El shock y la violencia como propuesta estética: capitalismo del terror y arte

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El otro día vi este documental de la Naomi Klein, La Doctrina del Shock: bien atingente a la realidad chilena y que espero todos podamos ver alguna vez. Sin embargo, algo al principio de este documental me hizo mucho ruido como buen estudiante de psicología que sueña con alguna vez presenciar la desaparición de la psicología (y del capitalismo y el estado, pero eso es para otro especial): las terapias de shock efectuadas sobre pacientes y sus efectos.

¿Qué onda con estos experimentos? Un doctor gringo descubrió, mediante un programa experimental financiado por el gobierno de USA, que a personas a las que se les era sometidas a violencia y shock, léase choques eléctricos, golpes, desorientación, frío, hambre, etc., era demasiado fácil “borrar” su memoria e implantar recuerdos y pensamientos nuevos en sus mentes, algo así como no recordando por represión y absorbiendo pasivamente cualquier cosa, aferrándose a algo mejor que el pasado al que se asocia el shock y la violencia. Esto es exactamente lo que pasaría durante la Borrachera Militar, donde nuestro país, luego de constante terror y violencia de estado por parte del Pinoshé, implementaría el sistema neoliberal sin ningún problema ni resistencia social. Facilidad a la hora de borrar un proyecto y una historia construida en comunidad mediante el hambre (bloqueo económico), terror (persecución), represión ideológica (ilegalidad de la izquierda) y violencia (tortura y ejecución); y facilidad también al instaurar un proyecto económico basado en el libre-mercado, el énfasis en la despolitización y el individualismo.

Ya weón, está bien, pero qué tiene que ver con la música???

Con la música y el arte pasa distinto, mis guachxs. Podemos ver que en los experimentos de los colegas en USA, en las borracheras militares de Chile y Argentina y en lo que está pasando en Afganistán e Irak, donde el shock y la violencia es concreta, nuestro asunto se divide en dos partes: primero, la fase de exposición al shock y luego la parte donde viene toda la “manipulación” que tiene implicancias políticas, económicas, culturales, bla, bla, en resumen, queda la cagá. Pero bien separadas las fases entre una y otra. En la música, el cine, la literatura, qué se yo de etcéteras, pareciera que las dos fases van unidas y son indisociables: el sólo hecho de presentarnos algo en forma y/o contenido chocante pareciera presentar y provocar una fascinación casi intrínseca a eso. Alguien puede explicar por qué le gusta el cine gore? Por qué a algunos nos gusta la poesía maldita, grotesca y bizarra? Y por qué lo musicalmente intenso es algo siempre atractivo?

Me parece que la intensidad, el shock violento de unos beats enajenados y la voz de un loco gritándote weás por los audífonos, ver escenas sangrientas y violentas a color o en blanco y negro, leer palabras de miseria, dolor y decadencia hacen de ambos fin y medio en el arte: quiebran todo esquema anterior de belleza estética, paradigma de creación, grabación o composición establecido anteriormente y que son parte del amplio bagaje colectivo cultural de “lo pop” pero sin pecar de soberbia al intentar establecerse como “el nuevo pop”, simplemente como un llamado de atención para hacer notar su existencia, como un combo en la cara y decir “aquí estoy yo po, loco”. Precisamente haciendo lo mismo que el shock físico en el proyecto neoliberal: “despolitizando” las discusiones acerca de lo estéticamente bello. ¿Es esto malo, como sí lo es la falta de discusión política en el neoliberalismo de mercado? No lo creo que sea tan así, en vista de que tal incuestionamiento a las milenarias discusiones acerca de la belleza sólo se ven suspendidas en la obra de arte en cuestión.

Otra salvedad acerca de ambos shocks (artístico y real) es que en el artístico se puede obviar si algo te shockea. No toda la gente que escucha Fantômas se convierte al fantômasismo y se puede escoger entre seguir escuchando o no, así como a mucha gente le disgusta y se declara reticente a su música; sin embargo, el efecto del shock es innegable, no es algo que pase desapercibido. Si no, creo que todos seríamos fanáticos de la vanguardia, lo que deveniría en un horrible fascismo (algo que a mi juicio pasa en el shock real, donde lo implantado es regla).

En conclusión, el arte usa el shock y la violencia como fin y medio, en una crítica organizada a lo establecido sin intentar devenir en fascismo pero que instaura la diversidad en el plano artístico, dando entender que “hay más cosas más allá del mar” (a lo Digimon Adventure). Nos gusta la poesía maldita, el cine gore, el noise, no porque de verdad lo comprendamos en su totalidad, pero sí porque lo aceptamos, nos empapamos de ello y nos fascina, nos deja tiritones y desorientados, pero con ganas de más. A todos nos encantan las excepciones a la regla. Si no nos gusta, es muy probable que nos cause desagrado, pero no va a pasar piola.