St. Vincent & David Byrne – Love this Giant (2012)

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Dama y Obrero

Por Jorge González San Martín

El álbum anterior de David Byrne —Here lies love, 2010 — resultó una labor que, como dicen los millonarios en las películas cuando necesitan urgencia en algo ilegal, no estimó en gastos. Con un total desprecio por la economía de recursos, junto a Fat Boy Slim armó un indefinible homenaje/ópera pop electrónico/experimento elefantiásico protagonizado argumentalmente por Imelda Marcos, la famosa esposa del dictador filipino Ferdinand Marcos. En este menjurje ambicioso e irregular —Fat Boy Slim no se caracteriza puntualmente por su versatilidad melódica — sobresalía una particularidad virtuosa: cada canción era interpretada por una cantante distinta, que representaba una voz distinta de Imelda. Y entre esas voces, había una que llamaba más la atención, una figura pop que consigue el halago de la crítica especializada en la misma aclamación que el aprecio del auditor agudamente receptivo. Esa colaboración era la de Cindy Lauper.

Ah, y también estaba St. Vincent.

Annie Clark, también conocida como St. Vincent, tiene igualmente un prontuario muy especial de trabajos colectivos. Participó en ese conglomerado llamado Polyphonic Spree, fue guitarrista de Sufjan Stevens, compuso con Bon Iver una canción para la banda sonora de Crepúsculo y ha hecho cameos en series como Portlandia y Gossip Girl. Cuando Annie conoció a David expusieron su mutua admiración profesional, y como ambos no son del tipo de personas que prometen y no cumplen, decidieron hacer un disco juntos que no quedó, afortunadamente, en las puras intenciones. Love this Giant es un trabajo muy entretenido, donde los talentos del fundador de Talking Heads y la cara más adorable de la música independiente juegan, se mezclan, se respetan y se vuelven a mezclar, con la cabeza puesta en el asombro y el desafío, pero siempre con el pop accesible como dirección.

En su primer disco como St. Vincent, Marry Me (2007), la cantante texana había dejado claro su sofisticado gusto por los arreglos musicales de vientos. De la misma forma con que hace parecer tan fácil complicadísimos ejercicios de guitarra, también en las partituras para trompetas o saxofón se cuentan esos mismo malabares que, siempre al servicio de la melodía principal, no se agigantaban en demostrativos alardes torpes. Para su tercer disco, Strange Mercy, la multiinstrumentista confesaba que prácticamente todo su material se componía ahora digitalmente, como un niño que se cansó de su destreza en un juego particular para aventurarse en otros que no domina que pero despiertan de mejor forma su imaginación. Sin embargo, la inquietud no desaparece y esos arreglos juguetones siempre vuelven. Y se llevan muy bien con el sentido del ritmo del inglés, que ha superado hace años el título de world music (ese imprecisa clasificación racista que echa en el mismo saco a toda la música no anglosajona) para manifestarse como un estilo verdaderamente propio, esa búsqueda desprejuiciada de baile latino emprendida por un blanco británico.

En algunas canciones es divertido imaginar a estos dos nativos de países primermundistas intentar moverse de acuerdo a los compases festivos de su música, como en “The one who broke your heart”. De hecho, en el video del primer single promocional, “Who”, ese deseo se cumple y vemos a Byrne intentando enseñarle sus famoso pasos de baile tipo C3PO a Annie, después de tener la poca deferencia de atropellarla por manejar borracho. “Who” es una canción semi-jamaiquina donde Byrne busca alguien con quien compartir el taxi, mientras que Annie se pregunta dónde estará “el hombre honesto”. El tono general del disco tiene en la fascinación por las melodías amables, los arreglos complejos de viento y sutiles pistas electrónicas como principal fuente alimenticia. Cinco de los temas son interpretados por Annie Clark, cuatro por David Byrne y tres en conjunto. “Ice age” y “Optimistic” son las más parecidas a la carrera solista de St. Vincent. Esta última es una melancólica canción que comienza con un órgano evocador a iglesia, sigue con una pista hip-hopera y termina con diversos instrumentos de viento a lo George Martin y guitarras distorsionadas in crescendo. “Lighting” aparece como lo más cercano a un ejercicio de pie forzado, con St. Vincent intentando emular la peculiar forma de cantar del músico escocés. El ex Talking Heads, por su parte, se mueve entre nostalgias funk como “Dinner for two”, influencias mariachis al comienzo de “I am an ape” o divertidas ironías (“I should watch TV”).

Natural resulta que el crío se parezca más al papá que a la mamá. Tanto por una trayectoria que lo eleva entre lo más interesante de la música popular como por el sensible y afectuoso respeto de Clark, las ideas de Byrne prevalecen durante el disco, lo que no significa en ningún caso que el aporte de la joven guitarrista sea accesorio. Mucho más que un ejercicio de mentor/aprendiz, Love this Giant es un disco de dos talentos macizos, que se complementan sin hacerse tropezones. El obrero inglés defensor de los ritmos bailables y la dama inclasificable hacen una bonita pareja.