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Clint Eastwood: Bueno, malo, republicano

Ambos logran el mismo efecto, la risa maliciosa. Pero existen a lo menos dos diferencias esenciales entre los monólogos de Tina Fey parodiando a Sarah Palin en SNL, durante la campaña presidencial norteamericana del 2008 y la suerte de imitación de Clint Eastwood a… él mismo en la presentación en sociedad de Mitt Romney como el candidato republicano para la Casa Blanca en las próximas elecciones. La creadora de 30 Rock no solo ridiculizaba la explícita ignorancia de Palin sino que, ocupando prácticamente los mismos dichos de la gobernadora de Alaska —exagerados solo un poco— ponía sobre la mesa la superficialidad con que el ala derecha se tomaba un cargo tan importante como la vicepresidencia al proclamar una figura que tenía únicamente  a su favor un dudoso sentido del carisma. El caso de Eastwood es muy distinto: es una marca registrada en el mundo de la industria cinematográfica y su “autoimitación” no afecta particularmente su leyenda. Además, no está postulando a ningún cargo y su presencia en la ceremonia tiene mayor relación con la opinión de un ciudadano participativo.

La segunda diferencia es la más impactante: el monólogo de Eastwood, comparado con el de Fey, fue vergonzoso y aburrido. Y lo peor, no era paródico.

Aunque mucho más interesante que cualquiera de esas idiotas presentaciones de los stand-up chilenos, la performance del director de 82 años fue horrorosa. Vociferaciones efectistas sobre el empleo, una puesta en escena intragable — ¡Clint hablándole a un Obama invisible en una silla!— o unas peligrosas salidas populistas que ponen en escena pública más defectos que virtudes del candidato: “necesitamos a un hombre de negocios” (¿dónde he escuchado eso antes?) hacían que los 11 minutos de la presentación pareciesen eternos. La únicas dos partes de verdadera comedia voluntaria fueron las referencias a la cultura popular cuando señaló, irónico, que Hollywood estaba “a la izquierda de Lenin” o la mención al llanto de Oprah (la todopoderosa emperatriz televisiva estadounidense) durante la elección de Obama, una verdadera provocación a las convenciones de un país con un raro sentido de lo políticamente correcto.

Las inclinaciones ideológicas de Eastwood nunca han estado ocultas. En plena Guerra Fría, el actor de Harry el sucio expuso su simpatía por Richard Nixon sin pucheros. Republicano de toda la vida, en 1986 fue elegido alcalde de Carmel, la ciudad donde solía vivir, pero se retiró apenas dos años después para continuar en sus diversas labores cinematográficas. Sin embargo, su conservadurismo no comulga con los dogmas. En el ejemplar de octubre 2011 de la revista CQ, expone su punto de vista sobre el matrimonio homosexual: “Esas personas que se hacen problemas con el matrimonio gay, ¡me importa una mierda quién se case con quién! ¿Por qué debería? (…) y les da con la pendejería de la santidad, ¡no me importa nada esa mierda de santidad! Solo denles la oportunidad de tener la vida que quieran.” En 1990, en Interview Magazine, también entrega señales muy directas sobre su postura frente a la sociedad: “Crecí con la actitud del ‘vive y deja vivir’ (…) me gustaría que me entendieran como un liberal libertario, que no se mete con los demás y no los molesta en sus asuntos.” Además, cuesta olvidar la delicada pero consistente respuesta al dilema de la eutanasia en Million Dollar Baby que, si bien una ficción no tiene por qué reproducir la opinión de los realizadores, es parte de una continuidad en el historial de Eastwood, pretendida o no, con los ideales que profiere.

Además del actor, ¿qué tienen en común el Hombre sin Nombre de los spaghetti westerns, Harry Callahan, el criminal que busca redención en Los imperdonables o el viejo gruñón que todavía tiene algo que contar en El Gran Torino? Son hombres solitarios, con un profundo sentido de la ley que, sin embargo, muy pocas veces es tangente con la justicia de sus respectivos mundos. Se mandan solos, algo que en teoría el pensamiento conservador defiende. Y la leyenda del cine ha construido con ellos una iconografía que precede incluso a la fama de las películas. El mejor ejemplo de esa convicción debe ser Kelley’s Heroes (Brian G. Hutton, 1970). El actor hace de un soldado norteamericano en plena Segunda Guerra Mundial donde su único norte es encontrar un tesoro nazi y desaparecer. Una actitud cínica, exagerada para graficar el argumento, pero consecuente con la moral individualista que suelen seguir sus personajes.

De acuerdo a esa línea, el espaldarazo público al mormón Romney suena desacertado. No denomino al candidato con su religión por un capricho: él ocupa sus creencias asiduamente como una estrategia política en un país donde la libertad de culto está garantizada por sobre imposiciones o apologías. Además, tiende a dar declaraciones muy poco amigables, como entender una reforma en el sistema de salud norteamericana en el mismo tono de una medida socialista. Por si fuera poco, es el favorito del Tea Party, esa fracción republicana fanática del creacionismo, extravagancia con fe ciega en la biblia como libro rigurosamente histórico. El crítico Rogert Elbert consideró la intervención del director como algo “triste y patético”, aclarando que Eastwood es su héroe y que no necesitaba hacerse eso. Es probable que tenga razón, así como (para no cargar la mano a un solo lado) también es posible que Morrissey no utilice su polera de Obama en los próximos conciertos, después de cuatro años donde la retirada de las tropas de Irak y Afganistán ha sido lenta y errática, o la mayor reforma constitucional para controlar la tenencia de armas sea el comentario “pucha, qué mala está la cosa” en los pasillos de la Casa Blanca. Sin contar con que US, la potencia más grande del mundo como lo conocemos, estuvo a punto de quebrar. Y el cantante de Manchester no será el único en demorarse en decidir si dar su apoyo otra vez al hombre que, a lo menos, lo decepcionó. En ninguno de los dos casos cambia la opinión generalizada de estas figuras pop, pero queda en el aire si la línea que divide el entusiasmo mediático con la reflexión pausada deba ser un experimento de laboratorio frente a todos.

Basta revisar por encimita las relaciones entre arte y política para darse cuenta que la cosa no es tan sencilla. Algunos casos extremos: Leni Riefenstahl realizó maravillosos documentales que fueron utilizados explícitamente como propaganda nazi; sin Lenin y su entendimiento de las películas como arte social, el cine soviético jamás hubiese existido; el futurismo, la vanguardia de arte italiana, llegó a ser utilizada como uno de los marcos teóricos del fascismo. En el Clint Eastwood-Gate las cosas no están ni cerca de esa radicalidad. La distancia entre la teoría que defiende el director-actor y su lamentable manera de intromisión en la esfera política es el gran problema. Lo mínimo que se le pide a una leyenda es sensatez en la conciencia de sí misma, que su trabajo de años sea respetado por él mismo. Lo reprobable no es la adhesión a una causa, sino un olvido inaceptable para un hombre de arte: no da lo mismo cómo se exponen las ideas. Ni en política, ni en el cine, ni en nada.