Go Get Some Rosemary: “Kramer versus el mundo real”

img

Por cada Michael Cera tartamudo, hay un Ronald Bronstein peleando contra un Abel Ferrara ladrón. Por cada Chloë Moretz expulsando verborrea listilla, aparecen los hermanos Ranaldo, niños que actúan como… niños. Y por cada Zooey Deschanel haciendo pucheros de maña, tenemos a una decidida Eleonore Hendricks caminando por el túnel del metro. Go Get Some Rosemary no es una película indie. Aquí las fórmulas no se obedecen.

Texto x Jorge González San Martín

En el cine hay muchas historias sobre la responsabilidad paterna solitaria, ya sea en requerimientos devenidos aprendizaje, como Kramer v/s Kramer, o encuentros devenidos conciencia, en el caso de Somewhere. La historia de Go Get Some Rosemary (Ben & Joshua Safdie, 2009) tiene ese punto de partida. Lenny (Ronald Bronstein) debe cuidar a sus dos hijos por algunos días, tiempo que le ha otorgado la madre (y probablemente el juez) como único encuentro de los niños con él, solo una vez al año. Lo que en el papel podría entenderse como un convencional relato sobre los afectos familiares es en realidad una historia de crisis y de personajes desajustados con su entorno, incapaces de establecer una mínima noción de sentido común o control.

El actor que interpreta al padre tiene un parecido con Cosmo Kramer, el vecino confianzudo de Seinfeld. Las similitudes no son solo físicas (ambos tienen el mismo peinado, mezcla del tipo de Eraserhead con Gerald, el amigo de [Hey] Arnold) sino en el carácter impredecible. A diferencia del personaje de la sitcom, cuyas torpezas y delirantes ideas estaban confinadas dentro de los límites de la comedia, en el caso de Lenny esas ocurrencias se vuelven desastrosas al enfrentarse a situaciones comunes y corrientes. Las obligaciones cotidianas lo agobian. No puede mantener una conducta razonable en ninguna situación, ya sea familiar, sentimental o laboral. Es un niño con los defectos de un adulto.

Antes de seguir, conviene una aclaración técnica: el cine independiente norteamericano (o indie para los amigos) se ha convertido en un estilo con normas y parámetros muy rígidos, que funcionan bien en términos de género, pero que agota muy rápidamente la frescura de una alternativa que podría moverse en terrenos más provocadores que las millonarias franquicias de los estudios hollywoodenses. Para diferenciarlas de esa clasificación, algunos críticos vivarachos inventaron un nombre para las películas independientes-independientes, de esas con una producción muy pequeña, actores desconocidos y, lo más importante, con riesgos tanto argumentales como formales. Mumblecore las llaman.

Go Get Some Rosemary ha sido calificada como mumblecore al tener ciertos parecidos con otros trabajos de ese tipo, como Funny Ha Ha’ (2002) o Mutual Appreciation (2005) ambas de Andrew Bujalki, principal impulsor del género. La crudeza en la calidad de la imagen, la desafección de las interpretaciones y la intencionada falta de articulación en los diálogos, que son más bien murmullos (de ahí su nombre) son las características reconocibles en este estilo fronterizo entre el documental y la ficción. Pero incluso las obras que nacen en los márgenes de la industria tienden a homogeneizarse, cayendo en la misma trampita que el resto. En este caso, la contemplación como punto central, la ausencia del típico motor narrativo. La película de los hermanos Safdie tiene cosas en común con el mumblecore, pero también goza de una saludable distancia de esa forma cinematográfica.

Para aclarar las similitudes y diferencias entre la película y el género, es oportuno poner como contraparte la otra cinta firmada por Joshua Safdie, la hermosa The Pleasure of Being Robbed (2008). Además de compartir algunos actores (Eleonore Hendricks, el mismo Safdie), ambas tienen un compromiso con la realización casi documental, cámaras en mano, locaciones reales y actuaciones naturalistas. También las dos se permiten algunas licencias oníricas sin dejar de lado el formato (no hay aviso del cambio de la realidad al sueño, ni sonidos de arpas ni la imagen se vuelve ondulada o nublada, tipo recuerdos en El Chavo del 8).

La diferencia está en la forma de abordar el argumento. Al igual que la mayoría de los films mumblecore, The Pleasure of Being Robbed carece de narración tradicional. Una joven cleptómana deambula por la ciudad, cometiendo pequeños hurtos. Eso es todo lo que se puede decir de la historia. Para ponerlo en términos más intelectuales, lo importante no es el cuento, sino la relación del personaje con su espacio circundante. Go Get Some Rosemary, en cambio,  sí tiene relato.

Lenny no es el típico representante de los héroes contemporáneos versión cine independiente. Es inadaptado como ellos, pero de forma muy distinta al romanticismo y la impostada ternura que los otros padecen. No es simpático ni buena persona. Pide favores a todo el mundo, es atolondrado como él solo y tiene la estabilidad emocional de sus niños (Sage y Frey Ranaldo, hijos en la vida real del guitarrista de Sonic Youth, quién hace un cameo). La cinta, por suerte, no los hace caer en la detestable costumbre cinematográfica de presentarlos como precoces sabelotodos. Ambos actúan con un sorprendente realismo, sin ninguna teatralidad. Lenny los adora, tanto que esa misma necesidad de cuidarlos hace que todo se vuelva aún más complicado. Los problemas domésticos son su rutina, la mayoría causados por él mismo. Mantiene una relación indefinida con Leni, una veinteañera tan desarticulada como él, que no duda en meterse al túnel del metro simplemente porque se enojó en una cita arruinada. Leni es interpretada por Eleonore Hendricks, un descubrimiento del cine de bajísimo presupuesto. Pese a que su interpretación en las dos películas de Safdie es casi idéntica (incluso creo que usa la misma chaqueta), expresa un atractivo incandescente mas nunca previsible. Una musa verdadera.

La otra gran desvinculación a las normas de género que asume Go Get Some Rosemary se basa en aplicar el sentido del humor cínico de las sitcoms norteamericanas de los últimos veinte años, en lugar de la sutileza de algún tipo de ironía de salón. A kilómetros también de la comedia gruesa, también le da espacio a secundarios incluso más dementes que los protagonistas: amigos aprovechadores, el divertido cameo del director Abel Ferrara como un estafador violento e incluso una rara escena que involucra esquí acuático y “Cuando calienta el sol” (exacto, la misma de Luis Miguel).

Si The Pleasure of Being Robbed y el mumblecore en general le deben mucho al lado reposado y experimental de Gus van Sant (Drugstore Cowboy, My Own Private Idaho, Elephant), la crisis de Lenny y sus hijos posee un precedente más antiguo, el cine de John Cassavetes, donde los afectos son el principal detonante de errores, culpas y pérdidas. En el núcleo familiar aparecen los lazos más innegables. A pesar que la película no tiene una posición moral frente al descalabro de Lenny, le guarda algún tipo de salvación otorgándole una sola virtud: el inmenso amor que tiene por sus hijos.