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LOUDClassic: Los Bunkers – La Culpa (2003)

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Corre el año 2003, época complicada para el rock (y la música, en general) en Chile. Radialmente el rock en Chile está en su lecho de muerte (del cual renacería tiempo después, cual fénix) y son pocos los grupos relativamente visualizados y presa del hype, entre éstos los Difuntos Correa (que lo tuvieron todo para triunfar y veamos si están sonando ahora). Creativamente también hay una crisis en esta llamada “búsqueda de identidad” del sonido chileno del siglo XXI, habiendo dejado atrás la transición de fines de siglo, de la mano de Glup! y otros íconos del rock noventero. Es la época donde, luego de dos álbumes de estudio, los penquistas de Los Bunkers alcanzarían la madurez sonora y finalizarían su proceso de búsqueda identitaria, lo que les traería un gran éxito en ventas y la amplia aprobación de la prensa especializada gracias a su trabajo de tal año, La Culpa.

Qué hace de La Culpa el gran punto álgido para la música de Los Bunkers y la malograda escena musical chilena de principios de siglo? Hacen una bien lograda armonía entre su principal influencia, el rock & roll clásico, una sensibilidad oriunda del pop y la institucionalizada a nivel país “canción bonita”, y la Nueva Canción Chilena, cristalizada en la instrumentación que va más allá de la convencional en una banda de rock & roll regular, incorporando quenas, bombos, flautas, y weás así. Con un rock sensibilizado por la influencia pop que hay detrás de las composiciones, guiños al folclor nacional y melodías con aires antes inexplorados por los nativos de Concepción, La Culpa es el disco que sobresale de entre la discografía de Los Bunkers.

Canción para Mañana es popera y lastimosa, lenta y a ratos incluso atmosférica. Con dos voces metiéndole a la melodía suave y tranquilo, casi suspirando letras, los crash de la batería llenan la pista y le dan sentido de profundidad a la canción, que sus semi-limpias guitarras no pueden llenar. El bajo, más protagonista y menos un mero marcador de acordes, viaja graciosamente por notas altas y bajas. Uno de los temas más insignes del quinteto penquista es No Me Hables de Sufrir, una canción con personalidad y desplante para decir cosas, con un deje a gran orgullo y resquemor amoroso cochino, que se plasman en las guitarras menos limpian y con más overdrive. Los teclados, con harto efecto de por medio, le dan un toque más futurista/psicodélico a la canción, aunque sólo en la medida de lo posible, ya que la estructura de canción convencional de rock & roll permanece más o menos inmutable aquí. La batería, escueta y sencilla, le pegan poco, pero fuerte. Sin embargo, esto en los coros se queda en stand-by, cuando la suavidad y tranquilidad asalta todos los planos sonoros para luego volver a la choreza, con voces armonizadas, guitarras derechamente distorsionadas y acopladas y hasta moduladores de anillo entre medio. Ya suena No Necesito Pensar, una canción de alma y espíritu lento y melancólico, pero que pareciera ser que la batería, medio impaciente, quiere apurarle el paso con harto crash entre bombos y cajas. Con acordes algo bipolares (indiscriminadamente se intercambian entre mayores y menores) el bajo los acompaña, haciendo notas octavadas incluso en el estribillo, donde la voz, que hasta ese entonces había estado en plan depre tipo-Jeff Tweedy,  agarra vuelo, alma y pasión acompañada de coros en falsetto, sucedidos por un solo de guitarra bastante melódico, saturado y expresivo., que se continuado hacia el final de la canción en un último estertor acoplado. Cura de Espanto deja sonar toda la influencia de la emblemática banda también penquista Los Tres con algunas reminiscencias de los británicos Blur, con sus acordes algo limpios, fuertemente atacados y acordes aquintados y sobrios, que marcan el mismo ritmo baterístico mientras la voz, más que cantar, se dedica a pseudogritar (hay esqueleto melódico detrás) la letra, frenética y recordando al hit de Los Tres, Bolsa de Mareo. En el coro, el teclado hace una melodía más jovial mientras los gritos tribales y casi de hueveo de la banda detrás dan el vamos a un solo de guitarra sonoramente con perso. Lo que viene se llama Dios No Sabe Perder, con una primera impresión muy similar a la del ending del exquisito animé Cowboy Bebop, The Real Folk Blues. Guitarras acústicas, una batería tímida y un bajo potente y simple son esqueleto de una melodía tocada por una guitarra eléctrica distorsionada y cochina, lo que luego desaparece para que la voz tome protagonismo junto al piano eléctrico. La melodía vocal del coro deja cristalizada de muy buena manera el espectro e intención del concepto “canción bonita”, más tradicional y típicamente chilena. Intermedios con solos de guitarra y, luego de teclado, se dejan escuchar entre coros y estrofas para dar un pase más elaborado, aunque menos espontáneo, entre parte y parte. La batería toma confianza desde la mitad de la canción y deja su timidez de lado. Culpable parte con una voz suavizada, lastimosa, cantando una melodía menor y acompañada con guitarras, una eléctrica y pasada por el terrible trémolo, y otra acústica. Llegado el segundo tercio de la canción, las influencias folclóricas salen a flote con un bombo tradicional haciendo el trabajo de percusión, y otros instrumentos de cuerda del folklore nacional junto a flautas dulces y quenas.

En la línea de las influencias folklóricas, lo que viene es un notable, emotivo e intenso cover a La Exiliada del Sur, canción compuesta por los gigantes Violeta Parra y Patricio Manns, que el quinteto intenta interpretar con una mixtura de instrumentación rock-convencional y tradicional-folclórica, haciendo de la canción una experiencia cuasi-catártica. El Día Feliz encapsula de alguna manera el antiguo espíritu de Los Bunkers, tomando el cariz pop utilizado en sus lanzamientos anteriores, Canción de Lejos y su debut homónimo. Con un aire para nada lastimero ni depresivo, el tono cálido y brillante de las guitarras, la alternancia crash/hi-hat del marcado de la batería y las notas altas del bajo pavimentan camino de las voces, melódicas y octavadas. En la mitad del tema, al unirse un pequeño solo, melodías de teclado empiezan a aparecer y hacer un juego pregunta/respuesta con las voces. El Festín De Los Demás, de letras con temática ligeramente contestataria, deja un aire muy de canción-fogata aclimatada con instrumentación de rock completa, con melodías pegadas, acordes furiosos aunque brillantes, melodías de teclado llenas de júbilo y bajos intensos y simples. Qué gran tema es Mariposa, que se nos muestra como una balada lenta bastante experimental y atmosférica viniendo de los penquistas, con harto efecto a través de las guitarras que van haciendo multitud de acordes, baterías calmadas, y una voz tranquila, con hartas notas altas y sostenidas. El piano eléctrico aporta a la atmósfera con su característico sonido mientras la voz se deja llevar en el coro. Otro flashback a los trabajos anteriores de Los Bunkers nos llega con Mira lo que Dicen Sobre Nuestro Amor, con harto acorde mayor y mucho golpe de caja en la batería. Las notas de la voz también se mueven en un registro más o menos alto, cuando un solo de guitarra pasado por cualquier efecto parece luego liberarse y limpiarse de todo, para hacer un juego de estímulo/respuesta con el teclado y que vuelva la estrofa. Última Canción, al contrario del tema anterior, parece adentrarse un paso adelante en la carrera discográfica de Los Bunkers, dando los primeros pasos constitutivos de lo que sería su próxima placa, Vida de Perros. Con un deje emotivo más depresivo, un tempo más lento y calmado y letras poéticamente más oscuras, este tema está atravesado diametralmente por el teclado como esqueleto de la canción.

Eso, por ahora. Se tiende a ver la música pasada como algo más que superado, lo que tiende a banalizar a las bandas relativamente “antiguas” (o, mínimo, las de nuestra generación), algo que, en algunos casos, puede ser bastante “retrocista”. El caso de Los Bunkers con La Culpa es uno de ellos. Dele una nueva escuchada a lo que parece cristalizar el espíritu del rock chileno radiado los primeros 5 años del nuevo siglo y encontrará más de una sorpresa.

Diego Herrera

adorniano