About Fernando Castillo

Nací a los 19.

El Año del Tigre.

Por Fernando Castillo

 El Año del tigre fue finalmente estrenada el pasado Jueves 31 de Mayo. El último film de Sebastián Lelio (autor de “La Sagrada Familia” y “Navidad”) nos trae una revisión al terremoto del 27-F de 2010, esta vez atravesada por la particular mirada de Lelio que, en esta cinta como en ninguna de las anteriores, se vuelve de una desolación sobrecogedora.

La historia trata sobre Manuel (Luis Dubó), un interno de una cárcel en el sur del país –todo parece indicar que se trata de Concepción y sus alrededores- quién escapa durante la catástrofe. Manuel intenta reincorporarse a la vida en la ciudad, sin embargo el panorama con el que se encuentra es desolador: la fuerza de la naturaleza ha derribado gran parte de la ciudad, los hombres y mujeres deambulan erráticos por las calles de un desierto de escombros, los niños lloran, ya nada es lo que recordaba. Sin casa, sin rumbo, sin familia y sin nombre, Manuel entierra su pasado y emprende el camino hacia una paradójica libertad por el infierno que le aguarda en el lugar donde alguna vez vertió sus esperanzas. Durante éste camino el prófugo se encontrará con la contradictoria naturaleza del hombre al que se le ha arrebatado de un zarpazo la civilización.

 

No hablamos de una historia sobre el fin del mundo o de catástrofe, sino que es un film íntimo, de personaje, exploratorio, contemplativo y reflexivo. El Año del Tigre es el fruto de un director que alcanza la madurez, reflexionando sobre las implicancias de hacer cine, de la forma y el fondo, del significado de la catástrofe y cómo ésta es capaz de transformar al hombre. En mi opinión se trata de una de las grandes películas –y directores- de Chile de los últimos años, cruda a ratos, pero tratada con tal sutileza que hace que no sea la poca sangre de la pantalla las que nos estremezca, sino la profundidad del drama de un hombre que se encuentra con la cara más salvaje de la humanidad.

Existen algunos elementos que se transforman en el origen de la potencia visual que posee El Año del tigre, por ejemplo la impecable actuación de Luis Dubó – secundado por un tremendo Sergio Hernández-, que nunca decepciona en el rol que se le asigna, un tremendo artista que sabe hacer lo que todo buen actor debe saber hacer: desnudar al personaje que necesita retratar en todo su espectro, sin idealizaciones, ni prejuicios a los que, malamente, nos acostumbran algunas piezas chilenas.

 

Por su parte el guión es de una limpieza inexpresable, escrito en notables imágenes más que en palabras, de una pureza que sólo logra alguien que no busca resaltar, sino contar una historia sólida de principio a fin, donde jamás notamos que existe un guión, se produce esa magia que solo tiene el cine al hacernos pensar que lo que estamos viendo sucede aquí y ahora y jamás se pensó antes siquiera; nada es forzado y todo es orgánico. Tal vez el elemento más notable sea la mano del director, que sabe narrar sin prisas ni dilataciones, dejar a sus personajes respirar, vivir las emociones, masticarlas y entregarlas; en el caso de Lelio, sus personajes siempre se guardan más de lo que dicen, y está en la mano del director lograr esas expresivas imágenes que nos  exteriorizan la desolación interna de los que pueblan sus cintas. Tal y como lo dijo el cineasta nacional Miguel Littín: (sobre El Año del Tigre) “Tiene imágenes de una fuerza formidable, Lelio es un gran talento del cine chileno contemporáneo”. El Año del Tigre logra incorporar imágenes que, aisladas, parecerían de un surrealismo exuberante, a una trama perfectamente lógica, lo que hizo que me llevara esa impresión de un sueño medio vivido o de una vida medio soñada, y eso es para mí lo que se logra a raíz de una concienzuda reflexión sobre el cine mismo.

 

Presentada en Chile durante 2011 en el Festival de Cine B, premiada en diferentes festivales internacionales de renombre como el Festival de Toronto, El Año del Tigre se mantiene en las salas comerciales nacionales, como prueba de que se hace cine de calidad en el suelo nacional. Imperdible.

Videamos: Shame (2011)

Shame (2011), es la polémica película del director británico Steve McQueen (responsable también de Hunger), que ha causado gran revuelo porque, a pesar de la recepción favorable de los críticos y medios especializados más reconocidos de cine a nivel mundial, y de haber estado nominada a los Globos de Oro, al BAFTA, al Independent Spirit Awards y ganar varias categorías en el Festival de Cine de Venecia, la cadena Cinemark se ha negado a incluirla en su cartelera debido a “su alto contenido erótico”. Aún así la película se encuentra desde el pasado Jueves 3 de Mayo en varias otras salas nacionales, como Hoyts, por ejemplo.

Cabe preguntarse entonces ¿quién supervisa tales cuestiones acerca del contenido sexual de estas cintas? ¿un eunuco? Porque Shame es precisamente lo contrario a una película erótica; lejos de magnificar el sexo, McQueen juega con su lado más oscuro, el que lo une con la pulsión mortuoria, habitada por personajes que toman despojos de cuerpos para saciar un hambre animal, y bajo esta mirada transforma al sexo en un objeto de consumo, en un mundo donde el porno, las relaciones desechables y el “sexo para llevar” son la tónica y problemática.

La trama nos cuenta la historia de Brandon (Michael Fassbender), un neoyorquino atractivo y exitoso, pero con serios problemas para relacionarse. A pesar de tener bastante éxito con las mujeres, no logra conectarse emocionalmente con nadie. Así entonces el sexo ocasional, las revistas porno o las webcam sexuales, son parte del festín que no logra satisfacerlo. Un día debe recibir en su casa, contra su voluntad, a su hermana, una cantante semi-fracasada y emocionalmente dependiente, la que, lejos de ser un salvavidas, viene a compartir la misma miseria. En éste escenario Brandon seguirá la curva descendiente guiado por su pulsión, como una polilla que busca la luz, buscando conexión en un mundo superconectado para poder capear su soledad, sin embargo el sexo se volverá una experiencia de dolor, que vacía las almas de la ciudad que nunca duerme.

Característica de McQueen es que no se va por la tangente, de una u otra forma, más o menos solapado, siempre encara los temas desde su perspectiva más dolorosa. Encarnado por un impecable Fassbender, Brandon será arquetipo del hombre moderno que habita las metrópolis más luminosas, contraste de la oscura e insignificante situación que ocupa en el mundo que se creó, en donde lo propiamente humano es menos importante.

Shame está lleno de aspectos interesantes, desde una factura técnica impecable (que francamente es lo de menos), pasando por una musicalización tremenda y que trabaja siempre desde el cotrapunto para realzar; una dirección de fotografía muy acorde, que alcanza su punto más álgido en la secuencia de sexo, donde el rostro de Fassbender se tiñe de dolor y deforma en un grito enmudecido, filmada con particular maestría, tomando retazos de cuerpos, arrancados por la animales hambrientos que no se contentan ya con carne alguna; Las actuaciones son que solo los ingleses y gringos logran, pues si bien no soy muy partidario del cine anglo, hay que reconocerles que desde hace décadas que se traen la mayoría de los grandes actores. Sumado a todo ello, una dirección que potencia todo el tiempo la lograda sensación que se pretende.

Del particular matrimonio que se conjuga para dar a luz una película, nace un elemento que tal vez se vuelve el más valioso del film y a la vez, la crítica más descarnada a la sociedad en que vivimos; sin lograr atribuir a una sola mano el efecto, la película logra un extrañamiento/distanciamiento (tipo Brecht) del ojo del espectador, que hace que veamos un mundo que es total y completamente real, verosímil y, por lo demás, cotidiano, y se transforme en una especie de increíble ciencia ficción en donde los humanos ya no se comunican y viven aislados en circuitos que ellos mismos han diseñado para que todo se mantenga en un estricto orden: la metrópolis contemporánea. Desde ahí nace sin duda el aspecto más controversial, alejado el sexo por el sexo, el film nos enrostra una verdad que duele profundamente: estamos solos.

Shame es la película del momento, la que no se puede perder por ningún motivo. Revolucionaria, cruda, visceral. Dudo que del país del norte nos manden una cinta a este nivel durante lo que queda de 2012. No se la pierda.

Videamos: Bonsái (2011)

Bonsái (2011) es el segundo largometraje del cineasta chileno Cristián Jiménez, quien se hiciera conocido en un inicio por la notoriedad alcanzada con su cortometraje “El Tesoro de los Caracoles”. Dispar suerte corrió con su ópera prima “Ilusiones Ópticas” (2009), que contó con una tibia acogida por parte del público y la crítica. Por su parte, Bonsái, de la cual hablaremos en éste artículo, ha corrido mejor suerte, ya que formó parte en 2011 de la selección oficial del festival de Cannes, Francia.

La trama está basada en la novela homónima de Alejandro Zambra, centrada Julio, un muchacho que busca abrirse oportunidad en el mundo de las letras. Luego de una breve entrevista con un connotado escritor, que busca a alguien que transcriba el manuscrito de su novela, se entera que un candidato, menos costoso que él, le ha ganado el puesto de trabajo. Entonces el joven decide escribir un manuscrito tal como el que le habían ofrecido, para hacer pensar a su vecina-amante, que ha conseguido el puesto. Así Julio se encuentra casi de casualidad con que ha comenzado su primera novela, probablemente posibilitado por escribir bajo el nombre de otro, desprendido de pretensiones, mucho más sincero. Mientras busca una trama recurrirá a sus recuerdos y se encontrará sin querer con la búsqueda del lugar ideal, el pasado.

Bonsái no es una película ni tibia, ni complaciente. Muy por el contrario, se arriesga, y eso siempre es de valorar. Desde el minuto uno sabemos ya como va a terminar, nos lo dicen textual: Julio vivirá y Emilia morirá. Gusta que un cineasta se plantee de esa manera -casi retando al espectador promedio, a ese que le molesta que le cuenten el final de las películas y no ha descubierto que en el intermedio es donde todo pasa-, se sustenta en una dramaturgia de lo más orgánica, que no se centra en los manejos de información administrados por el guionista, artificios que muchas veces se usan para mantener historias a flote y en los que no hay, la mayoría de las veces, gran mérito. Otro aspecto que parece interesante, es que en el arte no se vuelve la típica película santiaguina de bajo costo, sino que muestra un Chile remotamente explorado en el quehacer cinematográfico nacional, muy joven y muy provinciano, muy típico chileno y sin embargo muy ausente en nuestros filmes, tiene ese “qué se yo” que usted puede identificar si ha vivido en el sur alguna vez o pasado un invierno ahí.

Por donde si se cae Bonsái, parte importante, en los diálogos y por lo mismo en las actuaciones. En boca de los personajes se puede encontrar casi todos los errores de diálogos, que resultan forzados, expositivos, pretenciosos y opulentos; es eso lo que te hace estar casi toda la película a medio enganchar. Otro elemento que no encaja del todo bien, es la aproximación temática a “En busca del tiempo perdido I: Por el Camino de Swann” de Marcel Proust, que si bien podrían ambas obras guardar relación –en abordar el tema del tiempo y la memoria-, Bonsái se queda bastante corta, pues no es bajo ningún término una película con una problemática en torno al tiempo y su reconstrucción, aun cuando a ratos el mismo film pretenda hacernos pensar que sí; sino que se plantea desde los afectos y las relaciones interpersonales, lo demás es todo muy, muy secundario y de cierta manera, casi, sobra.

Bonsái no pasará a la historia ni como un film particularmente grande, ni exitoso, sino más bien como una propuesta sencilla, interesante, atrevida, innovadora -hablando sobre lo que al cine chileno respecta- y autoral. De cualquier manera, no haría mal en darle una mirada.

 

Joven y Alocada

Hace ya algunas semanas que se ha estrenado Joven y Alocada (2012), la ópera prima de Marialy Rivas, quien se hizo conocida dentro del circuito de festivales nacionales e internacionales con su corto “Blokes”, inspirado en un texto del afamado Pedro Lemebel. Ciertamente Joven y Alocada ha causado gran revuelo, sobretodo luego de recibir el premio a Mejor Guión en el festival de Sundance y una menos comentada selección en el Festival de Berlín (específicamente en la sección Berlinale Generation).

¿De qué se trata? Pues la cinta se basa en un Blog –real, de la periodista Camila Gutierrez- en donde la joven protagonista, Daniela (Alicia Rodríguez), una adolescente de unos dieciséis años, publica su prohibida vida sexual por la Internet, a la sombra de su evangélica, conservadora y cuicota familia. La muchacha, tras ser expulsada de su colegio por haber fornicado con un alumno menor –un colegio conservador también-, es enviada en castigo a trabajar en un canal cristiano. Es en este lugar en donde Daniela dará, a veces intencionadamente y otras no tanto, rienda suelta a su choriflai en llamas, metiéndose en un enredo amoroso con uno de sus compañeros de trabajo y lo que viene a complejizar aún más la situación: el surgimiento de su primer amor homosexual.

 

Siempre resulta un poco triste –y vaya que el cine nacional nos ha acostumbrado a ello- cuando una película intenta ser algo que no es, cuando se disfraza de profunda y reflexiva siendo, en realidad, pura banalidad. Joven y Alocada es precisamente el caso opuesto: un film fresco, sin pretensiones de ser una obra maestra y que termina siendo, casi intencionalmente, una película memorable y que no solo marca toda una época en el cine chileno –pues toma en serio la temática de la identidad sexual, contrastando casi por naturaleza con otros ejercicios poco afortunados como “Lokas” de Justiniano- sino que se transforma en una película capaz de identificar, muy probablemente, a toda una generación.

Y es que lo magnifico, a mi parecer, de la ópera prima de Marialy Rivas, es la sencillez de la escritura, esto sin desmedro de la eficacia del relato. El dramaturgo chileno Juan Radrigán dijo alguna vez que la única clave para escribir bien era ser honesto, y es precisamente ese el ingrediente que hace que Joven y Alocada resulte un film tremendamente frontal y profundamente auténtico, aun cuando muchas de las actuaciones –la mayoría- no den en la talla.

 

La mala noticia –y que no es nueva- es que no hay mucho qué decir a favor ni de la fotografía, ni del sonido –sobre todo en este último. En el aspecto visual la película se plantea desde el inicio una propuesta desprolija, sin embargo se quedaría quedar uno con la sensación de que pasa el delicado límite entre el efecto y el defecto, cito por ejemplo la escena donde madre e hija vuelven a casa después del primer día de trabajo en el canal de Daniela, dentro del vehículo el manejo de la cámara, para mi gusto es excesivamente temblorosa, tanto así que distrae y juega en un límite bastante peligroso. En el plano sonoro el problema se pone más serio, pues es difícil entender muchas veces lo que se dice, y otras pareciera estar desincronizado con la imagen, incluso no quedando claro en algunos pasajes si nos están pasando una voz en off o es efectivamente un audio diegético. A pesar de todo, estos problemas técnicos, que a ratos son bastante severos, no logran empañar el desarrollo del film, pero insisto que es una lástima que sean de esta naturaleza los problemas de una producción que podría alcanzar estándares bastante más altos, pues su guión y a ratos la dirección están a la altura. En fin, es esa la realidad en Chile, muchas veces los recursos no acompañan a los talentos, y no es de extrañarse, si cuando sucede que la industria cinematográfica va en alza, es precisamente cuando menor apoyo financiero reciben estas realizaciones y, ciertamente, se terminan en una suerte de cine casi de trinchera.

Pese a estos defectos técnicos, que resultan difíciles de obviar, Joven y Alocada tiene de fresco y de trasgresor por partes iguales, todo puesto en una propuesta “livianita”, diferente y sin embargo, más que familiar. Vale la pena verla, sin duda.

 

El Padrino I

El célebre film de Francis Ford Coppola “El Padrino” (1972) se ha reestrenado luego de 40 años de su primera aparición. Para entonces la cinta significó una ruptura, una forma nueva de hacer cine en los Estados Unidos; se trataba de una generación de recambio que venía a evidenciar que el Hollywood clásico estaba en decadencia. Hoy su mensaje no es muy diferente, tal parece que la gran industria escasamente puede producir algo nuevo y sorprendente, de manera que el fenómeno reestreno, remake y las miradas nostálgicas sucedáneas, como “El Artista”, es por lo que están apostando para mantenerse a flote, al menos hasta que aparezca un gran cineasta que los salve.

Bien podría escribirse en esta reseña un listado enumerando las abundantes curiosidades del rodaje de “El Padrino”, o de su casting, o el manoseado tópico de las naranjas, sin embargo vamos a abordar este film desde sus aspectos técnicos y artísticos, intentando, en la que la extensión del presente artículo lo permita, comprender qué es lo que hizo de “El Padrino” un film llamado a renovar los aires del Hollywood  de los 70.

 

En primer término la ruptura se evidencia en la forma en que Coppola y Mario Puzo articulan el relato y los grandes temas a tratar. Se trata de una estructura narrativa particular, que difiere con la usanza del cine americano por ese entonces, e incluso con los actuales. Aclaremos. En el clásico film de Hollywood existe una regla de oro usada hasta el día de hoy: los personajes necesitan tener un objetivo, preferentemente consciente, algo por lo que luchen deliberadamente de inicio a fin. Esta estructura utilizada en la inmensa mayoría de las películas producidas en Hollywood, está además atravesada por lo algo que le es inherente a los Estados Unidos: El Sueño Americano. Estados Unidos y el Sueño Americano es principalmente dos premisas: “América es la tierra de las oportunidades” y “América es un crisol de la diversidad”. Es precisamente estos dos tópicos los que han impregnado el grueso del quehacer cinematográfico del país del norte; una película tras otra sobre el hombre que se reinventa en contra de la adversidad, se arma a sí mismo desde sus propias cenizas, una y otra vez lo mismo, el mismo tema, en mayor o menor medida, está presente en películas tan memorables como diversas, por ejemplo en “El Halcón Maltés”, en “Lost Weekend”, en “El Nacimiento de una Nación”, en “En Busca de la Felicidad”, en “The Killing”, en “El Artista”, en “Sunset Boulevard”, en “Trainspotting”, en “Slumdog Millionaire” (las dos últimas que son bien gringas, aún cuando no se desarrollen en EEUU) y un muy, muy largo etc.

La novedad temática de “El Padrino” salta a la vista entonces. Las redes de corrupción, el poder fáctico ejercido por los Corleone y las demás familias, son perfecta antítesis del Sueño Americano, se trata de sociedades cerradas que se rigen bajo sus propias reglas, pero que caminan por las mismas veredas que “el hombre libre”, a vista y paciencia de aquellos quienes debieran reguardar que América siga siendo la tierra de las oportunidades, o tanto peor, son ellos mismos, los políticos y autoridades, quienes, pudriéndose en su corrupción, consienten que “Las Familias” y en particular los Corleone, actúen de la forma en que lo hacen; el sistema no funciona.

 

La novedad estructural, es quizás un poco más difícil de encontrar, se trata de cómo es que se construye la historia. Podríamos identificar dos partes: la primera hora de relato que está consagrada principalmente a Don Vito Corleone y su manejo de La Familia, y la segunda parte, tras el atentado a Vito, se vuelve hacia Michael Corleone y su proceso de metamorfosis para convertirse en Don, pasando de ser un joven correcto y pacífico, a un hombre sin escrúpulos. Es casi una película con dos protagonistas, aunque sin duda es Michael quien toma mayor importancia. Lo particular es que la concepción de objetivo de los personajes se vuelve secundario, se reparte en secuencias con sus propios pequeños objetivos: matar a tal o a cual, lograr la paz entre las familias, vengar la muerte de aquel, el objetivo va de un lado a otro, y a partir de esta suerte de “hechos diversos” se nos muestra la paulatina conversión de Michael, he ahí lo importante para este film. No es que Coppola haya inventado una nueva narrativa, se dice que esto es heredado desde la literatura, en particular de John Dos Passos y su trilogía U.S.A. La estructura de relato de “hecho diverso” entonces invade el cine gringo y encontramos, o bien a muchos personajes que conforman un argumento con sus historias particulares y por separado (como en “Magnolia” de Paul Thomas Anderson o “Nashville” de Robert Altman), o a protagonistas que actúan motivados por varios pequeños objetivos y donde lo que más va a importar será su proceso interno (como “Manhattan” de Woody Allen o “Taxi Driver” de Martin Scorsese). Así se va a conformar entonces, desde “El Padrino” y algunas otras películas de la época, el cine Americano contemporáneo.

Lo que no renueva Coppola es el método de actuación. Bien sabido es que los actores del Actors Studio están constantemente interiorizando el momento, se mueven todo el tiempo, interna o externamente, es de lo que Hitchcock tanto se quejaba, para él nunca lograban neutralidad. Sin embargo a “El Padrino” le funciona bastante bien esta técnica, dónde el momento actoral más notable bajo mi punto de vista es el que nos entrega Al Pacino interpretando a Michael Corleone, en la escena donde cometerá su primer asesinato por partida doble en un pequeño restaurante de NY. En su gesto percibimos, mientras Solozzo habla sin parar, que en ese momento álgido él no puede escuchar otra cosa que no sean sus propios pensamientos, suena un chirrido de frenos afuera, en la calle, está al borde de desquiciarse, y finalmente dispara, ha roto aquella barrera de moralidad que lo separaba del resto de su familia. Interpretación magistral.

En el aspecto visual, Gordon Willis, el director de fotografía de la película, que fue duramente criticado por la subexposición, muchos decían “Aquí no se ve nada”, sobretodo en interiores, que predomina la extrema penumbra, como en el despacho de los Corleone, donde la cara de un impecable Marlon Brando aparece entre las sombras: es un hombre de negocios turbios pero carácter contenido, la atmósfera, con sus colores cálidos pero sombríos, se vuelve tan seductora como el mismo personaje.

 

El Padrino es de esas películas que HAY que ver, tanto mejor si ahora existe la posibilidad de ver una copia en la pantalla grande, aun cuando su remasterizado no mejora demasiado. Una de las películas claves para entender las grandes obras cinematográficas salidas de la gran industria, su evolución y reinvención. Hollywood no hace solo basura después de todo.

 

 

Videamos: The Artist (2011)

El Artista (2011) es la película francesa que se ha robado todas las miradas durante la 84ª edición de los Premios de la Academia, llevándose cinco Oscar hacia el viejo continente: mejor película, mejor director (Michel Hazanavicius), mejor banda sonora, vestuario y mejor actor (Jean Dujardin).

Paradójicamente la novedad de El Artista es que rememora los años del Hollywood antiguo, previo a que el cine parlante se tomara de lleno la industria mundial. Es 1929, y George Valentin (Jean Dujardin) es el astro más notable del cine mudo, sus películas repletan las salas y la audiencia se deshace en aplausos y halagos en cada una de sus apariciones. Accidentalmente conoce a Peppy Miller (Bérénice Bejo), una desconocida chica que se cuela en una entrevista que ofrece la estrella a la salida de una función, allí la muchacha aprovecha su oportunidad y lo besa, acaparando todas las portadas de los periódicos. Así Peppy, que es una mujer de clase media con grandes aspiraciones, parte al día siguiente hacia los estudios de cine para probar suerte, y aunque escalar en el Star System no es fácil, ella no se da por vencida y tras hacer varios papeles secundarios sin impoertancia, se cruza nuevamente con Valentin, su eterno ídolo, quien decide ayudarla a impulsar su carrera y a consolidarse. Pero el éxito de Peppy traerá también una nefasta noticia para Valentin; el cine sonoro es ya una realidad, los productores dicen que es el futuro, los estudios deciden hacer exclusivamente películas habladas, dejando fuera a Valentin que se niega al cambio, y alzando una nueva súper estrella: Peppy Miller. Terco, el ex ídolo hace una nueva película muda que resulta ser un una total derrota moral y económica. Desde entonces la pendiente hacia el fracaso se hará cada vez más empinada, pero aún en el fondo del abismo en que George Valentin ha caído, siempre habrá viejos amigos que lo pueden ayudar a salir adelante.

Hacer una película muda, en blanco y negro, en pleno 2011 resulta de una rareza total, pero lo que resulta aún más extraño es el fenómeno que ha causado en taquilla pues, contra todo pronóstico, El Artista logra mantener a los espectadores tan entretenidos como lo haría una película con todo el artificio del cine contemporáneo. Veremos por qué.

El film se sostiene bastante bien sobre un relato escrito con algunas de las regalías de una película muda, conviniendo que cuando uno se sienta en la butaca a ver algo de la naturaleza de esta cinta, asume cierta “inocencia” en el relato como propio del tipo de cine que intenta desarrollar y que tales cosas serían impensadas en una película de 2012. Junto con ello, hay varios artilugios de guión que coquetean con el cine americano contemporáneo, como la necesidad de plantar objetos, situaciones o capacidades desde el inicio de la cinta para que cobren sentido más tarde y sintamos ese “click” en donde toda la trama parece encajar; probablemente en 2012 somos más escépticos en torno al cine que en los años 20, donde no existía necesidad de escribir de esa manera. Si recorremos mentalmente la cinta, se puede identificar este recurso en la subasta de los bienes de George Valentin, dónde se presenta una mujer que más tarde identificaremos, o en la capacidad de Peppy de conducir autos e incluso, o si se quiere ser más quisquilloso, en el baile tap de la pareja, que aparece como un momento sin ninguna importancia al inicio, pero que más tarde será vital. No quiero decir que todo esto sea un error, pero si bien por un lado se agradece bastante agilizar el relato y adecuarlo a nuestra época, por otro se siente que este blanco y negro mudo podría no ser más que un disfraz.

  “Billy Wilder, Billy Wilder and Billy Wilder!”, fue a quien le agradeció Hazanavicius al recibir el Oscar, y claro, se nota un poco la referencia a Sunset Boulevard, de Wilder. Este film trata sobre un guionista que ayuda a una decadente diva de cine mudo a volver a la pantalla en plena década del 40 ¿cómo lo hace? Revisando un pésimo guion mudo que la mujer cree, es una película maravillosa. Dejemos eso por el momento, más tarde tomará cierta importancia.

Hazanavicius cuenta con actores que cumplen bastante bien con lo que se les pide, Dujardin se muestra gracioso y gallardo como lo eran las grandes estrellas de entonces –probablemente inspirado en Rodolfo Valentino, la estrella del cine mudo- sin embargo es en términos de dirección que la cosa no alcanza a cuajar, pues no se termina de comprometer con alguna mirada, postura, ni fotografía, a ratos incluso se mete en estéticas que no tienen en absoluto que ver con su film. Se pasea tomando elementos prestados, cuando no robados, de Eisentein, Fritz Lang, Murnau, Gance entre otros grandes del cine mudo, haciendo la salvedad que cada uno de estos cineastas tomaba como bandera de lucha su forma de hacer cine y la llevaba hasta extremos impensados, sin mezclarse demasiado unos con otros –lo que era importante para Griffith, por ejemplo, no lo era para Stroheim- mientras que Hazanavicius hace un collage de la historia del cine, tan inocente y sin sentido que parece una tarea de escuela, casi para imaginarlo corriendo a casa después de clases diciendo: “¡Mamá, mira lo que aprendí de cine hoy!” Porque más que eso, guiños pueriles y zalameros, no hay.

Retomo ahora la película de Wilder, en dónde Gloria Swanson, encarnando una alicaída diva del cine mudo, dice más o menos esto “No necesitábamos palabras cuando teníamos actores que sabían utilizar el rostro” ¡Qué frase aquella! Y tal parece que es precisamente la parte de Wilder que Hazanavicius desechó, es inexistente el trabajo sobre los rostros que tan grande hizo a los cineastas mudos, no existe ese rostro desencajado de continuidad, aislado, perfectamente maquillado, hermosamente iluminado y fotografiado, con una expresión digna de congelar y enmarcar; Hazanavicius quita importancia a uno  de los elementos que convirtió al cine en lo que es y de paso le quita la oportunidad a sus actores de desempeñarse como verdaderos actores mudos. Finalmente en torno a la dirección lo único que me parece  notable, es la utilización de los breves momentos sonoros que entran a romper la realidad de la pantalla, dando un desenlace bastante satisfactorio.

¿Sabe usted cual es la diferencia entre un disfraz y lo que usted lleva puesto ahora? Esa es exactamente la diferencia entre una película muda y “El Artista”. Me parece triste, pues yo tenía mayores expectativas, pero me di cuenta que Hazanavicius es el más gringo de los franceses. ¿Y el rollo de la nostalgia? Es como ver a Alfredo Lamadrid, añoranza y nada más que añoranza vacía, reproducciones de mala calidad para ver si echamos a andar la máquina de los recuerdos. Aún con un buen guión, el director no estaba a la altura del reto cinematográfico. Con todo eso, vaya a verla, aunque sea por ese perrito tan simpático que sale. Por último no se va a  aburrir.


La Piel Que Habito (2011)

 

Si bien el estreno en España de “La Piel Que Habito”, el último film de Pedro Almodóvar, estaba presupuestado para marzo del año pasado, la cinta no hizo su estreno oficial hasta septiembre del mismo, principalmente por motivos comerciales ligados a la no aprobación de la Ley SINDE, que regula los derechos de propiedad intelectual en la península ibérica. Así, y como ya es de costumbre, en nuestro país la cinta se retrasa casi un año de la primera fecha estipulada y comienza su exhibición en salas comerciales el pasado 2 de febrero.

La esposa del prestigioso médico cirujano, Robert Ledgard (Antonio Banderas), sufrió hace un tiempo un accidente automovilístico que dejaría su piel marcada para siempre con quemaduras que le deformarían hasta lo irreconocible. Desde entonces, Robert ha estado obsesionado con la idea de crear piel de manera artificial para así poder devolver a su esposa su verdadera identidad. La tarea no es fácil, se trata de una piel prácticamente indestructible, y ello conlleva una larga investigación que incluye, eventualmente, la experimentación con humanos.

 

Armado de un guión lleno de giros, Almodóvar nos conduce por la obsesión narcisista de Ledgard, sin embargo “La piel que habito” viene a confirmar que una trama llena de giros inesperados no es necesariamente lo que constituye un guión de acero. El autor alimenta su trama central con una línea de relato convergente construida a través de flash- backs, todo calculado para entregar a la mitad de la película una “apertura de ojos” al espectador, un vuelco de la historia en 180º. Esta estrategia narrativa entrega nuevos bríos a la cinta, y desde entonces no se detendrá más.

El problema del guión, es precisamente ese, aparece la verdadera historia en la mitad, y al volver mentalmente sobre la película nos damos cuenta que todo lo que ha sucedido hasta ahora no vale mucho: secretos y mentiras irrelevantes, una violación sin sentido, un asesinato que a nadie le importa y que no cambiará nada en la historia; así tenemos los primeros 40 minutos que son relleno adornado con sexo gratuito, algo de acción y poca dramaturgia.

 

En lo fílmico propiamente tal se vuelve muchísimo más interesante. Almodóvar, prueba su maestría en la reinvención de géneros, valiéndose de elementos del Cine Noir, del Terror, el Suspense y la Ciencia Ficción, todo ello recortado, pegado y reinterpretado, y eso siempre se agradece, pues se trata de una marca transversal en el film, la marca Almodóvar.

¿En dónde la encontramos, por ejemplo? Pues en todas partes, en el tratamiento visual, que es un replanteamiento de la Ciencia Ficción a través de los ojos del madrileño, así como en la construcción de los personajes, donde el más notable de todos, a mi parecer, es Marilia (Marisa Paredes), la sirvienta y cómplice de Robert, personaje característico del género de terror, esta vez configurado en el universo de Almodóvar, con sus silencios, contradicciones y entrega sumisa, homólogo a Magenta de Rocky Horror Picture Show (1975) o a Renfield de Drácula (1931).

 

Remarcable también es el trabajo fotográfico, que logra planos salidos evidentemente de quién toma consciencia del cine y, lejos de registrar, construye esa suerte de discurso no verbal que nos plantea el séptimo arte. Quisiera en ello hacer una detención y ante todo lo dicho quedarme con una imagen que, para quien toma consciencia de la imagen cinematográfica, resultará magnífica: se trata de Robert frente al objeto de su obsesión, él en plano medio, de espalda, admira el rostro magnificado de Vera (Elena Anaya). Ella parece mirarlo, sin embargo no es sino un encuentro virtual de las miradas. El rostro de Vera es la única huella de sus sentimientos y pensamientos, muertos en la boca cerrada, y en el gesto absorto. Ella le absorbe, ejerce un influjo en él que le desborda por todas partes, sin embargo es él quien dispone totalmente de ella, circulo vicioso. Obsesivo ¿no?

A veces cuando nos encontramos con algo nuevo, se hace difícil de digerir. Es quizá el caso de “La Piel Que Habito”, que mientras se vuelve laberíntica, casi al extremo de confusa argumentalmente hablando, toma potencia en su construcción cinematográfica. Puede gustar o no, pero no es algo que se usted se debería perder.

Cine Chileno: Bombal (2012)

El pasado 5 de enero hizo su estreno comercial el esperado film de Marcelo Ferrari “Bombal”, la película que recoge algunos de los momentos más críticos del oscuro romance que viviera la escritora chilena con Eulogio Sánchez, aproximadamente entre los años 1934, fecha en que publica su célebre “La Última Niebla” y 1941, cuando la autora hacía noticia por disparar a quemarropa contra su amado, despechada por no sentirse correspondida.

El relato se presenta como una tragedia, el final es anticipado e inevitable: la Bombal (Blanca Lewin) va a disparar a Eulogio Sánchez (Marcelo Alonso) al verlo caminar a las afueras del hotel Crillón de la mano con su nueva amada. Así partimos y nos damos toda una vuelta para intentar dilucidar cómo se dieron las cosas. Es sin duda un trabajo interesante el que amerita una tragedia, pues se despoja del paradigma de “el final hace la película” –entre otras cosas- y se construye desde un cierto orden causal que vendría siendo lo que sostiene el relato del film; sin embargo en la misma medida que es interesante, representa todo un desafío para la creación cinematográfica. No sé si Bombal se mantuvo a la altura de tal desafío. El argumento del film parece estar lleno de lagunas que son rellenadas con escenas que se sostienen en la reiteración de información en lugar de solventarse sobre el conflicto dramático. Tampoco se sostiene sobre un personaje entrañable y profundo que supondría María Luisa Bombal, sino que a ratos los personajes se vuelven clónicos, carentes de motivaciones profundas y a raíz de lo mismo causan una muy pobre empatía sobre el espectador, parecen un montón de adolescentes demasiado viejos. Con todo ello la película es aún soportable, hasta que aparecen tristes momentos en los que el escritor tras la pantalla intenta hacerse célebre con frases de lo más desencajadas, inverosímiles, gritos descarnados del tipo “¡la vida es tragedia!”, entre otras líneas de lo más siúticas; ningún personaje escrito guarda mayor profundidad, todo es puesto en la pantalla como una carnicería emocional, no hay pudor, y así se nos entrega un poco menos de dos horas de un agotante “¡Dios mío, cuanto sufro!”.

Aún con todo lo anterior, las actuaciones –al menos la  mayoría- funcionan bastante bien dentro de los estrechos márgenes que les propone el guión, en donde la tríada principal – Lewin, Goic y Alonso- es la que más brilla, en contraste con algún papel de reparto que resulta medio forzado.


La fotografía del film guarda algunos aspectos muy interesantes en términos lumínicos que ayudan bastante al film, emulando la época dorada de Hollywood, siendo lo más encomiable el trabajo sobre los rostros en algunos pasajes, que suman intensidad y expresividad, por lo que probablemente se vuelven los momentos visualmente más bellos de la cinta.

Donde Bombal si se mueve con soltura es a través de la construcción de espacios, sobre todo en la secuencia del disparo, en donde la colaboración entre director, director de fotografía y montajista hace ganar intensidad al crítico momento, se distiende el tiempo y entrega un clímax harto más sazonado que el desarrollo del film. La dirección de arte, vestuario y decorados funciona bastante bien, pero –y esta es quizás una percepción más subjetiva- exceptuando algunos cuadros excesivamente plásticos, pretenciosos –como el baño de la Bombal en el río lleno de flores de colores- que ensucian lo que podría haber sido una mirada interesante al Chile de la primera mitad del siglo pasado.

Sin pena ni gloria pasará entonces Bombal, esperada, comentada, pero a fin de cuentas, una película irregular, con algunos altos bien rescatables y bajos que ensucian de frentón el film entero.

Gatos Viejos

El pasado 15 de diciembre se estrenó la última cinta de Sebastián Silva (director de “La Vida Me Mata” y “La Nana”), en co-dirección con Pedro Peirano (creador de “31 minutos” y guionista de “La Nana”), tras un bastante provechoso circuito de festivales, eventos que en muchas ocasiones, lamentablemente, se vuelven la única ventana para que se reconozca el trabajo de destacados artistas nacionales. A decir verdad Silva, tras su nominación al Globo de Oro y el enorme éxito de “La Nana”, viene un poco de vuelta. Gatos Viejos reafirma la idea de que un buen director, así como un buen guionista, se prueba cuando hace una gran obra con austeridad y economía del lenguaje.

Isadora (Bélgica Castro) comienza a debatirse entre la realidad y las sombras del Alzheimer. Vive en su departamento frente al Santa Lucía junto a su pareja, Enrique (Alejandro Sieveking).  Una mañana con sabor a domingo, tal como todas las mañanas en la vida de Isadora, recibe el llamado de su hija, Rosario (Claudia Celedón) que volverá de un viaje a Perú y los visitará pues les tiene una sorpresa, noticia ante la que la pareja parece estremecerse, y no es para menos: Rosario es una cocainómana, irreverente, rebelde, a fin de cuentas, una adolescente demasiado vieja, que visita a su madre más que nada para obtener algo de provecho de ella. Ésta vez se trata de la firma para convertirse en propietaria del departamento que habitan los ancianos. Enrique intenta por todos los medios mantener la atención de Rosario lejos de las múltiples lagunas mentales y lapsus de su madre. La situación se complejiza aún más para los ancianos cuando la pareja lésbica de Rosario, Beatriz (Catalina Saavedra), llega para cooperar con la persuasión que la “Charo” intenta llevar a cabo.

El 90% de la película transcurre al interior del departamento de Isadora –economía del lenguaje- y no por ello se pierde la fascinación visual, por el contrario, allí nace el primer concepto interesante, la visualidad, las paredes pintadas oscuras que tan de moda estuvo décadas atrás, los múltiples adornos de loza sobre las mesitas de centro que hasta parecen oler a viejo, y el aspecto más significativo, el manejo de la luz.


En gran parte de los planos en que la ventana juega como elemento, parece que el exterior está mucho mejor iluminado que el interior, aun cuando es en este último lugar en donde transcurre la acción, se vuelve un lugar oscuro –aquí lo interesante- lleno de sombras en las que a veces se distinguen poco los objetos que formaron parte de la vida de Isadora, sumado al verdor acuoso de los muros, hay algo cenagoso allí: el pantano donde la vida ya no prolifera, sino que decae, donde está a punto de desaparecer, la inevitable curva en descenso de la vida, la vejez. Aquí cabe además hacer mención de las impecables actuaciones, de cuatro actores de un peso envidiable, que en conjunto con el trabajo de guión, logran personajes únicos, irrepetibles, entrañables, tanto así que será difícil olvidarse de “Hugo”, uno de los grandes personajes de la cinematografía nacional –acuérdese cuando de esto descubra a Hugo en el film.

Gatos Viejos es la belleza de la simpleza de la forma, súmele a eso un gran elenco, un concepto potente que atraviesa desde los diálogos hasta la visualidad del film, el resultado, una gran película. Muy recomendable.

Los Bunkers, un documental by SONAR

Durante la versión más reciente del festival de documentales musicales In Edit, sonaron bastante fuerte algunos nombres, entre ellos mucho documental nacional. Es el caso de “Los Bunkers: un documental by sonar”, cinta que resultó ganadora de la competencia nacional, dirigida por Pascal Krumm, que cuenta con una basta trayectoria en videos musicales, coproducida por Sonar FM y canal 13. La novedad es que, como probablemente es bien sabido, el documental puede también ser descargado de forma gratuita desde el sitio web http://www.sonarfm.cl/.

En honor a la verdad, debo decir que, personalmente, tenía bastantes prejuicios con este documental, prejuicios en parte fundados. El argumento sobre el que se construye el documental comienza con la banda en una presentación en México, de allí no hay mucho para hilar más fino, la banda ha migrado hace ya algunos años en búsqueda de un mercado más amplio en el que desarrollarse. Lo entretenido –y origen de una parte del prejuicio- es que, como buenos latinos, Los Bunkers son rockstars a medias, y lo digo en el mejor sentido de la expresión, pues tras la pinta a lo Strokes se deja entrever jóvenes tímidos, inseguros y aterrizados, rasgos completan una imagen humana, realista, a ratos incluso enternecedora, que aleja al documental del zalamero docu de rock band; creo que eso es, lejos, lo más interesante de éste trabajo de Pascal Krumm. Mezcla de documental de observación e interactivo –pues somos conscientes, al igual que los personajes, de la presencia del equipo realizador- “Los Bunkers” se basa buena parte sobre la personalidad de los miembros de la banda, dispares, contrastantes y en constante conflicto, principalmente a raíz de las distintas maneras de enfrentar la labor creativa que, finalmente, es lo que une al quinteto penquista.

Si bien existen algunos pequeños desajustes técnicos en la realización, no se trata de nada terrible que empañe el registro, aunque si hay pequeñas suspicacias en el guión, sobre todo por algunos hechos que constituyen potentes giros dramáticos que terminan por encapsularse hacia el final, aparecen apartados, algo aislados, que llegan de bofetón, lo que no es ningún crimen, pero sumado a la falta de motivaciones durante buena parte de la primera mitad –nos encontramos hacia el final con que la banda prepara sus primeras presentaciones en Estados Unidos- hace pensar que aquello podría haberse construido de una manera más sólida. El resto es lo clásico, la grabación de los temas, insertos musicales entre el film, lo que probablemente la fanaticada no hubiera perdonado si no estuvieran, pero que, bajo una mirada estrictamente cinematográfica, se podría haber prescindido de más de uno. Aún con todo ello, el documental posee varios maravillosos momentos de visualidad altamente expresiva que se agradecen profundamente.

En resumen, se trata de una pieza amigable, muy digerible, probablemente con mayor vida útil como documento que como documental, me refiero a que es de gran valor e interés para quieres siguen a la banda, o bien como registro para el futuro, pero no profundiza mayormente en ninguna arista que podamos reconocer como universal, y por ende, que gane valor cinematográfico. Simpático, entretenido, chispeante. Verlo no está de más.