Revisamos: Melancholía, de Lars Von Trier (2011)

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La última película de Lars von Trier, Melancholia, trata sobre las ruinas de las relaciones familiares y del fin del mundo. No sin antes burlarse de nosotros por tomar al director tan en serio.

Escrito por: Jorge González San Martín

La astrología es “el delirio cultural colectivo en que la aparente posición relativa del sol, los planetas y las constelaciones arbitrariamente definidas a la hora de tu nacimiento, de algún modo afecta tu personalidad” como la definió tan bien Sheldon Cooper. Sin embargo, si se busca justificación, una de las defensas que suena más sensatas para esta superstición es proponer que, en el universo, las situaciones a gran escala se replican en forma más pequeña. Un sistema solar se parece bastante a un átomo y no sería nada de improbable, según esa teoría, que las cosas ocurridas en el espacio tengan su copia, su remembranza, en las relaciones personales terrestres.

Melancholia (Lars von Trier, 2011) Parte sobre esa tesis. El desencanto de una joven mujer con la vida se proyecta a gran escala con un planeta, llamado Melancolía, que amenaza con estrellarse contra la Tierra. Justine (Kirsten Dunst) y Michael (Alexander Skarsgård) se acaban de casar y llegan a celebrar su fiesta en una gran casa, propiedad matrimonial de la hermana de la novia, Claire (Charlotte Gainsbourg) quien ha hecho un puntilloso trabajo al organizar la cena. La ampulosidad y protocolo de la velada inevitablemente recuerdan otra reunión de la gran burguesía, el drama Celebración (Thomas Vinterberg, 1998) primera película del movimiento Dogma 95 en que también participó von Trier. La relación no es casual: detrás de toda la elegancia, en ambos casos se esconde un conflicto que inevitablemente quebrará los modales y la buena educación de los festejados para que broten fuerzas reprimidas. En Melancholia, Justine no parece estar contenta con su casamiento ideal, y de a poco la vemos cambiar de estado de ánimo hasta provocar un derrumbe emocional en ella y en sus más cercanos. Todo esto, claro, teniendo como argumento de fondo un misterioso planeta que, según el marido de Claire, el inverosímilmente millonario científico John (Kiefer Sutherland) no tiene ninguna posibilidad de chocar con la Tierra, testimonio que provoca desconfianza en su esposa.

Lo primero que llama la atención de la película es la relación de la melancolía de la novia con algo más grande, cósmico. En una industria contemporánea donde las producciones no pretenden más que lo que se ve, donde las moralejas o metáforas resultan anacrónicas, Lars von Trier provoca no desde el efectismo con que suele escandalizar a sus detractores, sino por llevar a cabo una historia rara, mezcla de drama familiar y ciencia ficción, a través de una alegoría que podría sonar ridícula, pero que se resuelve con momentos incluso conmovedores solamente a partir de las actuaciones.

Quizás la elección del reparto se deba a estrategias de producción para comercializar de manera más efectiva el proyecto. Sin embargo, cada actor cumple con un rol que va más allá de su personaje, proponiendo una dimensión de citas que quizás se deban a la casualidad o al tenebroso humor negro del director. Ineludible es comparar la perpleja Kirsten Dunst, entre una elegancia que no soporta ni quiere comprender, con su Maria Antonieta a cargo de Sofia Coppola. De hecho, Justine parece una versión prematuramente crepuscular de la reina adolescente. Alexander Skarsgård, por su parte, representa a un Ken sonriente y monolítico, una suerte de pariente lejano de su participación en un video de Lady Gaga o en la clásica escena del orange mocha frappuccino de Zoolander. Para qué decir de la madre de la novia, la imprescindible Charlotte Rampling, que entrega esa amargura, distancia y desprecio que tan bien ha desarrollado con los años. El caso más impactante es el de Kiefer Sutherland: es agradable ver a estrellas hollywoodenses filmadas con más reposo, y pese a que el recuerdo de Jack Bauer no parezca ser consecuente con la idea preconcebida de “cine de autor”,  esa vinculación entre actor-personaje juega a favor esta vez, para darle el sentido pragmático que la interpretación de un científico (insisto, inverosímilmente) millonario requería.

Melancholia es una historia de hermanas, de Justine y Claire, de dos formas de entender el fin, de la conciencia sobre un mundo donde ya todo se volvió tan decadente y sin sentido, que la noticia de un planeta que cae sobre la Tierra no parece más importante que la tristeza crónica de una hermana.

A través de una fotografía que mezcla impecables cuadros que parecen tanto paisajes manieristas como publicidad de moda, con las bondades de la cámara en mano para dar la sensación de “realidad”, Lars von Trier constantemente se burla del espectador en diferentes niveles: desde los obvios y torpes aportes cómicos del planificador de la boda, exageradamente indignado con el desorden, hasta pequeños detalles puestos intencionalmente para confundir a los entendidos, como la referencia al cuadro “La muerte de Ofelia” de Millais, por ejemplo.

Pero siempre detrás del humor rabioso se esconde una profunda tristeza. El personaje más sutil de la película, la Claire de Charlotte Gainsbourg, es también la que se lleva el peso de cargar el pesimismo de los demás, con la trágica convicción de la falta de sentido de esa empresa. Al final, la melancolía de la que habla Lars von Trier no es la sensación de acabo de mundo, sino la sospecha letárgica de que el mundo se acabó hace rato y no nos hemos querido dar cuenta.

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