Death Grips – The Money Store, el monstruo que Epic Records se tenía guardado

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Por Diego Herrera

En todas las épocas ha habido música buena y música mala; eso es archisabido. Mal rock, mal pop, mal rap, hay por montones y en toda época. Sin embargo y por otro lado, también existe este pequeño grupo de bandas que va mucho más allá: hace una experimentación para nada obvia (no como Muse y su última “incursión” en el dubstep), integra elementos de múltiples estilos musicales, y suele dar un aire refrescante y renovador a la escena musical del momento. Una de las bandas de ese selecto grupo es Death Grips, un trío californiano de Hip-Hop experimental que combina rasgos del funk, el technopop y el rock con directas, tribales y transgresoras letras. Algo sorpresivo es encontrar entre sus filas al frenético y prodigioso baterista de Hella, Zach Hill, caracterizado por un estilo de tocar muy ligado al rock experimental y que, sin embargo, se compenetra de manera magnánima junto a la producción de Andy Morin alias Flatlander y la grave y agresiva voz de Stefan Burnett alias MC Ride.

“The Money Store” es el primer álbum propiamente tal de este trío, lanzado posteriormente al disco de mixtapes “ExMilitary”, donde ya se apreciaba una manera distinta y más “malvada” de hacer hip-hop. Esto llegaría a su clímax en el lanzamiento de su segunda placa, la cual analizaremos a continuación:

Death Grips se nos presentan en un álbum en el cual se dan dos polos de sonido bien definidos: el hip-hop duro, de calle, que se nos muestra como un golpe a la mandíbula, certero y doloroso (evidenciado en canciones como “The Fever (Aye Aye)” y “Lost Boys”); y un hip-hop más bailable, con influencias melódicas del movimiento synth-techno-pop (como, por ejemplo, en “I’ve Seen Footage” y “Bitch Please”). Mi interpretación es que esta dicotomía musical también se vería reflejada en la carátula del disco. Sin embargo, en ambas facciones se presenta una constante: las duras y gráficas letras que parecen sacadas de un relato barrial real, que casi incitan al oyente a dejar todo su proyecto de vida y unirse a una pandilla, algo que, de un modo u otro, caricaturiza los peores estereotipos del hip-hop hasta desacralizarlos por su uso indiscriminado, llevándolo todo a otro nivel de cotidianeidad y facilidad a la hora de describir lo que en esta “vida de barrio” se encuentra. Los temas recurrentes en las letras son el asalto a mano armada (manifiesto en “Lost Boys”), la drogadicción (en “Get Got”), etc. Mención honrosa para las letras, que tienen coros muy pegadizos a la hora de cantar.

Con respecto a la batería, Zach Hill con su virtuosismo y versatilidad no nos dejan de sorprender cuando escuchamos en este disco unos beats escuetos y ruidosos, tal como los que lo caracterizan en sus discos con Hella, Bygones y sus lanzamientos en solitario. El pie derecho más codiciado de Norteamérica hace gala de su complejidad a la hora de componer en canciones como “Fuck That” (en donde Flatlander también nos muestra sus habilidades detrás de la mesa de mezclas) y “Double Helix”. Estos ruidosos beats se fusionan con toda la producción electrónica de Flatlander que hace toda la atmósfera de Death Grips aún más caótica. Un gran uso de sintetizadores distorsionados hace eco de la influencia noventera en la música de The Money Store, así como los elementos del noise rock de la década del 2000 que se ven presentes en los ruidosos riffs de los teclados de Morin.

Si aún crees que MC Ride y sus secuaces intentan salvar el hip-hop mezclándolo con elementos musicales no tan característicos de este estilo, déjame decirte que nadie lo haría así. En un contexto histórico como el nuestro, donde toda la creación artística que se está haciendo es un giro a algo que ya fue hecho con anterioridad, no queda más que forzosamente innovar a punta de fusión obligada. Como Mike Patton dijese en su entrevista en Chile con Gonzalo Frías: “Si la música está muriendo, somos los músicos los que la estamos matando”. Este trío de Sacramento, CA parece tenerlo bien en claro, y hacen convivir en perfecta amalgama elementos que por sí solos no lo harían muy bien, lo que hace a este disco una pieza única y altamente recomendable.