una demostración de que Lynch, si quiere, puede hacer una película totalmente “normal” que se encasille perfectamente en un género macro, como lo es el Thriller.  Si ser ajeno a su estilo, Lynch logra plasmar interrogantes, generar escenas memorables – cualquier escena del gran finado Hopper, en particular la escena donde sale la canción de Roy Orbison “in Dreams” – y cerrar historias con giros coherentes y redondos. Si Lynch quiere, puede hacer una película “como la gente” y que la entienda cualquier abuela del mundo siendo, siempre, fiel a su estilo sombrío y barroco de hacer cine. El mejor ejemplo de esto es Una historia sencilla, la película “menos Lynch” de Lynch. Cómo no va a serlo si la distribuyó Disney y tiene la clasificación menos Mature de la MPAA ¿Es buena? es excelente. Directa, simple y cargada de emoción, Una historia sencilla completa junto con El hombre elefante y Terciopelo Azul la trilogía de películas “normales” que el director americano a lanzado al mundo y que, todos aquellos que critiquen a Lynch por raro, deberían ver. Con los años el caballero perdió esta costumbre y se volvió brutalmente autoral, pero de las cosas malas hablaremos después.

Así como tiene éxitos fílmicos, una de las razones más poderosas para amar a Lynch – Lynchaco, para los amigos – es su tremenda serie de televisión Twin Peaks. Ya hablamos hace mucho tiempo de ella, pero si le da paja leer el artículo anterior le cuento que Twin Peaks es la primera incursión de Lynch en la televisión y que su éxito fue demoledor. La primera temporada de Twin Peaks está considerada como una de las mejores temporadas de la historia de las series. Es, una clase sobre Thriller, novela policiaca y, porqué no, sobre guión. Brutal y avasalladora, Twin Peaks es un referente directo actual de muchas series policiacas/paranormales ya que dictó, en tiempos donde el drama familiar era la moda, los postulados que series como la extrañamente exitosa Lost, The Killing, Fringe y hasta la franquicia de videojuegos Silent Hill seguirían en la actualidad. Twin Peaks debe ser lejos uno de los mejores trabajos de Lynch y quizás uno de sus últimos arranques de genialidad antes de volverse loco.

En fin, si esas tres películas que mencioné antes no le bastan como argumento para admirar a Lynch, Twin Peaks da el peso suficiente. Si no la vio hágalo, si lo hace después de diga que no le avisamos.

Porqué odiar a Lynch

Terciopelo Azul y Una historia sencilla son peliculazas, pero el caballero también tiene sus puntos bajos. Uno de los principales motivos para detestar a Lynch es esa puta manía que tiene de hacer películas que no se entienden, o que hay que verlas ocho veces para, por revelación divina o fatiga intelectual, poder entender ALGO de ellas. Esta costumbre viene de fábrica, ya estaba presente en sus cortometrajes – debidamente bien compilados en una colección que le recomiendo mucho – la tendencia surrealista y onírica de sus relatos y sería en su primer largometraje, cabeza borradora, donde el estilo Lynch saltara en su máxima expresión. Justamente anoche una atractiva chica le pedía al intelectual de turno que le explicara la película que, por lo demás, le había encantado. Yo me pregunto ¿Cómo carajo te puede gustar una película que no entiendes? Digo, puedes no entenderla al 100% y te puede gustar ¿Pero si no entendiste nada de nada – cómo esa mierda de Begotten – cómo cresta puede gustarte? Es que para mi no tiene sentido. La verborrea de “la película entrega emociones y por eso me gusta” o “me perturbó, me puso en un sitio incómodo” no me la compro mucho y precisamente eso es lo que pasa con varias películas de Lynch, te dejan “en un sitio incómodo” aunque la historia no la logres pillar por ningún lado.

En Cabeza borradora te puedes perder un poco a pesar de que los códigos que entrega Lynch son bien claros – La fábrica, el hábitat nefasto, el hijo no deseado, el mejor peinado de la historia del cine – la película puede gustarte o no, pero teniendo como referente el hecho de que después de esa rara película Lynch lanzó El hombre elefante, podemos decir que en esos años su cerebro no andaba tan perdido. Con el tiempo el caballero cambiaría la mano y llevaría su surrealismo categórico al exceso. Me pego un salto de décadas, paso por encima de la gran Mulholland Drive – Una buenísima mezcla de un Thriller en justa regla y un final onírico a-la-lynch – y caigo en Inland Empire. Si usted que lee esto vio esa película por favor postee debajo una explicación a la historia del filme, porque por lo menos yo – habiendo visto Rabbits – no entendí ni mierda. Inland Empire debe ser el mejor argumento para detestar a Lynch y la hilarante recepción que tuvo en el público debe ser el mejor motivo para decir que está sobrevalorado. Es que Lynch, con el nombre que tiene y acarreando éxitos bizarros como la gran Carretera perdida, llevó al extremo lo bizarro y puso en pantalla una historia que no se entiende para nada, con giros invisibles y un arco argumental que no va para ningún lado ¿Por qué? Porque es Lynch y puede hacerlo. Que molesto, que despilfarro de creatividad, Inland Empire es alimento de fanboys, es masturbación intelectual a mano cambiada.

Como si fuera poco, Lynch tiene obras bien malitas. Sin ir más lejos digo Dumbland, el experimento de animación de don Lynchaco que, como experimento, pueeeeeede que funcione pero que tras verlo deja con la sensación de haber perdido preciosos minutos de vida. On Air es otro aborto televisivo de Lynch que prometía mucho y no llegó a nada. Y si estamos hablando de cosas malas, no podemos hacernos los lesos y hablar de los pésimos últimos capítulos de la segunda temporada de Twin Peaks, los cuales sacaron a la serie del Thriller y lo llevaron incluso a la comedia infantil ridícula. Aunque esto último es más culpa de la casa productora y su insistencia en terminar la serie pronto, es un talón de Aquiles que no podemos pasar por alto.

Y bueno, ahí están los motivos para amar/odiar a David Lynch, un artista versátil como pocos y dueño tanto de obras magnánimas como mediocres. Si me lo preguntan a mi, yo no diría que Lynch está sobrevalorado si no que su nombre pesa mucho más que sus trabajos – Porque si su disco solista lo hubiera lanzado Pepe Tapia en vez de David Lynch nadie le hubiera dado bola – viendo el lado lleno del vaso, de repente es mejor que se esté alejando de las pantallas porque prefiero quedarme con el buen recuerdo que sus grandes películas me han entregado que seguir viendo trabajos como Inland Empire. Si a usted le gustó esa no se preocupe, no es su culpa, es culpa de Lynch quien ya violó suficientes neuronas de vuestro cerebro



Videamos: Bonsái (2011)

Bonsái (2011) es el segundo largometraje del cineasta chileno Cristián Jiménez, quien se hiciera conocido en un inicio por la notoriedad alcanzada con su cortometraje “El Tesoro de los Caracoles”. Dispar suerte corrió con su ópera prima “Ilusiones Ópticas” (2009), que contó con una tibia acogida por parte del público y la crítica. Por su parte, Bonsái, de la cual hablaremos en éste artículo, ha corrido mejor suerte, ya que formó parte en 2011 de la selección oficial del festival de Cannes, Francia.

La trama está basada en la novela homónima de Alejandro Zambra, centrada Julio, un muchacho que busca abrirse oportunidad en el mundo de las letras. Luego de una breve entrevista con un connotado escritor, que busca a alguien que transcriba el manuscrito de su novela, se entera que un candidato, menos costoso que él, le ha ganado el puesto de trabajo. Entonces el joven decide escribir un manuscrito tal como el que le habían ofrecido, para hacer pensar a su vecina-amante, que ha conseguido el puesto. Así Julio se encuentra casi de casualidad con que ha comenzado su primera novela, probablemente posibilitado por escribir bajo el nombre de otro, desprendido de pretensiones, mucho más sincero. Mientras busca una trama recurrirá a sus recuerdos y se encontrará sin querer con la búsqueda del lugar ideal, el pasado.

Bonsái no es una película ni tibia, ni complaciente. Muy por el contrario, se arriesga, y eso siempre es de valorar. Desde el minuto uno sabemos ya como va a terminar, nos lo dicen textual: Julio vivirá y Emilia morirá. Gusta que un cineasta se plantee de esa manera -casi retando al espectador promedio, a ese que le molesta que le cuenten el final de las películas y no ha descubierto que en el intermedio es donde todo pasa-, se sustenta en una dramaturgia de lo más orgánica, que no se centra en los manejos de información administrados por el guionista, artificios que muchas veces se usan para mantener historias a flote y en los que no hay, la mayoría de las veces, gran mérito. Otro aspecto que parece interesante, es que en el arte no se vuelve la típica película santiaguina de bajo costo, sino que muestra un Chile remotamente explorado en el quehacer cinematográfico nacional, muy joven y muy provinciano, muy típico chileno y sin embargo muy ausente en nuestros filmes, tiene ese “qué se yo” que usted puede identificar si ha vivido en el sur alguna vez o pasado un invierno ahí.

Por donde si se cae Bonsái, parte importante, en los diálogos y por lo mismo en las actuaciones. En boca de los personajes se puede encontrar casi todos los errores de diálogos, que resultan forzados, expositivos, pretenciosos y opulentos; es eso lo que te hace estar casi toda la película a medio enganchar. Otro elemento que no encaja del todo bien, es la aproximación temática a “En busca del tiempo perdido I: Por el Camino de Swann” de Marcel Proust, que si bien podrían ambas obras guardar relación –en abordar el tema del tiempo y la memoria-, Bonsái se queda bastante corta, pues no es bajo ningún término una película con una problemática en torno al tiempo y su reconstrucción, aun cuando a ratos el mismo film pretenda hacernos pensar que sí; sino que se plantea desde los afectos y las relaciones interpersonales, lo demás es todo muy, muy secundario y de cierta manera, casi, sobra.

Bonsái no pasará a la historia ni como un film particularmente grande, ni exitoso, sino más bien como una propuesta sencilla, interesante, atrevida, innovadora -hablando sobre lo que al cine chileno respecta- y autoral. De cualquier manera, no haría mal en darle una mirada.

 

Sound of noise

En los últimos 5 años el cine Sueco se ha puesto las pilas y nos ha encantado con películas como “Let me in” (la original con la vampirita que si daba susto, no como la gringa con hitgirl) y la chica del tatuaje de dragón (mucho más interesante que la gringa, excepto por la música) , que entre otras  han logrado que los fanáticos de las películas fijen el ojo en lo que salga de ese lejano y helado país. Nuevos estilos de montaje y nuevas formas de narrativa son las características que predominan a la hora de contar estas historias, las cuales a pesar de tener temáticas variadas apelan mucho a como la generación actual ve el mundo; rápido, con ritmo, con fantasía, con tecnologías, con emoción, con vida y con locura. De a poco han ido empujando las teorías del cine donde decían que así se debía ver una persecución o asa se debía hacer una escena de amor, No estamos hablando de las formulas Hollywoodenses, hablamos romances entre niños de 13 años y chicas hackers superheroinas que se forjan su propio destino. De Sound of noise entra en esta nueva ola de películas y resalta por sobre todas.

La trama es muy simple; Un grupo de percusionistas anárquicos busca exponer su música de manera más radical y nueva a través de presentaciones seudo terroristas en distintas instituciones gubernamentales como bancos y hospitales. Todo esto usando instrumentos poco convencionales como…pacientes. Es una protesta contra el elitismo de la música académica, donde los estudiantes de música se mezclan con los autodidactas y crean cosas que se imponen frente a lo tradicional. Bulldozers, tanques de oxigeno, cables del tendido eléctrico, camionetas, monedas, teclados, baterías, metrónomos, bisturís, son algunos de los “instrumentos” utilizados para hacer su música, la cual es una obra de 4 piezas con nombres tan variados como: “Doctor doctor gimme me gas in my ass” o “Fuck the music (Kill Kill)”.

No sé a ustedes, pero a mi igual me dan ganas de escuchar los temas con esos nombres. La música les podría sonar muy parecido a lo que es Mayumana, pero he aquí el plus, el valor agregado, lo que completa la ecuación: Las imágenes. El montaje rítmico, la dirección de foto  y la dirección de actores son lo que logran que esta película congele al espectador, lo enmudezca y lo haga “parar la oreja” para poder escuchar cada sonido que la imagen nos va mostrando y de a poco crear en la propia cabeza todo el trozo musical, en el fondo es ver una orquesta, pero de cerca, sentirla, saborearla y disfrutarla.

Doctor Doctor gimme gas in my ass

Y estos tipos no andan solos. La película es una comedia criminal, por lo que si tenemos a los infractores de la ley nos faltan los defensores. En este caso es un detective proveniente de una familia de músicos doctos con un hermano sobresaliente y director de orquesta. Para su mala suerte el nació con oído sordo (musicalmente hablando). No puede tocar instrumentos, ni seguir un ritmo, de hecho odia la música, por lo que se toma muy personal este caso de los “terroristas” musicales, dando un giro inesperado a la trama.

Quizás uno quede con gusto a poco, porque es corta y termina casi sin avisar, pero hay que apreciar lo que se vioó y de lo bien que el cerebro se debe sentir al ser estimulado con tanta genialidad .

Lo único lamentable es que no he pillado una versión con subtítulos en español. Si en ingles, por lo que si saben un poquito, atrévanse y véanla, realmente esta tan bien contada, que hasta en sueco se entiende.

Recomendada para todos los amantes de la música y las películas. Es un musical, moderno y realista, donde la gente no sale cantando de las alcantarillas, si no que son personajes con conciencia política y artística, que dejan un mensaje a la vez que tocan música y nos cuentan una historia. Especial para aquellos bateros o bateras que pierden inspiración, les apuesto que después de verla saltan de inmediato a tocar. Si no le gusta la música, mejor no se molesten, solo se van a irritar, no todos pueden tolerar el sonido del ruido.

Aquí un regalito para los bateristas que nos leen:

Drum Solo

 

Joven y Alocada

Hace ya algunas semanas que se ha estrenado Joven y Alocada (2012), la ópera prima de Marialy Rivas, quien se hizo conocida dentro del circuito de festivales nacionales e internacionales con su corto “Blokes”, inspirado en un texto del afamado Pedro Lemebel. Ciertamente Joven y Alocada ha causado gran revuelo, sobretodo luego de recibir el premio a Mejor Guión en el festival de Sundance y una menos comentada selección en el Festival de Berlín (específicamente en la sección Berlinale Generation).

¿De qué se trata? Pues la cinta se basa en un Blog –real, de la periodista Camila Gutierrez- en donde la joven protagonista, Daniela (Alicia Rodríguez), una adolescente de unos dieciséis años, publica su prohibida vida sexual por la Internet, a la sombra de su evangélica, conservadora y cuicota familia. La muchacha, tras ser expulsada de su colegio por haber fornicado con un alumno menor –un colegio conservador también-, es enviada en castigo a trabajar en un canal cristiano. Es en este lugar en donde Daniela dará, a veces intencionadamente y otras no tanto, rienda suelta a su choriflai en llamas, metiéndose en un enredo amoroso con uno de sus compañeros de trabajo y lo que viene a complejizar aún más la situación: el surgimiento de su primer amor homosexual.

 

Siempre resulta un poco triste –y vaya que el cine nacional nos ha acostumbrado a ello- cuando una película intenta ser algo que no es, cuando se disfraza de profunda y reflexiva siendo, en realidad, pura banalidad. Joven y Alocada es precisamente el caso opuesto: un film fresco, sin pretensiones de ser una obra maestra y que termina siendo, casi intencionalmente, una película memorable y que no solo marca toda una época en el cine chileno –pues toma en serio la temática de la identidad sexual, contrastando casi por naturaleza con otros ejercicios poco afortunados como “Lokas” de Justiniano- sino que se transforma en una película capaz de identificar, muy probablemente, a toda una generación.

Y es que lo magnifico, a mi parecer, de la ópera prima de Marialy Rivas, es la sencillez de la escritura, esto sin desmedro de la eficacia del relato. El dramaturgo chileno Juan Radrigán dijo alguna vez que la única clave para escribir bien era ser honesto, y es precisamente ese el ingrediente que hace que Joven y Alocada resulte un film tremendamente frontal y profundamente auténtico, aun cuando muchas de las actuaciones –la mayoría- no den en la talla.

 

La mala noticia –y que no es nueva- es que no hay mucho qué decir a favor ni de la fotografía, ni del sonido –sobre todo en este último. En el aspecto visual la película se plantea desde el inicio una propuesta desprolija, sin embargo se quedaría quedar uno con la sensación de que pasa el delicado límite entre el efecto y el defecto, cito por ejemplo la escena donde madre e hija vuelven a casa después del primer día de trabajo en el canal de Daniela, dentro del vehículo el manejo de la cámara, para mi gusto es excesivamente temblorosa, tanto así que distrae y juega en un límite bastante peligroso. En el plano sonoro el problema se pone más serio, pues es difícil entender muchas veces lo que se dice, y otras pareciera estar desincronizado con la imagen, incluso no quedando claro en algunos pasajes si nos están pasando una voz en off o es efectivamente un audio diegético. A pesar de todo, estos problemas técnicos, que a ratos son bastante severos, no logran empañar el desarrollo del film, pero insisto que es una lástima que sean de esta naturaleza los problemas de una producción que podría alcanzar estándares bastante más altos, pues su guión y a ratos la dirección están a la altura. En fin, es esa la realidad en Chile, muchas veces los recursos no acompañan a los talentos, y no es de extrañarse, si cuando sucede que la industria cinematográfica va en alza, es precisamente cuando menor apoyo financiero reciben estas realizaciones y, ciertamente, se terminan en una suerte de cine casi de trinchera.

Pese a estos defectos técnicos, que resultan difíciles de obviar, Joven y Alocada tiene de fresco y de trasgresor por partes iguales, todo puesto en una propuesta “livianita”, diferente y sin embargo, más que familiar. Vale la pena verla, sin duda.

 

El Padrino I

El célebre film de Francis Ford Coppola “El Padrino” (1972) se ha reestrenado luego de 40 años de su primera aparición. Para entonces la cinta significó una ruptura, una forma nueva de hacer cine en los Estados Unidos; se trataba de una generación de recambio que venía a evidenciar que el Hollywood clásico estaba en decadencia. Hoy su mensaje no es muy diferente, tal parece que la gran industria escasamente puede producir algo nuevo y sorprendente, de manera que el fenómeno reestreno, remake y las miradas nostálgicas sucedáneas, como “El Artista”, es por lo que están apostando para mantenerse a flote, al menos hasta que aparezca un gran cineasta que los salve.

Bien podría escribirse en esta reseña un listado enumerando las abundantes curiosidades del rodaje de “El Padrino”, o de su casting, o el manoseado tópico de las naranjas, sin embargo vamos a abordar este film desde sus aspectos técnicos y artísticos, intentando, en la que la extensión del presente artículo lo permita, comprender qué es lo que hizo de “El Padrino” un film llamado a renovar los aires del Hollywood  de los 70.

 

En primer término la ruptura se evidencia en la forma en que Coppola y Mario Puzo articulan el relato y los grandes temas a tratar. Se trata de una estructura narrativa particular, que difiere con la usanza del cine americano por ese entonces, e incluso con los actuales. Aclaremos. En el clásico film de Hollywood existe una regla de oro usada hasta el día de hoy: los personajes necesitan tener un objetivo, preferentemente consciente, algo por lo que luchen deliberadamente de inicio a fin. Esta estructura utilizada en la inmensa mayoría de las películas producidas en Hollywood, está además atravesada por lo algo que le es inherente a los Estados Unidos: El Sueño Americano. Estados Unidos y el Sueño Americano es principalmente dos premisas: “América es la tierra de las oportunidades” y “América es un crisol de la diversidad”. Es precisamente estos dos tópicos los que han impregnado el grueso del quehacer cinematográfico del país del norte; una película tras otra sobre el hombre que se reinventa en contra de la adversidad, se arma a sí mismo desde sus propias cenizas, una y otra vez lo mismo, el mismo tema, en mayor o menor medida, está presente en películas tan memorables como diversas, por ejemplo en “El Halcón Maltés”, en “Lost Weekend”, en “El Nacimiento de una Nación”, en “En Busca de la Felicidad”, en “The Killing”, en “El Artista”, en “Sunset Boulevard”, en “Trainspotting”, en “Slumdog Millionaire” (las dos últimas que son bien gringas, aún cuando no se desarrollen en EEUU) y un muy, muy largo etc.

La novedad temática de “El Padrino” salta a la vista entonces. Las redes de corrupción, el poder fáctico ejercido por los Corleone y las demás familias, son perfecta antítesis del Sueño Americano, se trata de sociedades cerradas que se rigen bajo sus propias reglas, pero que caminan por las mismas veredas que “el hombre libre”, a vista y paciencia de aquellos quienes debieran reguardar que América siga siendo la tierra de las oportunidades, o tanto peor, son ellos mismos, los políticos y autoridades, quienes, pudriéndose en su corrupción, consienten que “Las Familias” y en particular los Corleone, actúen de la forma en que lo hacen; el sistema no funciona.

 

La novedad estructural, es quizás un poco más difícil de encontrar, se trata de cómo es que se construye la historia. Podríamos identificar dos partes: la primera hora de relato que está consagrada principalmente a Don Vito Corleone y su manejo de La Familia, y la segunda parte, tras el atentado a Vito, se vuelve hacia Michael Corleone y su proceso de metamorfosis para convertirse en Don, pasando de ser un joven correcto y pacífico, a un hombre sin escrúpulos. Es casi una película con dos protagonistas, aunque sin duda es Michael quien toma mayor importancia. Lo particular es que la concepción de objetivo de los personajes se vuelve secundario, se reparte en secuencias con sus propios pequeños objetivos: matar a tal o a cual, lograr la paz entre las familias, vengar la muerte de aquel, el objetivo va de un lado a otro, y a partir de esta suerte de “hechos diversos” se nos muestra la paulatina conversión de Michael, he ahí lo importante para este film. No es que Coppola haya inventado una nueva narrativa, se dice que esto es heredado desde la literatura, en particular de John Dos Passos y su trilogía U.S.A. La estructura de relato de “hecho diverso” entonces invade el cine gringo y encontramos, o bien a muchos personajes que conforman un argumento con sus historias particulares y por separado (como en “Magnolia” de Paul Thomas Anderson o “Nashville” de Robert Altman), o a protagonistas que actúan motivados por varios pequeños objetivos y donde lo que más va a importar será su proceso interno (como “Manhattan” de Woody Allen o “Taxi Driver” de Martin Scorsese). Así se va a conformar entonces, desde “El Padrino” y algunas otras películas de la época, el cine Americano contemporáneo.

Lo que no renueva Coppola es el método de actuación. Bien sabido es que los actores del Actors Studio están constantemente interiorizando el momento, se mueven todo el tiempo, interna o externamente, es de lo que Hitchcock tanto se quejaba, para él nunca lograban neutralidad. Sin embargo a “El Padrino” le funciona bastante bien esta técnica, dónde el momento actoral más notable bajo mi punto de vista es el que nos entrega Al Pacino interpretando a Michael Corleone, en la escena donde cometerá su primer asesinato por partida doble en un pequeño restaurante de NY. En su gesto percibimos, mientras Solozzo habla sin parar, que en ese momento álgido él no puede escuchar otra cosa que no sean sus propios pensamientos, suena un chirrido de frenos afuera, en la calle, está al borde de desquiciarse, y finalmente dispara, ha roto aquella barrera de moralidad que lo separaba del resto de su familia. Interpretación magistral.

En el aspecto visual, Gordon Willis, el director de fotografía de la película, que fue duramente criticado por la subexposición, muchos decían “Aquí no se ve nada”, sobretodo en interiores, que predomina la extrema penumbra, como en el despacho de los Corleone, donde la cara de un impecable Marlon Brando aparece entre las sombras: es un hombre de negocios turbios pero carácter contenido, la atmósfera, con sus colores cálidos pero sombríos, se vuelve tan seductora como el mismo personaje.

 

El Padrino es de esas películas que HAY que ver, tanto mejor si ahora existe la posibilidad de ver una copia en la pantalla grande, aun cuando su remasterizado no mejora demasiado. Una de las películas claves para entender las grandes obras cinematográficas salidas de la gran industria, su evolución y reinvención. Hollywood no hace solo basura después de todo.