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Este es el momento en que debemos conversar sobre Stranger Things

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Por x Roberto Andrés Benavente

Actualmente estamos pasando por una época en la que se opta por retomar sagas antiguas para explotarlas, una “idea pre-existente” asegura cierto éxito y el riesgo es menor, aunque siempre existen las legiones de fanáticos que critican el regreso de sus atesorados clásicos. Es gracias a esta fiebre de la añoranza que franquicias como Star Wars, Ghostbusters, Jurassic Park y Terminator vuelven a la vida en un ejercicio que quizás nunca se detenga y que incluso va más allá del cine alcanzando otras industrias creativas. Aceptémoslo, la nostalgia pega fuerte, pero no por eso vamos a dejar que nos engañen con los resultados de ciertas producciones. Quizás realmente todo tiempo pasado fue mejor.

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Dentro de toda esta atmósfera es que se origina “Stranger Things”, una serie amparada por Netflix que viene aportar su dosis de nostalgia en forma de homenaje, pero con una idea original que al mismo tiempo toma muchas influencias de la industria cinematográfica ochentera para plasmarlas de forma respetuosa y con cierta novedad. Utilizando como ambiente el pueblo ficticio de Hawkins en el año 1983, el argumento gira entorno a la misteriosa desaparición de Will Byers y la posterior búsqueda del niño, en medio de esta situación conocemos a diversos personajes empezando por el grupo de amigos que tiene Will, conformado por Dustin, Lucas y Mike estos niños son el principal foco de atención durante toda la serie, algo que replica el modelo de propuestas ochenteras con niños aventureros como “The Goonies”, ya que conscientes ante la desaparición del pequeño Will los niños se proponen buscarlo. Junto al grupo de amigos, se suman dos frentes de búsqueda: por un lado la familia Byers, compuesta por la madre Joyce y su hijo mayor Jonathan; mientras que por el otro lado tenemos la labor de investigación policial a cargo del jefe de policía Jim Hopper. Estos tres puntos son los ejes de movimiento a lo largo de la serie, una mezcla de personajes adultos e infantiles pero marcados con el sello de la década, algo que deja en evidencia la virtud que ofrece el formato episódico de la serie que permite variar el tratamiento que recibe cada factor dentro de la galería de personajes.

Durante la primera recta de episodios la serie se preocupa mucho de comunicarnos que estamos en los ‘80, algo que parece inquietante a ratos ya que se potencia la forma sobre el fondo, lo que hasta cierto punto se entiende por el reconocimiento que tiene la imagen cultural de la época y es que al estar basada en el “retro-fanservice” la propuesta podría transformarse en algo predecible, pero para suerte de los espectadores no es el caso. Una vez avanzado el argumento la serie evoluciona mejorando su funcionamiento, llegando incluso a despegar de su base nostálgica para comenzar a regirse por sus propios códigos que juegan con lo positivo de Spielberg frente a la oscuridad de Stephen King, pero que incluso va más allá de esto. “Stranger Things” es un viaje que busca cerrar un ciclo, recorrido que se nos va aclarando con pequeñas pistas que presentan el pasado de dos personajes: Eleven y Jim Hopper. Eleven es una niña encontrada por el grupo de amigos mientras buscan a Will, bautizada de esta forma por el misterioso “011” que lleva marcado en su brazo. La inclusión de este personaje agrega una nueva lógica al funcionamiento del grupo de niños junto con traer temáticas como secretos corporativos al relato, lo que se asimila bastante a una cinta de Spielberg sobre un pequeño extraterrestre.

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Existe una enorme cantidad de guiños dentro de la misma serie, pero no son azarosos, algunos aportan un complemento a la historia que estamos presenciando. Un gran ejemplo de esto es el paralelo que existe entre la desaparición de Will y la existencia de una criatura misteriosa frente las campañas de “Dungeons & Dragons” que comparten los niños, pequeños detalles que tarde o temprano se van unificando junto a la historia principal atando cabos sueltos para en la recta final fusionar los diversos elementos, transformando a la serie en una gran propuesta y demostrando que el abrazar su propia historia es el más alto logro de la creación por parte de los hermanos Duffer. Sin embargo, no podemos dejar afuera las grandes actuaciones: en primer lugar los niños que logran transmitir una amistad honesta con sus altos y bajos; sumado a esto Winona Ryder se luce en un rol poco habitual dentro de su carrera, y que a primera vista puede parecer exagerada pero su actuación cumple con reflejar la angustia y perseverancia de una madre que hará todo por encontrar a su hijo; y finalmente David Harbour interpreta de forma impecable a un policía que combate sus propios demonios del pasado.

En fin, como una amalgama de los ’80 que va desde su título hasta los textos que acompañan la entrada de la serie con acordes que pudiesen haber sido compuestos por el mismísimo John Carpenter, la serie cumple con su cuota de nostalgia que te hace extrañar las propuestas que realizaba el cine de la época, pero lo más importante es que incluso supera esta idea y va más allá de la nostalgia transformándose en una gran serie merecedora de más de un visionado.

Equipo LOUD.cl

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