Cine Chileno: Bombal (2012)

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El pasado 5 de enero hizo su estreno comercial el esperado film de Marcelo Ferrari “Bombal”, la película que recoge algunos de los momentos más críticos del oscuro romance que viviera la escritora chilena con Eulogio Sánchez, aproximadamente entre los años 1934, fecha en que publica su célebre “La Última Niebla” y 1941, cuando la autora hacía noticia por disparar a quemarropa contra su amado, despechada por no sentirse correspondida.

El relato se presenta como una tragedia, el final es anticipado e inevitable: la Bombal (Blanca Lewin) va a disparar a Eulogio Sánchez (Marcelo Alonso) al verlo caminar a las afueras del hotel Crillón de la mano con su nueva amada. Así partimos y nos damos toda una vuelta para intentar dilucidar cómo se dieron las cosas. Es sin duda un trabajo interesante el que amerita una tragedia, pues se despoja del paradigma de “el final hace la película” –entre otras cosas- y se construye desde un cierto orden causal que vendría siendo lo que sostiene el relato del film; sin embargo en la misma medida que es interesante, representa todo un desafío para la creación cinematográfica. No sé si Bombal se mantuvo a la altura de tal desafío. El argumento del film parece estar lleno de lagunas que son rellenadas con escenas que se sostienen en la reiteración de información en lugar de solventarse sobre el conflicto dramático. Tampoco se sostiene sobre un personaje entrañable y profundo que supondría María Luisa Bombal, sino que a ratos los personajes se vuelven clónicos, carentes de motivaciones profundas y a raíz de lo mismo causan una muy pobre empatía sobre el espectador, parecen un montón de adolescentes demasiado viejos. Con todo ello la película es aún soportable, hasta que aparecen tristes momentos en los que el escritor tras la pantalla intenta hacerse célebre con frases de lo más desencajadas, inverosímiles, gritos descarnados del tipo “¡la vida es tragedia!”, entre otras líneas de lo más siúticas; ningún personaje escrito guarda mayor profundidad, todo es puesto en la pantalla como una carnicería emocional, no hay pudor, y así se nos entrega un poco menos de dos horas de un agotante “¡Dios mío, cuanto sufro!”.

Aún con todo lo anterior, las actuaciones –al menos la  mayoría- funcionan bastante bien dentro de los estrechos márgenes que les propone el guión, en donde la tríada principal – Lewin, Goic y Alonso- es la que más brilla, en contraste con algún papel de reparto que resulta medio forzado.


La fotografía del film guarda algunos aspectos muy interesantes en términos lumínicos que ayudan bastante al film, emulando la época dorada de Hollywood, siendo lo más encomiable el trabajo sobre los rostros en algunos pasajes, que suman intensidad y expresividad, por lo que probablemente se vuelven los momentos visualmente más bellos de la cinta.

Donde Bombal si se mueve con soltura es a través de la construcción de espacios, sobre todo en la secuencia del disparo, en donde la colaboración entre director, director de fotografía y montajista hace ganar intensidad al crítico momento, se distiende el tiempo y entrega un clímax harto más sazonado que el desarrollo del film. La dirección de arte, vestuario y decorados funciona bastante bien, pero –y esta es quizás una percepción más subjetiva- exceptuando algunos cuadros excesivamente plásticos, pretenciosos –como el baño de la Bombal en el río lleno de flores de colores- que ensucian lo que podría haber sido una mirada interesante al Chile de la primera mitad del siglo pasado.

Sin pena ni gloria pasará entonces Bombal, esperada, comentada, pero a fin de cuentas, una película irregular, con algunos altos bien rescatables y bajos que ensucian de frentón el film entero.