Gregg Araki, el director que nos enseñó sobre triángulosos amorosos y rabia juvenil

Gregg Araki, el director que nos enseñó sobre triángulosos amorosos y rabia juvenil

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Pocas cosas son tan esquivas como el tiempo. “Juventud, divino tesoro” escribió Ruben Darío hace varios años. Luca Prodan, de Sumo, tomaría la misma frase y la cantaría en una de sus canciones más conocidas. Es una experiencia universal; el como se escapan los años, como no podemos detenernos ante las horas, como todos nos encaminamos hacia el mismo lugar, a pesar de las gran variedad de cosas que nos pueden separar en otros ámbitos.

Los años de crecimiento, introspección, no siempre salvajes, románticos o dolorosos, son algo que muchos vivimos y que muchos artistas y estudiosos modernos han intentado analizar, descubrir de sus varias capas. Un cineasta que lo ha hecho de una forma bastante particular es Gregg Araki.

Perteneciente a una corriente del cine independiente que fue denominada como new queer cinemaAraki se esfuerza por mostrar una juventud consciente, pero vulnerable, con hormonas desenfrenadas, con una sexualidad que se palpa en el aire y con unas mentes totalmente agitadas. Todo esto responde al frenesí que fue los 90, pero que el siguió desarrollando más adelante. James Duval, uno de sus actores más recurrentes -sobre todo en la época de 1993 a 1997, en su celebrada trilogía- menciona la fascinación que tenía por la gente joven y sus vivencias. El mismo se ha sentido conectado con la psicología de los personajes que presenta y su disidencia.

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Y claro, porque la homosexualidad, lo queer, lo impactante, eran cosas que comúnmente rodeaban sus películas, como The Doom Generation (1995) Nowhere (1997), y que siguen siendo parte de su discurso cinematográfico. En Totally F***ed Up (1993), primer corte de su Teen Apocalypse Trilogy -que como conexión tienen su concepto y no personajes o historias lineales-, Araki desarrolla a una juventud que explora su sexualidad y que se sentía abandonada, por sus padres, por la sociedad, por su contexto, que lucha por encontrar sentido a lo que le rodea, frenada por luchas internas y dramas varios. Los miles de problemas de las relaciones sociales explotan. No es fácil ser un adolescente e ir contra la corriente, atacado por miradas de rechazo, o como más se percibe, con total indiferencia.

En las otras dos películas de la trilogía, sigue explorando estas lagunas mentales. Los pequeños y caóticos universos que se esconden bajo la piel de la juventud. En películas como Kaboom (2010) lo lleva hasta el absurdo, pero es en Mysterious Skin (2004) -basada en una novela del mismo nombre de 1995- donde da un giro distinto. Scott Heim, el escritor de la novela, compartía inquietudes con Gregg. Ambos eran hombres con tendencias homosexuales cerca de los 30 en la década del 90, después de todo. Hay una rebelión en la actitud de los personajes, ya sea explícita o no. El salvajismo y la brutalidad no viene de escenas llenas de neón, de personajes extraños o erráticos. Toda la turbiedad que cubre a la película es pura psicología humana, pero sin alejarse del estilo clásico de Araki.

Aunque el estadounidense de raíces japonesas ya supera los 50, toda su vida ha tenido una fuerte sensibilidad que le ha permitido plasmar las inquietudes juveniles, los traumas y los conflictos. Le ha permitido crear personajes que dentro de una gama amplia de emociones -desde insensibilidad hasta euforia- conecta con el sentir de los años desenfrenados. Él no crea las típicas películas coming-of-age. Aquí no nos enfrentamos con Las Ventajas de Ser Invisible (The Perks of Being a Wallflower, 2012). Esto es más crudo, más visceral. Dentro de todo lo adornado y exuberante, se encuentra un realidad potente, que no se nos oculta. Y todo esto bastante bien ambientado, pues Araki suele trabajar con Robin Guthrie (Cocteau Twins) en las bandas sonoras. Razones sobran para darle a play y descubrir el legado que ha dejado Gregg Araki a la adolescencia.