Adiós Walter White: Un repaso al capitulo final de Breaking Bad

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Compartido y escrito por Entuserieolamia

Hace unos minutos que los últimos acordes de baby blue languidecieron para dar paso a la banda sonora de la serie, que marcaba el final de Breaking Bad. Una sintonía breve, conocida y reconocible, placentera, como Walt, pero a la vez intensa, aguda y desgarradora, como Heisenberg.

La dualidad, la doble personalidad que a todos nos acompaña, el ying y el yang, el querer y el deber, la pasión y la razón, han marcado estos seis años para todos sus espectadores.

En estos momentos en que la sensación de euforia y satisfacción todavía no me ha abandonado, creo que es el momento en que puedo escribir el sentimiento que me ha producido esta serie con mayor verosimilitud.

Como todas las grandes pasiones la serie y yo no tuvimos un comienzo sencillo, pero poco a poco, la fuerte atracción exterior que me producía la serie (siempre he dicho que visualmente es sin duda la mejor serie que se ha producido) fue vencida por su vertiente más personal.

Aprovechando el concepto de relato episódico como nadie, Vince Gilligan nos ha permitido ser testigos de la metamorfosis de un hombre en un monstruo; sin luna llena, ni picaduras radioactivas, solo a través de la acción de los elementos existentes a su alrededor.

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Como si de una reacción química se tratase, para realizar el experimento solo era necesario un cuerpo (Walter White) sometido al contacto con otros cuerpos (fuesen de signo positivo como Hank, Marie o Gretchen y Elliot Schwartz o negativo como Tuco y Héctor Salamanca, Gus Fring, Mike, Lydia o Todd). Dicho contacto debía, para obtener la reacción buscada, someterse a unas determinadas condiciones de temperatura, humedad y presión, (el abrasador desierto de Alburqueque con la muerte en los talones y nada que perder).

Tras lanzar el experimento únicamente nos restaba sentarnos a observar los cambios sufridos en el sujeto cero. Era abrumador observar cómo, paulatinamente, su piedad se reducía, aumentaba milagrosamente su capacidad para la mentira y la extorsión y a la vez sus capacidades psíquicas aumentaban exponencialmente para urdir planes que le sacasen del más inverosímil y desquiciante atolladero. Como ya comenté en un post anterior con las condiciones y los componentes adecuados se puede convertir a cualquiera en un super hombre, prácticamente en un Dios.

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Y en eso se convirtió Walt, en un semi  Dios, adorado por los malvados, temido por los esbirros, odiado por los que le amaban. Hasta no tiene problema en hablar con el otro Dios, un colega, para que le “eche una mano” y le ayude a volver a casa.

Pero este Dios tenía una enfermedad humana. El cáncer era clara alegoría al mal que corría sus entrañas, al horror que generaba con sus acciones. Él estaba en el negocio de crear un imperio y por fin hoy, tras 62 episodios lo reconoció. Lo hizo por si mismo, le hacía sentirse vivo. El Dios se humanizaba, cuando el hombre se endiosaba.

La cabaña de New Hampshire fue el envoltorio de seda en que tuvo lugar la fase final de su mutación definitiva. Únicamente faltaba el llamado de la madre naturaleza que le obligase a salir, y de forma perfectamente sincronizada, las sutiles palabras de Gretchen Schwartz fueron su canto de sirena hacia el lado oscuro. “Era un hombre dulce”. No, Gretchen, ese hombre ya no existía, había muerto y lo poco que quedaba de él fue enterrado con Hank en unas coordenadas cualquiera bajo el polvo del desierto.

El fantasma de Walt dejó finalmente de acosar a Heisenberg y éste salió a la luz, por última vez, para completar de forma irrevocable y definitiva su legado. Él y solo él decidiría su final. Tomando las riendas de su demacrada montura hiló el plan definitivo. Atando todos los cabos de forma sistemática y enfermiza, formuló una estrategia que permitiese ir soltando lastre para llegar sin nada que perder, ni un dólar en el bolsillo por el que pelear, a la batalla final, la que le enfrentaría con su propia creación. Jesse Pinkman.

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Así se liberó del reloj que éste le había regalado, como símbolo de su relación con Walt. Logró destruir la jovial vida de los Schwartz dejándoles un encargo lo suficientemente siniestro y aterrador como para impregnar de angustia su inmediata existencia. Por último dejo un dulce regalo a Lydia.**

**No me resisto a contar esta anécdota. Como fanática de la sacarina que soy, yo también tomo Stevia. El otro día mientras me preparaba el café me vino un flashazo. Walter iba a poner el ricino en un sobre para Lydia. Era tan meticulosa que sabía que no tomaría ningún otro edulcorante en su manzanilla. Se lo conté a mi querido amigo Ernesto, en una de nuestras eternas conversaciones sobre Breaking Bad y me dijo que no podía ser. Ahora espero un comentario reconociendo mi acierto. Espero encontrarlo en breve.

Por último, como rito antes de la batalla, Heisenberg concedió a Walt un deseo de moribundo, ver a sus hijos antes de morir, al indefenso de cerca, al traidor desde la barrera, y se concedió también un deseo a si mismo. Romper el tabú en el que basó su gran mentira, y revelar a Skyler (y a si mismo) sus autenticas motivaciones.

Es fue su recompensa. Su premio. Decir la verdad. Una verdad disuelta en un océano de mentiras, una verdad susurrada en la penunbra de una cocina, en la intimidad del matrimonio hundido, en la libertad de saber que se acercaba el final.

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Sin una conciencia que llevar a rastras, se lanzó de cabeza a su final, sin miedo a morir, Walt ya estaba muerto, y Heisenberg extenuado. El plan estaba perfectamente trazado, pero, como siempre, a ojos de un hombre calculador, el resto de sujetos no funcionó conforme a las leyes de la lógica. En vez de encontrar a un Pinkman poderoso, a sus pies apareció un Jesse postrado. Al observar su sufrimiento, encerrado durante meses (igual que él), vio en sus ojos el producto de sus actos, y se reencontró con su amigo, con su colega, con su hijo. Y una vez más su ira se disipó. Hasta Heisenberg tenía una debilidad, y era Jesse.

Y un segundo antes de desatar el infierno de balas, hizo su última acción a favor de Pinkman, no se si desinteresada o no. Quizás no quería a nadie llamándole Bitch durante toda la eternidad. El tío Jack no tuvo tanta suerte.

Pero Jesse no lo agradeció. Tras innumerables palizas, traumas, secuestros y novias muertas, por primera vez tuvo oportunidad de vengarse de Walt, pero mantuvo su palabra de no volver a obedecerle jamás; así viendo que su mentor deseaba morir, decidió negarle su último deseo. Demasiada muerte en sus manos.

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Bueno, siempre quedaba hueco para uno más, y Jesse utilizó sus escasas fuerzas para arrancar el aire de los pulmones de Todd; no solo por sus pecados, sino como personificación de todos los hombres que habían abusado de él. Jesse libró la batalla del niño acosado en el colegio, de la mujer golpeada, del trabajador explotado, y se libró del abusón para siempre. Y en ese momento todos disfrutamos, porque todos hemos sido Jesse alguna vez, y todos quisimos venganza. Podía haberlo hecho con Walt, pero en el fondo, no es sencillo matar al padre.

Tras la dulce huida de Jesse, y la jactanciosa conversación con Lydia (ese politono molón de móvil) Walt, herido de muerte con sus propias balas (aquí el concepto fuego amigo no es válido cuando uno termina odiándose y amándose tanto a si mismo), debía encontrar las verdes praderas en las que agotar sus últimos momentos en la tierra. Y las encontró. En medio del inhóspito paisaje desértico, Walt y Heisenberg se reencontraron en su particular monte EliseoSolo eres un Dios si estás en la cima de tu montaña, y la de Walt había brotado de la fusión del vidrio, el metal y la inteligencia humana.

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Su Shangri-la particular estaba a tan solo unos renqueantes pasos. Sus árboles frutales fueron los viales, sus arroyos los alambiques y su templo el bruñido recipiente en el cual vio su rostro reflejado por última vez, ese rostro desgastado y anémico, destruido por mil y un pecados contra el cielo, y por primera vez, vio su alma asomando a través de sus agonizantes ojos, un alma sesgada por la ambición y la soberbia. Pero ya no importaba. Skyler era libre, sus hijos eran libres, Jesse era libre, pero sobre todo él era libre, un hombre libre muriendo en el lugar en el que había sido un Dios. Todo había terminado, todo estaba bien.

Descansa para siempre Walter, cuida de él, Heisenberg, nosotros no os olvidaremos, y seréis por siempre recordados. Larga vida al rey. Y a su alargada y tenebrosa sombra.

Gracias Vince, gracias por todo

Nos vemos en tu serie o en la mía.