Matanza – DubAmerica, baila Los Andes

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La escena musical chilena hace ya harto rato que se diversificó y salió del viejo paradigma de tener que ser siempre una banda de rock o una cantante pop para poder triunfar o para derechamente hacer música de calidad. Matanza son la clara ejemplificación del quiebre de este arquetipo, un trío de DJs que se ha dedicado a fusionar la cultura electrónica tradicional occidental del house, rave, electrodub y otros, con el legado cultural andino y altiplánico latinoamericano; a modo de acercar al joven chileno alternativo que gusta de lo electro-pop a lo que es nuestro propio bagaje cultural acerca de nuestros pueblos originarios nortinos, su música y sus patrones culturales.

Matanza decide subir su disco debut a lo que llamamos ciberespacio hace unos días, trabajo que se titula DubAmerica y que también es el debut del sello discográfico Levante, un acierto en lo que es el avance de la música chilena y su conexión con el propio folklore latinoamericano. Un sonido forjado sobre una base electrónica da lugar a una performance de variados instrumentos latinoamericanos (que no son ocultados en sus presentaciones en vivo) que, de forma rica y expansiva, se fusiona con los elementos house y la estructura más o menos pop de hacer música electrónica. Una estética muy similar a las presentaciones del colectivo musical-artístico uruguayo-argentino Bajofondo, que mezclan tango tradicional de la zona de Río de la Plata con elementos electro-house.

DubAmerica da inicio al vacilón con “La Partida”, canción que demuestra su crecimiento en intensidad, con un inicio de arpegios sintetizados y loops secuenciados que arman el ritmo de la pieza a medida que se le suman cada vez más elementos sonoros, como un bajo, una tratada y lastimera voz y una brillante quena, característica de la música andina. Innumerables percusiones son el esqueleto de una pieza que fluye impasible como un río hasta su desembocadura en “Ícaro”, un tema que parte con un pegajoso ritmo sincopado al que se le agregan etéreos e inquietantes sintetizadores. Gritos tribales y charangos acompañan a la pieza de corte agresivo y casi como un canto antes de una batalla inter-tribu. “Antigua América” es lo que sigue, que inicia con un loop en repetición de una canción andina a través de un flanger que muta en una base de house con mucho punch para luego reanudar el loop inicial sin repetición, siguiendo el curso natural de la canción original, para luego desencadenar en un solo de quena con multitud de loops percusivos y una base secuenciada, que luego se sigue con solos de piano y guitarra eléctrica. “Chichera” es el tema n°4 y su inicio va en crescendo, empezando con un par de percusiones y unos tenues acordes de sintetizador, que encuentran su ritmo siguiendo de cerca una línea de batería secuenciada. Una quena que se alterna con una phaseada y tratada voz masculina juegan a un pregunta-respuesta mientras todo lo anterior suena detrás hasta que la voz se esclarece y canta a destajo, acompañada de cerca por un charango y una armonía de sí misma. Continuamos con “Tiembla”, una canción que comienza con un lento beat acompañado de una protagónica melodía tocada en zampoña que se ve desplazada por la característica voz de Roberto Márquez, el legendario vocalista de la banda andina chilena, Illapu, que destaca sobre la base y la zampoña con su característico timbre y sus dobletrackeadas armonías.

El disco continúa con la canción titulada “Cuyén”, un tema con un característico beat de fondo y una figura de sintetizador de frecuencia baja que se repite. Una onda sinusoidal intenta emular el sonido de algún instrumento de viento andino cada cierto tiempo, haciéndolo sorprendentemente bien, y luego se ve acompañada de kultrunes y trutrucas mapuches. Lo que sigue se llama precisamente “Los Mapuches”, una pieza que parte con un beat simple de bombo/hi-hat algo lento, al cual se le van sumando numerosos elementos percusivos y que luego se ven opacados por un instrumento de viento y una melodía que se pierde en un largo sustain. Ondas de ruido y aplausos van acompañando a la antigua base, a la cual un solo de quena conduce a un nuevo beat más dancepop. Empieza “Las Indias” con un loop de una tratada voz femenina casi tribal junto a ruidosas ondas y un simple beat de batería electrónica, que es escoltado por melodías de diversas marimbas electrónicas. Cerca de la mitad la batería se torna más secante y agresiva, y una quena hace su aparición estelar en un loop repetido durante un tiempo, para luego mutar en un ritmo más sincopado y cercano al nuevo movimiento de cumbia tribalera. El track n°9 es “Paloma”, que inicia con unas festivas y abundantes percusiones que reflejan las fiestas sincréticas del Norte Grande, que invitan al oyente a hacerse parte del carnaval; luego muta en un ritmo repetitivo muy house. Intermitentes loops de una audiencia rugiendo al unísono aparecen de forma etérea a través de la canción. Entramos en recta final con “Maldición Malinche”, que se caracteriza por un magnético beat que hace que tu cabeza tenga vida propia y empiece a moverse hacia adelante y hacia atrás. Un loop en repetición de lo que parece ser una flauta le da suspenso a la canción hasta que desencadena en un etéreo pasaje que lleva el ritmo con maracas, baterías electrónicas, sintetizadores, quenas y aplausos. Una ritual y dolora voz femenina aparece cerca de la mitad de la canción, que la conduce hacia sus últimos estertores, afirmándola y haciéndola menos etérea y más corpórea, siguiendo el beat hasta su extinción.

Una experimentación que da un resultado exquisito para el oído es lo que nos entregan Matanza en su disco debut, que sin duda alguna puede seguir explotándose, abriendo el abanico de posibilidades de Matanza de seguir experimentando entre otros estilos folklóricos tanto andinos como de otra parte de Latinoamérica. Estaremos expectantes a lo que nos puedan seguir ofreciendo este trío.