El Artista (2011) es la película francesa que se ha robado todas las miradas durante la 84ª edición de los Premios de la Academia, llevándose cinco Oscar hacia el viejo continente: mejor película, mejor director (Michel Hazanavicius), mejor banda sonora, vestuario y mejor actor (Jean Dujardin).
Paradójicamente la novedad de El Artista es que rememora los años del Hollywood antiguo, previo a que el cine parlante se tomara de lleno la industria mundial. Es 1929, y George Valentin (Jean Dujardin) es el astro más notable del cine mudo, sus películas repletan las salas y la audiencia se deshace en aplausos y halagos en cada una de sus apariciones. Accidentalmente conoce a Peppy Miller (Bérénice Bejo), una desconocida chica que se cuela en una entrevista que ofrece la estrella a la salida de una función, allí la muchacha aprovecha su oportunidad y lo besa, acaparando todas las portadas de los periódicos. Así Peppy, que es una mujer de clase media con grandes aspiraciones, parte al día siguiente hacia los estudios de cine para probar suerte, y aunque escalar en el Star System no es fácil, ella no se da por vencida y tras hacer varios papeles secundarios sin impoertancia, se cruza nuevamente con Valentin, su eterno ídolo, quien decide ayudarla a impulsar su carrera y a consolidarse. Pero el éxito de Peppy traerá también una nefasta noticia para Valentin; el cine sonoro es ya una realidad, los productores dicen que es el futuro, los estudios deciden hacer exclusivamente películas habladas, dejando fuera a Valentin que se niega al cambio, y alzando una nueva súper estrella: Peppy Miller. Terco, el ex ídolo hace una nueva película muda que resulta ser un una total derrota moral y económica. Desde entonces la pendiente hacia el fracaso se hará cada vez más empinada, pero aún en el fondo del abismo en que George Valentin ha caído, siempre habrá viejos amigos que lo pueden ayudar a salir adelante.
Hacer una película muda, en blanco y negro, en pleno 2011 resulta de una rareza total, pero lo que resulta aún más extraño es el fenómeno que ha causado en taquilla pues, contra todo pronóstico, El Artista logra mantener a los espectadores tan entretenidos como lo haría una película con todo el artificio del cine contemporáneo. Veremos por qué.
El film se sostiene bastante bien sobre un relato escrito con algunas de las regalías de una película muda, conviniendo que cuando uno se sienta en la butaca a ver algo de la naturaleza de esta cinta, asume cierta “inocencia” en el relato como propio del tipo de cine que intenta desarrollar y que tales cosas serían impensadas en una película de 2012. Junto con ello, hay varios artilugios de guión que coquetean con el cine americano contemporáneo, como la necesidad de plantar objetos, situaciones o capacidades desde el inicio de la cinta para que cobren sentido más tarde y sintamos ese “click” en donde toda la trama parece encajar; probablemente en 2012 somos más escépticos en torno al cine que en los años 20, donde no existía necesidad de escribir de esa manera. Si recorremos mentalmente la cinta, se puede identificar este recurso en la subasta de los bienes de George Valentin, dónde se presenta una mujer que más tarde identificaremos, o en la capacidad de Peppy de conducir autos e incluso, o si se quiere ser más quisquilloso, en el baile tap de la pareja, que aparece como un momento sin ninguna importancia al inicio, pero que más tarde será vital. No quiero decir que todo esto sea un error, pero si bien por un lado se agradece bastante agilizar el relato y adecuarlo a nuestra época, por otro se siente que este blanco y negro mudo podría no ser más que un disfraz.
“Billy Wilder, Billy Wilder and Billy Wilder!”, fue a quien le agradeció Hazanavicius al recibir el Oscar, y claro, se nota un poco la referencia a Sunset Boulevard, de Wilder. Este film trata sobre un guionista que ayuda a una decadente diva de cine mudo a volver a la pantalla en plena década del 40 ¿cómo lo hace? Revisando un pésimo guion mudo que la mujer cree, es una película maravillosa. Dejemos eso por el momento, más tarde tomará cierta importancia.
Hazanavicius cuenta con actores que cumplen bastante bien con lo que se les pide, Dujardin se muestra gracioso y gallardo como lo eran las grandes estrellas de entonces –probablemente inspirado en Rodolfo Valentino, la estrella del cine mudo- sin embargo es en términos de dirección que la cosa no alcanza a cuajar, pues no se termina de comprometer con alguna mirada, postura, ni fotografía, a ratos incluso se mete en estéticas que no tienen en absoluto que ver con su film. Se pasea tomando elementos prestados, cuando no robados, de Eisentein, Fritz Lang, Murnau, Gance entre otros grandes del cine mudo, haciendo la salvedad que cada uno de estos cineastas tomaba como bandera de lucha su forma de hacer cine y la llevaba hasta extremos impensados, sin mezclarse demasiado unos con otros –lo que era importante para Griffith, por ejemplo, no lo era para Stroheim- mientras que Hazanavicius hace un collage de la historia del cine, tan inocente y sin sentido que parece una tarea de escuela, casi para imaginarlo corriendo a casa después de clases diciendo: “¡Mamá, mira lo que aprendí de cine hoy!” Porque más que eso, guiños pueriles y zalameros, no hay.
Retomo ahora la película de Wilder, en dónde Gloria Swanson, encarnando una alicaída diva del cine mudo, dice más o menos esto “No necesitábamos palabras cuando teníamos actores que sabían utilizar el rostro” ¡Qué frase aquella! Y tal parece que es precisamente la parte de Wilder que Hazanavicius desechó, es inexistente el trabajo sobre los rostros que tan grande hizo a los cineastas mudos, no existe ese rostro desencajado de continuidad, aislado, perfectamente maquillado, hermosamente iluminado y fotografiado, con una expresión digna de congelar y enmarcar; Hazanavicius quita importancia a uno de los elementos que convirtió al cine en lo que es y de paso le quita la oportunidad a sus actores de desempeñarse como verdaderos actores mudos. Finalmente en torno a la dirección lo único que me parece notable, es la utilización de los breves momentos sonoros que entran a romper la realidad de la pantalla, dando un desenlace bastante satisfactorio.
¿Sabe usted cual es la diferencia entre un disfraz y lo que usted lleva puesto ahora? Esa es exactamente la diferencia entre una película muda y “El Artista”. Me parece triste, pues yo tenía mayores expectativas, pero me di cuenta que Hazanavicius es el más gringo de los franceses. ¿Y el rollo de la nostalgia? Es como ver a Alfredo Lamadrid, añoranza y nada más que añoranza vacía, reproducciones de mala calidad para ver si echamos a andar la máquina de los recuerdos. Aún con un buen guión, el director no estaba a la altura del reto cinematográfico. Con todo eso, vaya a verla, aunque sea por ese perrito tan simpático que sale. Por último no se va a aburrir.


