El célebre film de Francis Ford Coppola “El Padrino” (1972) se ha reestrenado luego de 40 años de su primera aparición. Para entonces la cinta significó una ruptura, una forma nueva de hacer cine en los Estados Unidos; se trataba de una generación de recambio que venía a evidenciar que el Hollywood clásico estaba en decadencia. Hoy su mensaje no es muy diferente, tal parece que la gran industria escasamente puede producir algo nuevo y sorprendente, de manera que el fenómeno reestreno, remake y las miradas nostálgicas sucedáneas, como “El Artista”, es por lo que están apostando para mantenerse a flote, al menos hasta que aparezca un gran cineasta que los salve.

Bien podría escribirse en esta reseña un listado enumerando las abundantes curiosidades del rodaje de “El Padrino”, o de su casting, o el manoseado tópico de las naranjas, sin embargo vamos a abordar este film desde sus aspectos técnicos y artísticos, intentando, en la que la extensión del presente artículo lo permita, comprender qué es lo que hizo de “El Padrino” un film llamado a renovar los aires del Hollywood de los 70.
En primer término la ruptura se evidencia en la forma en que Coppola y Mario Puzo articulan el relato y los grandes temas a tratar. Se trata de una estructura narrativa particular, que difiere con la usanza del cine americano por ese entonces, e incluso con los actuales. Aclaremos. En el clásico film de Hollywood existe una regla de oro usada hasta el día de hoy: los personajes necesitan tener un objetivo, preferentemente consciente, algo por lo que luchen deliberadamente de inicio a fin. Esta estructura utilizada en la inmensa mayoría de las películas producidas en Hollywood, está además atravesada por lo algo que le es inherente a los Estados Unidos: El Sueño Americano. Estados Unidos y el Sueño Americano es principalmente dos premisas: “América es la tierra de las oportunidades” y “América es un crisol de la diversidad”. Es precisamente estos dos tópicos los que han impregnado el grueso del quehacer cinematográfico del país del norte; una película tras otra sobre el hombre que se reinventa en contra de la adversidad, se arma a sí mismo desde sus propias cenizas, una y otra vez lo mismo, el mismo tema, en mayor o menor medida, está presente en películas tan memorables como diversas, por ejemplo en “El Halcón Maltés”, en “Lost Weekend”, en “El Nacimiento de una Nación”, en “En Busca de la Felicidad”, en “The Killing”, en “El Artista”, en “Sunset Boulevard”, en “Trainspotting”, en “Slumdog Millionaire” (las dos últimas que son bien gringas, aún cuando no se desarrollen en EEUU) y un muy, muy largo etc.

La novedad temática de “El Padrino” salta a la vista entonces. Las redes de corrupción, el poder fáctico ejercido por los Corleone y las demás familias, son perfecta antítesis del Sueño Americano, se trata de sociedades cerradas que se rigen bajo sus propias reglas, pero que caminan por las mismas veredas que “el hombre libre”, a vista y paciencia de aquellos quienes debieran reguardar que América siga siendo la tierra de las oportunidades, o tanto peor, son ellos mismos, los políticos y autoridades, quienes, pudriéndose en su corrupción, consienten que “Las Familias” y en particular los Corleone, actúen de la forma en que lo hacen; el sistema no funciona.
La novedad estructural, es quizás un poco más difícil de encontrar, se trata de cómo es que se construye la historia. Podríamos identificar dos partes: la primera hora de relato que está consagrada principalmente a Don Vito Corleone y su manejo de La Familia, y la segunda parte, tras el atentado a Vito, se vuelve hacia Michael Corleone y su proceso de metamorfosis para convertirse en Don, pasando de ser un joven correcto y pacífico, a un hombre sin escrúpulos. Es casi una película con dos protagonistas, aunque sin duda es Michael quien toma mayor importancia. Lo particular es que la concepción de objetivo de los personajes se vuelve secundario, se reparte en secuencias con sus propios pequeños objetivos: matar a tal o a cual, lograr la paz entre las familias, vengar la muerte de aquel, el objetivo va de un lado a otro, y a partir de esta suerte de “hechos diversos” se nos muestra la paulatina conversión de Michael, he ahí lo importante para este film. No es que Coppola haya inventado una nueva narrativa, se dice que esto es heredado desde la literatura, en particular de John Dos Passos y su trilogía U.S.A. La estructura de relato de “hecho diverso” entonces invade el cine gringo y encontramos, o bien a muchos personajes que conforman un argumento con sus historias particulares y por separado (como en “Magnolia” de Paul Thomas Anderson o “Nashville” de Robert Altman), o a protagonistas que actúan motivados por varios pequeños objetivos y donde lo que más va a importar será su proceso interno (como “Manhattan” de Woody Allen o “Taxi Driver” de Martin Scorsese). Así se va a conformar entonces, desde “El Padrino” y algunas otras películas de la época, el cine Americano contemporáneo.

Lo que no renueva Coppola es el método de actuación. Bien sabido es que los actores del Actors Studio están constantemente interiorizando el momento, se mueven todo el tiempo, interna o externamente, es de lo que Hitchcock tanto se quejaba, para él nunca lograban neutralidad. Sin embargo a “El Padrino” le funciona bastante bien esta técnica, dónde el momento actoral más notable bajo mi punto de vista es el que nos entrega Al Pacino interpretando a Michael Corleone, en la escena donde cometerá su primer asesinato por partida doble en un pequeño restaurante de NY. En su gesto percibimos, mientras Solozzo habla sin parar, que en ese momento álgido él no puede escuchar otra cosa que no sean sus propios pensamientos, suena un chirrido de frenos afuera, en la calle, está al borde de desquiciarse, y finalmente dispara, ha roto aquella barrera de moralidad que lo separaba del resto de su familia. Interpretación magistral.

En el aspecto visual, Gordon Willis, el director de fotografía de la película, que fue duramente criticado por la subexposición, muchos decían “Aquí no se ve nada”, sobretodo en interiores, que predomina la extrema penumbra, como en el despacho de los Corleone, donde la cara de un impecable Marlon Brando aparece entre las sombras: es un hombre de negocios turbios pero carácter contenido, la atmósfera, con sus colores cálidos pero sombríos, se vuelve tan seductora como el mismo personaje.
El Padrino es de esas películas que HAY que ver, tanto mejor si ahora existe la posibilidad de ver una copia en la pantalla grande, aun cuando su remasterizado no mejora demasiado. Una de las películas claves para entender las grandes obras cinematográficas salidas de la gran industria, su evolución y reinvención. Hollywood no hace solo basura después de todo.