La Piel Que Habito (2011)

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Si bien el estreno en España de “La Piel Que Habito”, el último film de Pedro Almodóvar, estaba presupuestado para marzo del año pasado, la cinta no hizo su estreno oficial hasta septiembre del mismo, principalmente por motivos comerciales ligados a la no aprobación de la Ley SINDE, que regula los derechos de propiedad intelectual en la península ibérica. Así, y como ya es de costumbre, en nuestro país la cinta se retrasa casi un año de la primera fecha estipulada y comienza su exhibición en salas comerciales el pasado 2 de febrero.

La esposa del prestigioso médico cirujano, Robert Ledgard (Antonio Banderas), sufrió hace un tiempo un accidente automovilístico que dejaría su piel marcada para siempre con quemaduras que le deformarían hasta lo irreconocible. Desde entonces, Robert ha estado obsesionado con la idea de crear piel de manera artificial para así poder devolver a su esposa su verdadera identidad. La tarea no es fácil, se trata de una piel prácticamente indestructible, y ello conlleva una larga investigación que incluye, eventualmente, la experimentación con humanos.

 

Armado de un guión lleno de giros, Almodóvar nos conduce por la obsesión narcisista de Ledgard, sin embargo “La piel que habito” viene a confirmar que una trama llena de giros inesperados no es necesariamente lo que constituye un guión de acero. El autor alimenta su trama central con una línea de relato convergente construida a través de flash- backs, todo calculado para entregar a la mitad de la película una “apertura de ojos” al espectador, un vuelco de la historia en 180º. Esta estrategia narrativa entrega nuevos bríos a la cinta, y desde entonces no se detendrá más.

El problema del guión, es precisamente ese, aparece la verdadera historia en la mitad, y al volver mentalmente sobre la película nos damos cuenta que todo lo que ha sucedido hasta ahora no vale mucho: secretos y mentiras irrelevantes, una violación sin sentido, un asesinato que a nadie le importa y que no cambiará nada en la historia; así tenemos los primeros 40 minutos que son relleno adornado con sexo gratuito, algo de acción y poca dramaturgia.

 

En lo fílmico propiamente tal se vuelve muchísimo más interesante. Almodóvar, prueba su maestría en la reinvención de géneros, valiéndose de elementos del Cine Noir, del Terror, el Suspense y la Ciencia Ficción, todo ello recortado, pegado y reinterpretado, y eso siempre se agradece, pues se trata de una marca transversal en el film, la marca Almodóvar.

¿En dónde la encontramos, por ejemplo? Pues en todas partes, en el tratamiento visual, que es un replanteamiento de la Ciencia Ficción a través de los ojos del madrileño, así como en la construcción de los personajes, donde el más notable de todos, a mi parecer, es Marilia (Marisa Paredes), la sirvienta y cómplice de Robert, personaje característico del género de terror, esta vez configurado en el universo de Almodóvar, con sus silencios, contradicciones y entrega sumisa, homólogo a Magenta de Rocky Horror Picture Show (1975) o a Renfield de Drácula (1931).

 

Remarcable también es el trabajo fotográfico, que logra planos salidos evidentemente de quién toma consciencia del cine y, lejos de registrar, construye esa suerte de discurso no verbal que nos plantea el séptimo arte. Quisiera en ello hacer una detención y ante todo lo dicho quedarme con una imagen que, para quien toma consciencia de la imagen cinematográfica, resultará magnífica: se trata de Robert frente al objeto de su obsesión, él en plano medio, de espalda, admira el rostro magnificado de Vera (Elena Anaya). Ella parece mirarlo, sin embargo no es sino un encuentro virtual de las miradas. El rostro de Vera es la única huella de sus sentimientos y pensamientos, muertos en la boca cerrada, y en el gesto absorto. Ella le absorbe, ejerce un influjo en él que le desborda por todas partes, sin embargo es él quien dispone totalmente de ella, circulo vicioso. Obsesivo ¿no?

A veces cuando nos encontramos con algo nuevo, se hace difícil de digerir. Es quizá el caso de “La Piel Que Habito”, que mientras se vuelve laberíntica, casi al extremo de confusa argumentalmente hablando, toma potencia en su construcción cinematográfica. Puede gustar o no, pero no es algo que se usted se debería perder.