2 Broke Girls: Y no me digas pobre

2 Broke Girls: Y no me digas pobre

“Ríe con la gente común
ríe aunque se estén burlando de ti
y de las tonteras que haces
porque piensas que ser pobre es chori.”

Common people
Pulp

 Por Jorge González San Martín, 1 broke guy.

La crisis económica transformada en comedia. Los excluidos en la ficción, de una vez por todas, ya no son el niñito sensible melómano ni la lola rara con vestidos de los 60. Los marginados de verdad son los que no tienen ni un peso. La sitcom 2 Broke Girls debería llamarse Cómo sobrevivir a la caída del Sueño Americano sin lloriquear, pero no podrían pagar un letrero de publicidad tan largo.

 a.- ¿Por qué Seinfeld soportaba un hogar roñoso si, se supone, era un exitoso comediante? b.-¿A qué se deben los lamentos de Taub por sus honorarios, un médico que trabaja para Gregory House, el doctor más prestigioso del condado? c.-¿Se puede mantener una mansión en Malibú solamente escribiendo jingles comerciales, como Charlie Harper? d.-¿Cómo Phoebe podía sobrevivir en Nueva York a punta de unos cuantos trabajos esporádicos? e.-¿Penny, con su salario de mesera, logra arrendar un departamento al lado del de Sheldon y Leonard, que con sus respectivos sueldos como científicos en una universidad no pueden costear individualmente?

 Las contradicciones de las diferencias sociales en las series estadounidenses tienden simplemente a pasarse por alto. Mary McNamara, en Los Angeles Times, escribió a propósito de un producto televisivo que enfrentaba esa situación (la miniserie Mildred Pierce): “En la última mitad del siglo, los americanos nos sentimos más incómodos que nunca acerca de hablar sobre cuestiones de clase. Preferimos discutir sobre raza, sexualidad y celebridad”. Las clases sociales son un tabú en el paraíso perdido del libremercado. 2 Broke Girls pone el dedo en la llaga. Al fin una comedia que no se ríe de los desafortunados, sino que los acompaña en sus dardos contra los que todavía tienen confianza en un decepcionante sistema económico.

 Max (Kat Denning, más brillante que nunca) es una empleada rezongona y cáustica de un pequeño restaurante a mal traer en Brooklyn. También trabaja de niñera para una surrealista millonaria, que no duda en aplicar auto-bronceante a sus dos guaguas, Angelina y Brad. A pesar de su difícil carácter, en el fondo tiene buen corazón y decide compartir su departamento con Caroline (Beth Behrs) una rubia en apariencia tarada que ha quedado en la calle sin-tener-dónde-ir pues su padre millonario, debido a múltiples estafas, está cumpliendo una condena en la cárcel y su mansión, junto a todos sus bienes, han sido confiscados (en abierta cita al caso de Bernard Madoff). Las dos entonces intentan salir de la pobreza juntando plata para un negocio de quequitos (o cupcakes como se les ha empezado a decir), mientras sobreviven como camareras.

 El desamparo de una joven de alta sociedad frente a una adversidad inesperada  es el detonante de la unión de estos personajes disímiles, pero ese pie forzado para el desarrollo del programa puede interpretarse perfectamente como el lado más inclemente de la vida contemporánea. Una clásica sitcom de dos-personajes-distintos-pero-que-descubren-afinidades es, en uno de los sentidos más crudos que se puede permitir una serie liviana, una protesta amarga sobre las cenizas de la sociedad de consumo. En pocas ocasiones la comedia televisiva revisa conflictos proletarios y cuando los llega a exponer (The Office, Malcolm in the Middle, Raising Hope) se utilizan más bien como una subtrama para describir problemas emocionales. En 2 Broke Girls el tema principal es tan obvio que parece increíble que no se haya expuesto de esta forma antes: cómo intentar superar la precariedad. Pero todo desde un sentido del humor muy políticamente incorrecto, muchas veces grueso y con una cantidad suficiente de juegos de palabras y referencias pop para alcanzar un nivel más agudo que el producto habitual. Abundan los chistes sobre no tener plata, pero también los guionistas parecen tener una torcida obsesión con tallas relativas a drogas y violadores. Si pasan por encima de varias costumbres ponderadas (tolerancia, modales, higiene) se debe a que sencillamente la sociedad no está para sutilezas.

 La dinámica entre las dos protagonistas es predecible, pero no por eso deja de ser ingeniosa. Además, la primordial vuelta de tuerca que toda serie necesita es aquí particularmente efectiva. Caroline, quien tiene una voluntad impensada para su reputación como ex heredera malcriada, es la reserva de convicción y rigor en el dúo, mientras que Max, a pesar de su rudeza, es la más insegura y frágil, pues oculta su resignación a punta de disparar su feroz humor. Y es ahí donde está la principal gracia. La genial Kat Denning es la razón del programa: su Max es directa, maleducada y fatalista (“Te hiciste esos tatuajes para molestar a tu padre. Yo ni sé quién es mi padre”, le dice a un cliente) y sus enemigos son básicamente los ejemplares de tribus pop que han logrado encontrar un lugar en la moda. Hippies obsesionados con la comida orgánica, artistas presuntuosos, minorías orgullosas de sus clichés y hipsters. Sobre todo hipsters. En otras palabras, la Kat  de 2 Broke Girls no perdería oportunidad de burlarse de la Kat de Nick & Norah’s Infinite Playlist.

 La serie es la última protesta salida desde la misma industria. “Me infiltro en el sistema y exploto desde adentro” dicen los Calle 13 de quienes precisamente se reiría Max, por andar repartiendo un discurso social multiuso sin siquiera arrugarse cuando Shakira los invita a sus shows. Nada mal para una sitcom de 20 minutos, un par de escenografías y risas grabadas.