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Shinsei Kamattechan – Tomodachi o Koroshite Made

Tal cual sucedió este año con la suerte del hip hop a cargo de  los sintetizadores  del Witch House; o esa aparición repentina del folk con el synth Pop. En el país del sol naciente, la escena del indie japonés cada vez sufre una metamorfosis en escalabro, en donde la fusión definida no importa mucho, sino el impacto en sus videos; el rupturismo y  la provocación de sus letras y el choque de percepción hacia el público. Por ello, el ruido resulta una especie de adoración; un culto a la fuerza esquizofrénica y a la desafinación.  Si los Sex Pistols fueron famosos sin saber tocar o cantar algo, los Shinkei Kamattechan surten su virtud en base a la imperfección, rayando en el máximo desorden y el poco entendimiento. Razones que rayan en el extremo y evocaron una adoración a la subjetividad: el ruido de unos es la melodía de otros.

El disco posee una constante y es sentir una melodía agónica, como si un niño de 4 años quisiese representar un dibujo y en él, proyectar una visión propia. En esa misma sintonía perturbadora se manifiesta el primer track “Rokkunrōru wa nari yamana i~tsu” con un piano esperanzador, de sutileza inocente y una voz carrasposa; Penteru y Shinitai kisetsu siguen el mismo recorrido, con la diferencia de contener coros de niños en una amalgama noise rockera. Luego en 23-Sai no natsuyasumi se desmebra parte de una canción alentadora, con letras hablando de perturbaciones; Gakkō ni ikitakunai usa al ruido como una base y en punta de una niña gritando, provocando en la desesperación “una nueva oda de baile”. Si una película de Takashi Miike presumiera de profundizar e interiorizar parajes, tiempos y compases, se teñiría de este trío de canciones al desperdicio, la basura y lo fatal: Yu ̄ rei mi ma, Chiritori y un secret track.

Lo hermoso en esta placa resulta todo lo contrario a lo establecido; si el dolor engendra sufrimiento en el colectivo, la pena enfunda vacío y lo extraño es de temer, en este colectivo de japoneses resulta toda una paradoja. El dolor es excitación; la pena es el pálpito del sentir y lo extraño se manifiesta en ser parte de una adoración y pertenencia. Patas para arriba. Viva la cacofonía.

Cristian Poblete

I'm Danny Brown and Ryan Gosling. Primer Hokage en pueblo ruidoso