La sensación de no conocerte y tampoco querer hacerlo: 5 películas para entrar en el mundo de Tsai Ming-Liang

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Hay clases de cines que nacen en lugares recónditos pero que, a pesar de ello, son capaces de interpelar al público con las emociones que evocan, los conflictos que representan, los temas que tratan (o que dejan de tratar). Tal es el caso de Tsai Ming-Liang, discutiblemente el mejor cineasta de Taiwán y que ha forjado su carrera de 20 años en la industria cinematográfica independiente a punta de historias simples que se vuelven complejas y actores dispuestos a ir un paso más allá por su pasión compartida por el cine, labor que le ha valido galardones en los más prestigiosos festivales de cine en Europa. Su relación con su colaborador más frecuente y actor principal de todas sus películas, Lee Kang-Sheng, se asemeja a aquella entre Werner Herzog y Klaus Kinski, con sesiones de rodaje extenuantes y que empujaban tanto a director como a actor a sus límites, pero que resultan en performances magistrales y que capturan de manera sin igual la historia que el director quiere contar.

Alejado de las tendencias más populares del cine asiático conocido en occidente (como, por ejemplo, el nuevo cine japonés o el cine surcoreano post-2003) tanto a nivel técnico, estilístico y narrativo como temático, el cine de Ming-Liang, al igual que él mismo, no pertenece ni aquí ni allá: tiene sus raíces en el desarraigo, en el no conocerse ni querer hacerlo. Este pareciera ser el único hilo conductor que engloba sus películas, las cuales poseen, además, un número de recursos cinematográficos distintivos y que vienen y van entre éstas. Hoy les mostramos una guía cronológica de 5 de sus películas para impregnarse del estilo particular y único de este director que, a pesar de haberse “retirado” el año 2013 con su último largometraje, Stray Dogs, continúa dirigiendo producciones cinematográficas en formato corto.

Rebels of the Neon God (1992)

La opera prima de Tsai Ming-Liang es una película que encapsula perfectamente el dilema de la pertenencia del propio Ming-Liang: nacido en Malasia, criado en Taipei con costumbres étnicas chinas y sin ninguna guía de mano sobre a qué defender, por qué luchar, con quién sentarse a almorzar, a quién adorar, con quién identificarse. Ming-Liang pudo adoptar este conflicto de forma hermosa en dos historias que se entrecruzan para no volver a tocarse, encarnadas en un par de jóvenes delincuentes que sólo quieren dinero fácil y un adolescente estudiante de una escuela 2×1 que sólo quiere que el mundo deje de decirle qué hacer; historias que se desarrollan en un Taipei al que la modernidad pareciera haber llegado por azar y por sorpresa, con sus luces de neón, sus arcades y sus pistas de patinaje, y al que las inclemencias del clima azotan sin ningún tipo de mesura, siendo las lluvias y las goteras elementos presentes a lo largo de toda la película.

The River (1997)

Una película acerca de lo más íntimo es a lo que apuntó Ming Liang en The River, donde la permanente lluvia de Taipei se hace más fuerte aún y pareciera enviada por algún dios. El guión se centra en Hsiao Kang, un joven de 20 años que vive con sus padres y que de un día para otro despierta con un dolor terrible en el cuello que pareciera ser incurable. Poco sabe Hsiao Kang que ese dolor pareciera ser la manifestación física de algo mucho más grande que está ocurriendo en su propia casa y que incluso la lluvia lo sabe. A punta de colores grises, azules desteñidos y médicos de todo tipo que intentan curar a Hsiao Kang, The River es sin duda uno de los mejores trabajos de Ming Liang.

The Hole (1998)

Uno de los trabajos más experimentales de Ming-Liang es, sin duda, The Hole. Llevando al extremo las condiciones climáticas de Taipei, siendo evacuado por causa de una epidemia, un gásfiter realiza un agujero en el suelo de un departamento donde nadie ha evacuado, conectando dos departamentos a través de este hoyo y del cual no sabemos si volverá a ser reparado o no. Este concepto simple es la base de este drama musical, que toma elementos del cine de Bollywood y del mismo cine de Ming-Liang, donde entre inundación e inundación del departamento del protagonista podemos escuchar un número musical de música popular taiwanesa. Sin embargo, lo central de esta historia es la irrupción del espacio personal, pero no de forma intencionada y violenta, sino que de forma accidental, y qué podemos hacer frente a eso; es la desintegración de la barrera (en este caso física) que separa mi mundo del tuyo y cómo reaccionamos frente a la aparición de un otro en lo mío.

The Wayward Cloud (2005)

Conocida como El Sabor de la Sandía en los países de habla hispana, Ming-Liang vuelve a experimentar con otros elementos: si antes el exceso de agua era una pieza fundamental en la cinematografía del taiwanés, en esta película el agua está en falta, en un Taipei que enfrenta una sequía terrible pero que, extrañamente, ha visto una gran producción de sandías en la región, lo que ha disminuido su precio y ha significado que las autoridades insten a los ciudadanos a reemplazar el agua por jugo de sandía. Por otro lado, las largas y extenuantes tomas, sello personal de Ming-Liang, se hacen aún más largas y dolosas, los diálogos aún más mínimos, lo que la hace una película completamente centrada en la pantalla. La historia aquí se centra en dos conocidos que, al volverse a encontrar, entablan una relación; lo que ella no sabe es que él es un actor pornográfico. Los silencios, las acciones, las fuerzas sexuales decaídas y, nuevamente, números musicales entre escenas son los elementos principales en esta película que, al parecer, es la que más popular se ha hecho en Chile de parte del director taiwanés.

Stray Dogs (2013)

Un relato acerca de lo sufrido, lo extenuante y deprimente de la pobreza es Stray Dogs, donde a ratos pareciera que Ming-Liang vuelve a adoptar este background post-apocalíptico que utilizó en películas como The Hole y El Sabor de la Sandía, pero con una paleta de colores muy distinta a todos sus trabajos anteriores. Un padre y sus dos hijos sobreviviendo en Taipei es la médula espinal de esta historia donde el diálogo nuevamente se vuelve mínimo y vemos en toda su extensión la apabullante desigualdad en Taipei sobre todo a nivel de rutina y vida cotidiana. Sin embargo, en toda su vibra deprimente y melancólica, Stray Dogs es una película también de esperanza, lo que pareciera, a su vez, traducirse en su cinematografía y mucho más con la introducción de un nuevo personaje a la ecuación. Un trabajo muy distinto de parte de Ming-Liang y que marca el retiro (esperamos que no definitivo) de la pantalla grande de probablemente el cineasta taiwanés más importante de la historia.