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La importancia de ser Oneohtrix Point Never en el mundo de hoy

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Daniel Lopatin es uno de los productores del momento en la escena electrónica más experimental y alejada de la pista de baile a nivel mundial, tanto por su estilo de composición, como por su particular acercamiento a la composición, el cual se encarga de relacionarlos a través de una propuesta con un hilo narrativo coherente y cohesivo.  A lo largo de su carrera, si bien ha trabajado en variados proyectos (como el dúo de synthpop / weirdpop Ford&Lopatin, en colaboración con su amigo y compañero de primaria Joel Ford; o bajo el nombre de Chuck Person al lanzar el disco pionero del vaporwave Chuck Person’s Eccojams Vol.1), el que más ha logrado el éxito comercial y los halagos de la crítica ha sido su faceta solista Oneohtrix Point Never, nicho en el cual Lopatin da rienda suelta a su creatividad y deja salir sus aspiraciones, inquietudes, fantasmas y aciertos. Tanto de forma estética como ética, su propuesta es un avance y un progreso tremendo en la música electrónica de vanguardia, y replica estructuralmente lo que en los ’90 y principios de los 2000 significó la figura de Richard D. James aka Aphex Twin, pero con una frescura conceptual y sonora que sólo pudo sublimar en nuestra década.

La mención a Aphex Twin no es de gratis ni para hacer enojar gente, claro que no. La labor que Aphex Twin realizó como músico electrónico a fines de los ’80-principios de los ’90 y durante buena parte de su carrera no fue menor. Consistió en una minuciosa y sistemática recopilación de las diversas influencias de la escena electrónica de baile predominante en Inglaterra (en géneros como el jungle, el 2-step garage, el drum n’ bass, el breakcore, etc.), reinterpretarlas y presentarlas de una forma más introspectiva que bailable (de cierta forma seguía conservando esta característica aunque ya no era la principal), con una complejidad compositiva mayor y con una estética que descansara sobre el “shock value”, tanto en lo sonoro de los beats de James como en su propia imagen y proyección de lo que era como productor. Aphex Twin le dio una vuelta a lo que significaba hacer música electrónica en Inglaterra y en el mundo; años después, lo que Daniel Lopatin está haciendo no está tan lejos de aquello que en su época Richard D. James hizo.

En una era donde los grandes géneros han caído, las líneas divisorias entre los estilos se hacen cada vez más flexibles y los prejuicios frente a ellos también perecen, todos se influencian de todo. Es lo que trata de aunar Lopatin a través de su trayectoria artística y es en el punto en el que se encuentra con su magnífico álbum Garden of Delete. Criado por padres inmigrantes de la Unión Soviética profesionales de la música (su padre es musicólogo, su madre pianista y programadora) siempre quiso tener una banda de rock hasta que se dio cuenta de que sólo era un nerd, momento en el cual aceptó su condición y, sin vacilar, empezó a sumergirse en música más de “ñoño” como la colección de vinilos de free jazz que su padre tenía en la residencia Lopatin en Winthrop, Massachussetts.

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Sonoramente, Lopatin se nutre de todo lo que está a su alcance, por lo que no es raro encontrar, por ejemplo, recursos del grunge noventero o cadencias clásicas de jazz deconstruidas, pasando por piezas de piano clásicas. Sin embargo, es increíble cómo Lopatin, a la vez plasma toda su influencia reinterpretada y deconstruida, nunca deja de lado el componente transversal a ella (y a todo hoy en día), que es la tecnología, medio por el cual puedes conocer y poseer discografías enteras en cortos períodos de tiempo. Esa fugacidad mezclada con la frialdad virtual del mundo de la tecnología y el internet pero sin ese componente moralista anti-tecnología new-age barato, queda plasmado en la obra de Lopatin, porque la tecnología no es en sí misma sino que en relación con un humano, porque esa relación es orgánica, tan orgánica como apretar una tecla “Enter”. Así y todo, Lopatin suena tremendamente poderoso, industrial y esquizoide, pero es capaz de generar matices y distancias de esta violenta propuesta musical, generando sonidos delicados, refinados y muy bien pensados.

Todas estas influencias son procesadas con una sensibilidad y un relato que Lopatin a través de su historia aprendió a articular a través de ensayo y error. Es este precisamente el punto de quiebre que, a juicio de su servidor, diferencia a Lopatin de James. Al luchar contra distintos fantasmas en la propuesta de sus músicas, éstas usan distintos recursos para estas luchas. En el caso de Richard D. James, éste se preocupó de generar un gran culto a su propia imagen (que de por sí ya era distinta al estereotipo de productor electrónico británico de los ‘90), de forma irónica y tongue-in-cheek, casi emulando o replicando el shock value de su propia música. Lopatin toma distancia de este ensalzamiento de la imagen, porque toma protagonismo el valor de contar una historia; y hay algo narrativo en la música de Daniel Lopatin, especialmente en su Garden of Delete, que lo hacen un rostro importantísimo al pensar la música en el presente. Encontramos en este trabajo una articulación magistral entre los cambios bruscos y animalescos de una psiquis interna que son reproducidos a través de un cuerpo, tesis central de la pubertad y la adolescencia. Ese cuerpo que se convierte en vehículo o indicador de cambios internos grotescos pero fascinantes es de lo que se imbuyó Lopatin al crear el Garden of Delete, un trabajo que nos hace re-pensar la labor del músico electrónico en un mundo como el que vivimos. Un mundo en el que no necesito enumerar características en un artículo de una magazine virtual acerca de un musicucho estadounidense. Un mundo en el que lo que ocultamos nos fascina, pero sólo por un momento. Porque cuando los grandes relatos caen e intentamos seguir viviendo sin ellos, no pasa mucho tiempo para que los extrañemos y queramos una narración de vuelta en nuestras vidas, y eso es lo que Daniel Lopatin comprende y explota.

Diego Herrera

adorniano