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Benjamin John Power: la eterna maquinación de una mente dura y sensible

Desde Inglaterra, Benjamin John Power propone e invita a realizar un viaje por nuestro sobretecnologizado desenvolvimiento en el consumo de cultura, para reivindicarlo y crear nuevos mundos y evocar emociones a través de su música.

Por Diego Herrera.


Estamos en una época nunca antes vista para la información y su tráfico. La globalización y sus medios de conectividad, hoy en día, nos permiten un acceso tremendamente amplio, variado y a la carta, pero por sobre todo de forma rápida, fácil y eficiente. De esa forma, el contenido de todo tipo (música, cine, series, libros, ilustraciones, etc.) se vuelve dinámico y móvil, pero efímero e instantáneo, generando especies de oleadas de contenido a través de las redes sociales; espacios virtuales que, en el fondo, no hacen sino que replicar las estructuras sociales del mundo real. Estas oleadas sobre-estimulan a sus consumidores a toda hora y en todos los frentes, siendo bombardeados por múltiples manifestaciones (más importantemente para este escrito, artísticas) de contenido que puede estar creado para este flujo rampante de información o no.

Esto ha significado una re-estructuración del rol del creador y del artista en esta década, en la cual la gran mayoría de las creaciones está al alcance de un click. Es una época predilecta, donde todo tipo influencias llegan a manos de todo tipo de artista: ilustradores tomando elementos estilísticos de imaginarios relativos al cine y los videoclips, cinematógrafos inspirados por universos plasmados en la animación y el anime, y músicos como Daniel Lopatin, que, a través de su alter ego Oneohtrix Point Never, en el último tiempo ha sabido malear influencias provenientes del psicoanálisis feminista, el grunge y la música electrónica en una propuesta coherente y poderosa, redefiniendo el concepto de lo que significa ser músico electrónico en nuestros días.

Uno de los músicos y productores que han sabido tomar esta premisa y darle un giro que a la vez propone y protege es Benjamin John Power, quien ha dado rienda suelta a su creatividad y emocionalidad a través de dos proyectos: por un lado, el dúo de drone Fuck Buttons en conjunto con Andrew Hung, y su alter-ego solista Blanck Mass, nombres que le han valido tanto el visto bueno de la crítica especializada como el éxito comercial (instancias cristalizadas en en la obertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, en las cuales se utilizaron canciones de ambos proyectos). Es en su exploración, tanto sonora como estética y emocional, donde Power realiza una labor poderosamente sobrecogedora: si bien propone una gran comunión de múltiples influencias provenientes de diversos planos artísticos y vitales, también protege y prioriza. En tanto, como artista, toma decisiones que impactan de manera profunda en su identidad estética y sonora-musical.

En su proyecto Fuck Buttons pareciera venir implícito incluso en su nombre el espíritu detrás de su concepción: shockear de entrada. Y esa promesa primigenia y subterfugia es algo que Power y Hung realizan hasta sus últimas consecuencias, pues si hay un motivo recurrente en la música de Fuck Buttons (además de su recurrencia misma, que mencionaré más adelante) es la majestuosidad y grandilocuencia de su sonido, que se hace tan grande que es probable que llene dos Estadios Nacionales. Su magia es hacer sentir pequeño e insignificante frente a lo que se escucha: un mundo tan grande que se desborda y se sobrepasa. Sin embargo, eso no queda ahí. Porque esa minimización que sufre el auditor es inmediatamente contrarrestada con la esencia eminentemente drone del sonido de Fuck Buttons: pulsos tremendamente repetitivos que parecieran no hacer más que imbuir energía y hacer poderoso a ese humano que a través de su música se encogió para que vuelva a salir al mundo.

Si bien Fuck Buttons pareciera tener un sonido bastante cohesionado y coherente consigo mismo, su creatividad proviene de dos lugares (y personas) bastante distintas entre sí. Benjamin Power, fanático del post-rock y admirador de Mogwai, y Andrew Hung, seguidor acérrimo del IDM y fan de Aphex Twin, supieron encontrar un rincón musical donde las influencias diversas que ambos tenían podían converger de forma cataclísmica, generando un sonido donde estos ritmos se funden a la vez con otras influencias comunes (por ejemplo, más pesadas y repetitivas como el doom metal) y colisionan, para así crear un monstruo que suena como un tanque alemán moviéndose a gran velocidad, de forma pesada y destructiva, pero vertiginosa y frenética a la vez, casi de forma poética y cinemática; sin restar importancia al trabajo magistral e impecable con respecto a diversos patrones yuxtapuestos, efímeros y que se entrelazan como una madeja de hilo enmarañada, donde no sabes dónde empieza uno y termina el otro. Aquí es cuando se demuestra el gran impacto que los compositores serialistas del s. XX dejaron en ambos compositores. Fuck Buttons parecieran tener una misión bien clara, que es la de sonar más grande incluso de lo que pueden sonar físicamente, apuntando directamente hacia las estrellas.

Se podría creer que el proyecto solista de Power, Blanck Mass, al depender exclusivamente de su propia creatividad, es más alocado y menos definido incluso que Fuck Buttons. Pues no pareciera ser el caso, y es que esa es la maldición del ansioso: dale toda la libertad y seguirá encontrando y creando sus propias reglas para seguir. De esa forma, y sobre todo en su último lanzamiento, titulado World Eater, Benjamin Power se adentra más que nunca en sus fuentes emotivas de inspiración, creando lo más cercano de todo su opus a lo que puede llamarse canciones de amor, en composiciones poderosamente sugestivas y emotivas, pero que no dejan de lado los momentos catárticos y poderosos. Como si Fuck Buttons fuera una bestia que Benjamin Power se atrevió a dominar y lo logró.

Así, Blanck Mass se nutre de una estética agresiva y tremendamente influida por los imaginarios del Inner Circle del trve cvlt black metal noruego, y de un sonido que mezcla una agresividad que sin duda proviene también del black metal (aunque tangencialmente). Además, de una ternura e intimidad que se hacen únicas y momentáneas, y que recuerdan a la producción del disco Hopelessness de ANOHNI, que estuvo a cargo del ya mencionado Oneohtrix Point Never y el británico Hudson Mohawke. Esto decanta en un sello personal y una esencia sonora eminentemente industrial, con sintetizadores y sonidos electrónicos bien duros, a la par de una manipulación y sampleo de voces que sin duda se roban el show en su World Eater, casi como diciendo que el rédito principal de Benjamin Power no proviene de las máquinas y lo que uno pueda hacer con ellas, sino que de los mismos humanos y lo que las máquinas pueden hacer con ellos. Este es un mensaje que se ha hecho cada vez más preponderante en la vanguardia de la música, y que instala la pregunta de la complementación de la máquina con el humano de cara a la composición creativa. El 2015 esa pregunta se la hizo Lopatin, el 2017, Power. Aún no hay respuesta, pero sus discusiones, plasmadas en sus discos, son un interesante punto de partida.

Equipo LOUD.cl

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