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Lo que significa coleccionar discos en la actualidad

Cuando viajamos en el transporte público o incluso en la calle, vemos a la gente con audífonos puestos, escuchando música a través de su aparato reproductor de elección, ya sea mp3, mp4 o celular. La digitalización de la música, que empezó en los años 90, nos permite llevar estos archivos comprimidos a donde queramos, siempre conectados con ellos, libres de la carga física y los problemas de espacio y almacenamiento.

Los bajos precios, los servicios de streaming o las descargas a través de blogs y programas permiten que la gente tenga una enorme cantidad de sonoridades completamente a su disposición. Un par de clicks nos acercan a música de cualquier parte del globo, que solo ocupará una despreciable porción de espacio dentro de la cada vez más expandible memoria de los diferentes aparatos tecnológicos actuales.

Con una situación así, que parece tan favorable, ¿Por qué volver a acercarse al tedioso vinilo, al pequeño casette y el ahora olvidado CD? ¿Por qué no quedarse con los casi infinitamente crecientes gigas de música que ocupan computadores y discos externos? Pues es cierto que, a pesar del cierre de Feria Mix y la pequeñísima zona de discos en los supermercados (con el fracaso de la pésimamente manejada venta de vinilos en Jumbo), siguen habiendo locales especializados en la música en distintos formatos físicos: vinilos de distintas pulgadas, casettes, CDs simples o en box-sets, DVDs y una que otra rareza olvidada en el tiempo.

¿Por qué en una era de híper-digitalización sigue habiendo gente empeñada en mantener formatos, redescubrir lo olvidado o adentrarse en lo que quizá no alcanzó a vivir, por muy obsoleto o poco práctico que pueda parecer? Hay una innegable conexión con la físico, con el fetiche y lo ritualístico. No es lo mismo arrastrar archivos, hacer click y ver unos archivos JPG que sacar el disco de su caja, ponerlo en el reproductor y observar el arte, el booklet y los extras. Quizá hay personas que necesitan sentir algo en las manos, distinta a la fría e insensible sensación de los archivos que reinan en la actualidad. Una vago sentir de estar más conectado con el mundo real que con la red, sobre todo si puedes adquirir un disco en un show de la banda y más aún si es una banda local, pues seguramente ahí te encontrarás con ellos mismos vendiendo.

Uno puede adelantar, pausar o retroceder fácilmente una canción en iTunes, Winamp, Spotify o YouTube. En este último ejemplo, incluso discos completos en un solo archivo. En el caso del casette, esto es un poco más complicado, y para que hablar del vinilo. Hay que insertar la aguja y escuchar un lado entero, para luego seguir hasta el otro. No se suele elegir esa canción que tanto te gusta, para luego desechar el resto del disco. Hay una especie de obligación a escuchar el álbum completo, de meterse en la experiencia de escucha y hacer que valga la pena. Al perder uno el control sobre la música, todas estas supuestas facilidades que el presente nos ofrece, la inmersión es mayor. La relación con la música se hace distinta.

A pesar de los viejos argumentos de que un CD es superior al MP3 y que ningún archivo FLAC se puede comparar al sonido del vinilo, la cosa parece ir un poco más allá de eso. La música es más que esas ondas de audio comprimidas. Los formatos físicos permiten acercarse a la música de una forma íntima, personal y no tan abierta como lo sería, quizá, un show en vivo. El tedio se transforme en ritual y los extras en pequeños premios para el que escucha. Puede que después nos preguntemos que pasará con todos esos discos acumulados, pero por mientras podemos disfrutarlos de una forma que, hasta ahora, no parece posible en el mundo de ceros y unos. Por eso los sellos y las bandas siguen sacando su material fuera de internet, para dejar una constancia de su existencia en el mundo real.

Charlie Vásquez

Producción musical // Colecciono cosas // A veces toco en bandas