LOUDclassic: Amélie de Jean-Pierre Jeunet (2001)

LOUDclassic: Amélie de Jean-Pierre Jeunet (2001)

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Escrito y compartido por Sofíaenelcine

Amélie es una chica francesa que se ha criado en un hogar prácticamente disfuncional: con carencias afectivas por parte del padre y un ambiente neurotizado por la madre. Aislada del mundo porque el padre cree que padece del corazón, cuando llega a su edad de emancipación se marcha de casa y se gana la vida como camarera en un café de Montmartre. También se dedica a soñar. Un buen día, motivada por un hallazgo accidental, decide cambiar su monótona vida, dependiendo de la reacción de un desconocido; miedosa de su propia decisión deja esta al azar. El desconocido reacciona favorablemente y ella acomete dicho cambio, ayudando a mejorar la vida de las personas de su entorno; para lo cual, sin embargo, debe castigar a uno de ellos, y también a buscar su propia felicidad: el amor del chico que le atrae. El argumento con más detalle se puede leer en este enlace.

La hermosa Audrey Tautou le da vida a este curioso personaje, que de repente se convierte en un denodado altruista. El repentino «giro copernicano» es producto de un súbito despertar, de una reacción definitiva ante su insípida y solitaria existencia, basada en pequeñas cosas como lanzar piedras a un río o adivinar cuántas personas están teniendo orgasmo en un determinado momento en la ciudad de París. Esas pequeñas cosas han sido su acicate para llevar una vida más bien contemplativa, casi monacal, en un París de ensueño y apaciguada belleza, un París decorado para hacerlo más llevadero para Amélie y de un original atractivo para el espectador. No por tratarse de «pequeñas cosas» son necesariamente despreciables; por el contrario, todos tenemos muchas de esas pequeñas cosas en nuestra vida que nos la hacen más entretenida e interesante. Los eventos sucesivos la van llevando a la consecución del más preciado estado del ser humano: amar y ser amado. Llama la atención que las cosas que hace Amélie las hace de manera creativa y divertida, en el más estricto anonimato, porque es tímida y porque le divierte hacerlo así. También nos divertimos los espectadores con esos procederes rebuscados para ir corrigiendo las cosas que ve mal y para atraer al joven con el que sueña, Nino (Mathieu Kassovitz). Este humor no parece tener parentesco con el de Jacques Tati, pero nos lo recuerda; incluso hay una similitud importante entre Amélie y el personaje Monsieur Hulot, de la cinta Mi tío: ambos dan lo mejor de sí para solventar alguna dificultad del prójimo. Y si de poesía se trata, que la tiene en cantidad, nos remite al legendario Marcel Carné.

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Este filme nos habla sobre una vida que ―paralela a nuestra vida interna― podemos vivir allá afuera, allende la coraza que impermeabiliza nuestro ser de la modernidad vertiginosa que nos envuelve y nos acota como ovejas en un corral. Este volcamiento hacia el exterior, sin adultos recelos, con la candidez de un niño, es el que puede ayudarnos a hacer de esta vida un viaje más agradable, más sosegado y más divertido. Además, gratificador cuando se ayuda a otros a salir del corral, o de esa «caverna platónica» en la que el sistema pretende mantenernos. Este filme es un canto a la vida, a la niñez y a su inocencia perdida, al hedonismo que hay tras una acción samaritana, a la trascendencia que tiene para nosotros los individuos nuestra intrahistoria, en la que ―a diferencia de la historia― caben los fantasmas, los duendes, los sueños, las «pequeñas cosas» que llenan nuestro mundo, los amigos, los vecinos, nuestro día a día, y toda clase de fantasías que nos acompañan. Así, Jean-Pierre Jeunet se aproxima a Federico Fellini, a través de la reivindicación de lo onírico y de lo circense, poesía y fino humor en un maridaje exquisito; como lo hiciera nuestro gran Aquiles Nazoa.

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La película se desarrolla con una narrativa muy original, fresca y ágil, llena de gracia, enlazando los diversos eventos de la vida de Amélie que, como nuestra vida, conforman un heterogéneo mosaico de ideas, sueños, hechos y posibilidades. El filme se disfruta como un buen vino francés, sorbo a sorbo, degustándolo. La fotografía es impresionante, de un vívido colorido que remeda las películas animadas, embebidas en infantil fantasía, como el mundo de Amélie. Más colorida que el mismo trópico, pero en pleno centro parisino. La cinematografía, las imprevisibles tomas, el guión y la forma de contar la historia, así como las actuaciones y la excelente música, la hacen una película extraordinaria, dotada con la misma juventud y lozanía de la protagonista. Si hubiera muchas Amélies es seguro que el mundo sería m