Reseña al Libro “Éramos unos niños” de Patti Smith

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Por Jorge González San Martín

«Me recuerdo pasando por delante de escaparates con mi madre y preguntándole por qué no los destrozaba la gente a patadas. Ella me explicó que había normas tácitas de conducta social y que ese era el modo de coexistir como personas. De inmediato, me sentí limitada por la noción de que nacemos en un mundo donde todo está determinado por quienes nos han precedido. Me esforcé por reprimir mis impulsos destructivos y, en cambio, desarrollé los creativos. Aun así, la niña contraria a las normas que llevaba dentro no había muerto.» —P. S.

En el documental Patti Smith: Dream of  Life (Steven Sebring, 2008) podemos observar que la energía liberada de la artista visual, poeta y cantante norteamericana no deriva totalmente de la protesta visceral con que se tiende a calificar el tipo de canciones que escribe y ejecuta, sino más bien a un ilustrado y metódico camino intelectual y sensitivo, teniendo el cariño por sus cercanos como inspiración y apoyo constante. Patti se muestra desafiante en el escenario, pero serena y en paz junto a sus padres, hijos y amigos. La autobiografía Éramos unos niños tiene también ese tono acogedor al describir lo que sucedió antes, en su desarrollo para convertirse en artista. No es una aproximación al estilo de vida de los famosos, sino una introducción a su juventud antes del reconocimiento.

A diferencia del lugar común de la estrella que muere intoxicada por su ego, aplastada por su propio mito, Patti Smith recuerda la maduración de su obra con sensatez y simpatía, sin dejarse llevar por el cliché del creador atormentado y sin quejarse por las pellejerías que tuvo que pasar. Desde su niñez y adolescencia en un pequeño pueblo de Nueva Jersey, la entrega en adopción de su primer hijo a los 19 años, su viaje hacia Nueva York convencida a superar cualquier apremio económico para cumplir con su meta (vivió varias semanas durmiendo donde la ciudad lo permitiese), hasta su encuentro definitivo con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, cuando la salvó de un inminente abuso de parte de un escritor de ciencia ficción. De ahí en adelante sus vidas estarían profundamente unidas, tanto en un nivel afectivo como de sensibilidad artística.

La columna vertebral de este relato es el vínculo íntimo de la cantante con el fotógrafo. Pareja, amigo y compañero de trabajo (en orden consecutivo en ocasiones, de forma simultánea en otras), fue el primero que la guió y cuidó en el difícil oficio del proceso creativo. Robert resultó el contraste ideal para el desarrollo del carácter en la futura compositora. Mientras él era extrovertido y sociable, Patti era tímida y prefería escribir y dibujar en lugar de relacionarse con el ambiente cada vez más glamoroso que frecuentaba su compañero. Esa reticencia al mundo de las estrellas de la época no se debía al snobismo que se le imputa al comportamiento de los intelectuales, sino a una certeza de que el trabajo era más importante que el aplauso. Cuesta imaginarse a los famosos contemporáneos cumpliendo horarios en librerías o cargando muebles en camiones de mudanza para pagar el arriendo, pero esos primeros pasos de la pareja los hicieron aprender cierto nivel de rigor y exigencia que los destaca por sobre la aburrida celebridad estándar.

Patti Smith recuerda que nunca recorrió lugares lejanos con Robert Mapplethorpe. Casi toda su historia transcurrió en Nueva York, donde se encontraban después de sus respectivos viajes. La ciudad era su ambiente natural. Ambos tuvieron posteriores parejas y fracasos amorosos, pero se mantenían unidos de la misma manera en que estaban unidos a esa ciudad. Y así como esa complicidad es la línea principal del relato y Nueva York es su espacio, el centro de los recuerdos están en el Hotel Chelsea. Un edificio que parece tener vida propia, por donde ha pasado buena parte de la tropa cultural norteamericana. La pareja tuvo el privilegio de conocer a nombres fundacionales de la música y el arte en general, así como entristecerse con la prematura pérdida de varios de ellos, sucumbidos por una época que los encandiló.

 

El libro contiene varias anécdotas graciosas, pequeños atisbos de la intimidad de la autora. Tal como lo cuenta en Dream of Life, se refiere a su envidiable capacidad para orinar en recipientes pequeños; su única vez como modelo; el primer encuentro con Allen Ginsberg, cuando le compró un sándwich creyendo que se trataba de “un muchacho muy guapo” o su cambio de peinado, a lo Keith Richards, que le sirvió para hacerse notar en el ambiente neoyorquino plagado de extravagantes personajes. Estas historias grafican que Éramos unos niños está a una brecha enorme de la retrospectiva llorona, pues ante todo es una manera amigable de conservar la memoria en actividad.

La introducción al mundo de la música se describe como el desarrollo natural de convertir su poesía en una experiencia pública. Después de haber escrito varios libros, se aventura los escenarios como cantante y guitarrista (ya había tenido experiencia como actriz de teatro, pero nunca se sintió completamente cómoda con ese rol). Para Patti Smith, la música es una prolongación de sus necesidades expresivas que se mantenían encerradas en su solitario camino como escritora. No le hacía falta el virtuosismo para llevar a cabo este nuevo desafío. Los gustos de la cantante son cultos y variados, donde cualquier apropiación de una bandera en específico no es necesaria. De hecho, no recuerdo haber leído una sola vez la palabra “punk” y, si es que en algún momento aparece, su presencia es irrelevante. Las etiquetas vienen después, y no son los ejecutantes los que las utilizan. Fue en esta faceta donde también pudo juntar esas dos fuerzas que menciona en la cita inicial de este texto, la insolencia y la creatividad, unidas en la energía del escenario: «Lenny [Kaye, su primer colaborador musical] me enseñó a tocar la nota mi y, mientras lo hacía, recité el verso: “Jesús murió por los pecados de alguien pero no por los míos”. Lo había escrito hace algunos años como una declaración existencial donde me comprometía a responsabilizarme de mis actos. Cristo era un hombre contra el cual merecía la pena revelarse, porque él era la rebelión.»

Éramos unos niños es una historia sobre arte, Nueva York, pero principalmente tiene su origen en la figura de Robert Mapplethorpe y a esos lazos que se dan una sola vez en la vida.

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Nota de la redacción: Para este texto, revisé diferentes artículos sobre la autobiografía, no para copiar (google me delataría), sino para comparar enfoques. Me encontré con uno que me sorprendió particularmente. Se entiende que los gustos son caprichosos y que alguien pueda detestar la figura icónica de Patti Smith, pero lo mínimo que se le pide a un crítico es… leer el libro que reseña. Es tan evidente que el señor Yo No Veré Batman apenas hojeó la biografía y rellenó su texto con prejuicios, que sorprende incluso la publicación de semejante despropósito. Además, esos prejuicios son profundamente ridículos, pataletas irracionales. «Ella sí tiene claro que buena parte de su fama como cantante se debe a una foto tomada por su amigo, donde la mayor gracia de la foto es que ella parece ser un chico». Reducir la carrera de una artista fundamental de la música de los últimos cuarenta años a una foto es un adolescente ejercicio de pseudorrebeldía. Otro ejemplo de esa imprecisión con que se oculta el desconocimiento: «Dylan tiene obra; y Smith tiene onda, tiene look, tiene garbo» ¿Qué es eso de tener “onda”? ¿Patti Smith es Miss 17 acaso? ¿Sus discos, libros, exposiciones no califican como obra? Y si hablamos de «algo patético, arribista e inseguro» como se refiere a las memorias de la cantante,  sería mucho más sensato ocupar esas palabras en una crítica a ciertas aburridas películas donde los personajes se miran el ombligo y se quejan de todo, sin importar si son músicos o ciclistas.