Desempolvando Recuerdos: Historias de un Nintendo

img

Pirata, yo? Nah.

Mis viejos fueron los culpables de mi adicción a los videojuegos. Así de corta. Así de sencilla.

En una lejana navidad de 1990, debajo del árbol de navidad ultra-artificial se encontraba mi primer acercamiento al entretenimiento electrónico casero. No era algo trivial. Mal que mal, tener una consola de videojuegos en aquella época era un símbolo de “lo cool” que podía ser uno en un curso. Te daba acceso a ese secreto y pequeño mundo de los que intercambiaban juegos, pasaban horas sentados frente a la pantalla, no viendo televisión… jugando con un Nintendo.

Esa era la palabra clave.

Claro que, para los que nacimos y crecimos en el sur de Chile, no siempre era fácil acceder a estas cosas. Los precios (irrisorios para la actualidad, ultra-inflados para esos momentos de la historia) y la falta de conocimiento o información frente a los productos, hacían que muchos padres cayeran en el jueguito del vendedor de multi-tienda y las consolas clónicas (Creation”, “Nasat”), etc.

Más de alguno se acordará o habrá tenido una de esas. Por fuera, iguales al Nintendo Original (salvo alguna excepción a la norma que tenía entrada para los juegos de la Famicom -la Nintendo Japonesa- los cuales se cargaban de forma superior y no frontal) pero que por dentro, eran el paraíso de los ahorradores y piratas. ¡1000 juegos en una consola y sin siquiera usar cartuchos! Horas de diversión para las infantiles criaturas. Un alivio para los viejos que no tenían que gastar dinero en comprar juegos nuevos.

En mi universo particular, entonces, yo era feliz. Tenía un “Nasat”. Una clónica del NES bastante compatible con los juegos originales. La caja era un mamotreto gigantesco donde una suerte de Robocop femenino invitaba a jugar con los 100 + 99 juegos que estaban incorporados. Clásicos de la época como Super Mario Bros, Duck Hunt, Hogan’s Alley y un largo etcétera.  Pero independiente de lo pirata que fuera, siempre fue un fiel acompañante de las tardes de ocio de mi infancia. O de las noches de insomnio de mis padres, a quienes en más de una ocasión los sorprendí a las 4 de la mañana en el living jugando Super Mario Bros y sacudiendo los controles en el aire para hacer que Mario y Luigi salten más alto. – Lo que de plano me hace pensar en comprarles una Wii –

No será lo mismo de antaño, pero mientras sonrían al jugar, por mi está bien.

Y se preguntan qué paso con aquella consola… el tiempo se encargó de que desapareciera en un cambio de casa. Si alguien la encontró y le funciona, espero que la disfrute. Yo al menos, así lo hice.